El Foro de Sao Paulo y el paro del 21 de noviembre en Colombia

Todo el diagnóstico del “Consenso” está basado en la tesis marxista del derrumbe inevitable del capitalismo

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«Hay balances positivos de la colosal batalla económica y social librada, aunque no pudimos transformar aún las relaciones de producción capitalistas”, se afirma en el documento del Foro. (Facebook)

El documento programático fundamental del Foro de Sao Paulo es el llamado Consenso de Nuestra América, elaborado por el Grupo de Trabajo del Foro, reunido en Managua, en febrero de 2017, bajo el liderazgo de los presidentes de Nicaragua, Daniel Ortega; Venezuela, Nicolás Maduro; y Cuba, Miguel Díaz-Canel.

El documento comienza exaltando la figura de Fidel Castro, como ejemplo de “unidad e internacionalismo”, e invoca luego el “inestimable acervo histórico” de “protagonistas ejemplares de la batalla contra el coloniaje”, entre los que se destacan Manuel Marulanda, Néstor Kirchner y Hugo Chávez.

También se dice que el documento se nutre del “legado ético” del Che Guevara, célebre por haber llevado al paredón, sin fórmula de juicio, a centenares de cubanos, como lo reconoció el propio Guevara en un discurso pronunciado en la ONU, el 11 de diciembre de 1964, donde dijo desafiante: “Hemos fusilado. Fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario”.

Después de saber quiénes escribieron el “Consenso” y cuál es su fuente de inspiración, veamos a quiénes compromete. Se lee:

“Este documento es el resultado de un trabajo desarrollado a partir de un conjunto de ideas y conceptos con el objetivo de contribuir al desarrollo de los procesos progresistas y revolucionarios en las diversas regiones y países de América Latina y el Caribe. A la fecha es ya un documento colectivo de partidos y organizaciones del subcontinente. El nombre hace referencia a una unidad tanto declarativa, como en torno a un programa y a una práctica política”.

Son miembros del Foro 120 partidos y movimientos de 27 países de América Latina y el Caribe. De Colombia son los siguientes: Marcha Patriótica, Movimiento Progresista, hoy Colombia Humana, Partido Alianza Verde, Partido Comunista Colombiano, Partido Polo Democrático Alternativo, Presentes por el Socialismo, Unión Patriótica y Movimiento Poder Ciudadano[2]. También las Farc y el ELN participan en encuentros del Foro y comparten plenamente su ideología. Fecode, Asonaljudicial y la CUT son unos sindicatos de industria abiertamente politizados y controlados desde hace mucho tiempo por los partidos del Foro.

Todo el diagnóstico del “Consenso” está basado en la tesis marxista del derrumbe inevitable del capitalismo, acosado por sus insalvables contradicciones, y en la negación progreso económico y social que ha traído al mundo ese capitalismo. Para los comunistas, las tesis de la “miseria creciente” y el “derrumbe inevitable” no admiten cuestionamiento alguno y por ello se sienten portadores iluminados de la verdad histórica, llamados a conducir a la humanidad al comunismo. De ahí resulta el dogmatismo intransigente que los caracteriza y su disposición a hacer cualquier cosa —como fusilar mientras sea necesario— para lograrlo.

Llama la atención el hecho de que en el “Consenso” no aparezcan las palabras “comunismo” o “socialismo”. De hecho, es difícil encontrarlas en cualquier documento de el Foro. ¿Significa esto que los partidos del Foro han renunciado llevarnos —querámoslo o no— al paraíso comunista destino final de la humanidad? ¡De ninguna manera!

En el punto 11 de la parte titulada “La realidad que queremos transformar (diagnóstico)” se lee lo siguiente:

“Se reconocen la existencia y convivencia de diversas formas de economía plural (estatal, comunitaria, social cooperativa y privada) bajo un régimen de planificación en el que el Estado controla los sectores estratégicos y organiza su interrelación (…) debemos respetar todas las formas de propiedad democratizando los medios de producción, defendiendo solidariamente a los pequeños y medianos industriales y productores, fomentando y profundizando las formas de propiedad estatal y asociativa que otorguen mayores niveles de libertad de producción y asociación”.

Planificación, control de los sectores estratégicos por el Estado, propiedad estatal: eso es socialismo o comunismo, en América Latina y cualquier parte del mundo.

Unas citas más para dejar en claro que el objetivo del Foro es transformar las relaciones de producción capitalistas, acabar con la propiedad privada, implantar la propiedad estatal e imponer desde el Estado la ideología y los valores comunistas.

