Los ticos se niegan a reaccionar ante la pandemia

Buena parte de la población costarricense parece no haberse enterado de la amenaza global que constituye el coronavirus

El coronavirus ha causado estragos en el mundo entero. (Foto: Flickr)

Me cuesta encontrar un motivo lógico para que el gobierno de Costa Rica permitiera que en las últimas dos semanas llegara al país un vuelo diario desde Madrid. Si los aviones hubiesen venido a la mitad podríamos decir que se permitió el acceso al país de unas 3500 personas que estuvieron expuestas en uno de los sitios más infectados por la pandemia del COVID-19.

Seamos optimistas. Tal vez de esas 3500 personas solamente venían 10 infectados. Dos semanas transcurrieron desde que entraron los primeros. Síntomas, no hubo. Eran solamente portadores. No obstante, podrían haber contagiado a todo el que se encontraron en su camino.

Ahora estas personas deben estar por empezar a sentir los síntomas. Dentro de unos días sus contagiados los sentirán también. Poco después, los eslabones más nuevos de la cadena caerán en cama igualmente.

Uno se pregunta: “¿por qué no pararon la llegada de esos vuelos desde el primer momento?”. Fácil. El gobierno no tuvo el valor suficiente para hacer lo necesario en el momento adecuado. Ello provocó mi rabia e impotencia.

Pese a no tener influencia alguna en mi país, empecé a exigir acciones. No sé si me leyeron. A lo mejor no. Pero llegaron. El gobierno de Carlos Alvarado decidió cerrar las fronteras, las escuelas y colegios; mandar al sector público a teletrabajar, cerraron bares, discotecas y casinos; y pedirle a los ciudadanos que permanecieran en sus casas. Además, prepararon un conjunto de medidas fiscales para aliviar las consecuencias de la pandemia –que aún están por llegar–. Esto lo celebro y agradezco.

Este año he pasado solo dos semanas en Costa Rica. De hecho, tenía pensado volver a salir indefinidamente antes del cierre de las fronteras, pero la pandemia me obligó a quedarme en casa y vivir esta crisis con los míos. Todo pasa por algo.

Como periodista, quisiera estar en Roma, Madrid o Caracas. Como ciudadano, sé que estoy donde debo. En mi tierra.

Desde casa –en una cuarentena que me impuse tras llegar de Estados Unidos– pensé que afuera todos eran tan conscientes como yo de la grave situación que viviremos si no cortamos cuanto antes la ola pandémica. Di por sentado que todos atenderían las medidas en cuanto llegaran y justo por eso concentré mis esfuerzos en pedir al ministro de salud y al presidente Alvarado que actuaran de acuerdo a la gravedad de la crisis que se nos venía.

Mi sorpresa fue mayúscula después de ver las filas eternas de vehículos llenos de personas que huyeron el fin de semana para vivir su «cuarentena» en las playas del pacífico.

Sentí pena con el gobierno. Sí, ese al que tanto critico y al que tanto exijo. Les estuve insistiendo desde mi trinchera acciones, sentí que las cumplieron, pero mis compatriotas decidieron no acatarlas.

¿Cómo es posible, Costa Rica? ¿Qué clase de país somos?

¿De verdad es necesario que el ministro de salud nos ruegue que reaccionemos? ¿De verdad hace falta que nos pidan que salvemos nuestras vidas y las de esos a quienes amamos?

 

Una de las historias que presentamos en el programa de hoy era sobre los féretros apilados en una iglesia de Bergamo, Italia, ante la incapacidad del cementerio local para enterrar a los fallecidos por la pandemia. Se contaban por cientos.

 

Un día después, decenas de camiones militares trasladaron los cuerpos a distintas ciudades que se ofrecieron a cremarlos.

 

¡Cuánto dolor! La tristeza se apoderó de mí y un escalofrío recorrió mi cuerpo de solo pensar que una de mis abuelas, tías, primas, hermanas o hermano pudiese estar en esos féretros apilados.

¡Date cuenta, Costa Rica! ¡Reaccioná! ¡Quedate en casa! No permitás que tu irresponsabilidad termine costándote las lágrimas más amargas mañana.

Viajé a mi país porque anhelaba ver a mis abuelas. Compartir con ellas unas semanas. Ahora no puedo verlas y probablemente será así por unos cuántos meses. El corazón lo tengo partido, pero me consuela el hecho de que al llamar ellas estarán ahí para contestar el teléfono.

No permitamos que los seres más vulnerables se nos vayan por pura inconsciencia. Quedémonos en casa, por amor de Dios. Esto no es un juego. Nos va la vida en obedecer.

Vienen días difíciles, Costa Rica. Muchos se irán, pero a otros tantos todavía podemos salvarles la vida.

Yo debo salir. Soy periodista. Quienes me sigan me verán reportar, porque vivo para esto, pero te prometo, amigo que me leés, que lo último que deseo es reportar tu muerte. Quedáte en casa, por favor.

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