“Reconocemos los éxitos de estos más de veinte años de trabajo de la izquierda organizada en el Foro de Sao Paulo, y casi veinte luego de la victoria del presidente Hugo Chávez. Hay balances positivos de la colosal batalla económica y social librada, aunque no pudimos transformar aún las relaciones de producción capitalistas”.

“El Estado debe poseer empresas que sean productivas, eficientes y sanas, sobre todo en áreas estratégicas como: Energía, Finanzas, Telecomunicaciones, entre otras”.

“Esta estrategia supone asignar al Estado un rol central en la construcción de objetivos y en la fijación de sistemas de incentivos y la construcción ideológica y de valores”.

Después de la caída del Muro de Berlín, en 1989, y del derrumbe de las economías del “socialismo real”, las palabras “socialismo” y “comunismo” perdieron su antiguo encanto y, en lugar de evocar el “paraíso bello de la humanidad”, empezaron a vincularse con la realidad espantosa de los regímenes totalitarios de los cuales, por aquellos años, huía la gente en masa buscando la libertad y el progreso en los países de Europa Occidental. Por eso los comunistas cubanos, que fundaron el Foro y lo orientan en la actualidad, entendieron que su propuesta política no podía basarse en un mensaje general de invocación al comunismo, sino que debía fragmentarse en mensajes específicos dirigidos a diversas audiencias. Esa es la razón por la cual su discurso se transforma y se llena de temas diversos como el medioambiente, el género, la corrupción, el feminismo, la educación, la juventud, la igualdad, las etnias, la sexualidad, etc.

Este es un punto tan importante que, en la parte final del documento, titulada Los instrumentos políticos para el cambio, donde se dan a los partidos del Foro 17 instrucciones para “implementar este programa”, se lee lo siguiente:

“Una verdadera fuerza popular y de izquierda debe tener políticas específicas hacia todos los sectores sociales como los trabajadores, los pequeños y medianos empresarios, la juventud, los estudiantes, las mujeres, las minorías excluidas”.

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Y esta otra, que explica, sin necesidad de comentario adicional, la importancia de la manipulación ideológica de la juventud en la estrategia de los partidos y movimientos del Foro:

“Es prioridad nuestra aprender a conocer cómo ven la vida y las necesidades objetivas y subjetivas los sujetos hacia quienes dirigimos nuestro mensaje, especialmente los jóvenes. La incorporación activa y militante de las nuevas generaciones en la lucha por sociedades superiores es una necesidad urgente. La juventud es ya protagonista principal en muchos escenarios y debemos reconocer la trascendencia de su participación como uno de los sujetos históricos principales, por lo que debemos luchar por impedir que el enemigo despolitice, neutralice o se apodere de este gran sector de la sociedad”.

La diversidad de los mensajes y de los auditorios a los cuales están destinados implica también la diversidad de los mensajeros. Esto explica por qué la izquierda se presenta fracciona en diversas organizaciones y movimientos encargados cada uno de vehicular uno o varios mensajes específicos dirigidos a distintos auditorios, oscureciendo de esta forma que todos esos mensajes y todos esos mensajeros están articulados en un programa, una organización y una estrategia global cuyo objetivo es la implantación de socialismo en toda América Latina.

Anteriormente, antes de la caída del Muro de Berlín y el derrumbe del socialismo, la estrategia y la acción política de los comunistas estaba guiada por el concepto de partido comunista único, que se constituía como la vanguardia del proletariado que a su turno lideraba las demás clases sociales. Sin haber renunciado al partido único ni al centralismo democrático, que se mantiene en los países, como Cuba y Nicaragua, donde el Foro tiene firmemente el poder; en países grandes, complejos y donde el capitalismo parece más consolidado —Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, Brasil, Uruguay— aplica la división táctica de los partidos y movimientos, que aparecen y desparecen, que cambian de nombre como cambian de etiqueta y envase las mercancías en el mercado y que tras su aparente diversidad se mueven todos por un mismo objetivo.

Los redactores del “Consenso” lo expresan con claridad meridiana:

“Sus formas de organización sólo es posible definirlas en cada lugar o país, sobre la base de las experiencias acumuladas, a la historia de lucha y a la realidad concreta donde se actúa. Este enunciado no supone la existencia de una única organización cuando esto no sea posible, sino de encontrar bajo determinados principios las mejores formas asociativas para potenciar y articular nuestros saberes y experiencias de lucha. Independientemente de la diversidad, una serie de principios pueden ser válidos para lograr organizaciones políticas capaces de superar con éxito los retos que tenemos y encabezar los procesos de cambios y alcanzar los objetivos plasmados en estas propuestas”.

La dispersión de las fuerzas de izquierda y su mimetización en diversos movimientos con propuestas específicas es un elemento clave de la “unidad en la práctica política”. Hay otros dos muy importantes para entender lo que está pasando en América Latina: la construcción de poder popular y la infiltración de las fuerzas armadas.

Sobre la importancia del poder popular se lee lo siguiente:

“Es fundamental la construcción y consolidación del poder popular en el ámbito económico y político, como condición indispensable para desarrollar el programa y las metas estratégicas de los cambios estructurales necesarios, que permitan la profundización democrática de la institucionalidad, adecuada en cada caso a las propias realidades de cada país o región”.

Y se explica que:

“La necesidad de ser eficientes en el terreno electoral nos obliga a priorizar la presencia territorial, justamente donde están los electores; no obstante, la realidad ha demostrado que allí donde gobernamos resulta prudente organizar estructuras de base en espacios estratégicos como las grandes empresas, las universidades y otros lugares donde se hace política cotidianamente”.

En Cuba y Venezuela deben buscarse las experiencias ilustrativas de ese “poder popular”.

En 1959 fueron creados por Fidel Castro los Comités de Defensa de la Revolución (CDR). Inicialmente eran grupos de matones encargados de intimidar a los “enemigos de la revolución”. Hoy subsisten conformando una estructura jerárquica, cada cuadra tiene el suyo de los cuales surgen los CDR del barrio, luego los de zona, después los municipales seguidamente los provinciales y, finalmente, el CDR nacional. Todo cubano mayor de 14 años puede pertenecer “voluntariamente” al comité de su cuadra. El presidente del comité es elegido por su compromiso con la revolución y cumple sus funciones —que incluyen llevar el registro de los pobladores y suministrar información sobre cada ciudadano al Partido Comunista y al Departamento de Seguridad del Estado— con la ayuda de un responsable de vigilancia, un responsable ideológico y un responsable de trabajos voluntarios. Unos ocho millones de cubanos, el 70 % de la población, son miembros de los CDR.

En Venezuela el “poder popular”, encargado de defender la revolución bolivariana, lo ejercen los “colectivos chavistas”, armados por el Gobierno y entrenados militarmente, que operan como amos absolutos de las zonas que ocupan. Además de adelantar “proyectos culturales” financiados por el Gobierno, tienen a su cargo la distribución de alimentos, las famosas cajas CLAP, lo que les da un gran poder sobre la población. Hay cientos de esos colectivos, algunos de los cuales —como los Carapaicas, los Tupamaros, La Piedrita y el Simón Bolívar, que operan en Caracas— tienen armamento sofisticado —fusiles AK y gases lacrimógenos— y reciben adiestramiento de las Farc. Muchos de esos colectivos combinan su actividad política con el narcotráfico, el robo de automóviles y otras actividades criminales.

Las bandas de encapuchados —supuestamente infiltradas en las manifestaciones pacíficas que organiza la izquierda— pueden ser el germen del “poder popular” en Colombia.

Sobre el ejército se lee lo siguiente:

“Es necesario democratizar y subordinar las estructuras de mando del ejército y los órganos de orden interior, al poder político instituido libremente por la voluntad popular y en función de los intereses nacionales”.

En Venezuela parecen haber logrado la completa subordinación del mando del ejército a los intereses de la izquierda, mediante la corrupción y el narcotráfico. Evo Morales en Bolivia no alcanzó a hacerlo. En Colombia, se está empezando a buscar esa subordinación, empezando por minar su moral, mediante el cuestionamiento sistemático, por parte de la izquierda y los medios bogotanos, de la legitimidad del accionar del ejército y de la fuerza pública. No es improbable que los políticos de la izquierda estén adelantando trabajo ideológico entre el cuerpo de oficiales y la misma tropa.

El Gobierno y sus partidarios están tratando de disuadir a la gente de participar en el paro mostrando los buenos indicadores de la administración del presidente Duque y desmintiendo las falsedades esgrimidas por sus promotores. Eso está bien para las personas de buena voluntad, pero no para disuadir a los promotores que tienen un objetivo claramente destabilizador acorde con las orientaciones del Foro de Sao Paulo, como se ha puesto en evidencia con el análisis del documento Consenso de nuestra América y como lo declara expresamente el Documento base del XXV encuentro del Foro realizado en Caracas:

“Las modalidades de las luchas en desarrollo son distintas en cada caso, y han de estudiarse según sus particularidades, sin perder de vista, ni por un instante, el carácter continental de la confrontación histórica en curso”.

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