Y después de la pandemia… el capitalismo, pero ¿cuál?

Ya Lenin había dicho que comunismo es capitalismo de Estado más dictadura del proletariado

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Empleados de un restaurante de cerveza de barril durante la reapertura oficial de la terraza de un restaurante en el centro de Praga, República Checa. (Efe)

Para mis amigos de la Mesa del Patio.

Lo que llamamos capitalismo es algo relativamente nuevo y al mismo tiempo extremadamente antiguo. Debemos a Marx esa denominación. En su visión estilizada de la historia —el llamado materialismo— habló del modo de producción capitalista, que habría sucedido al modo de producción feudal que a su turno habría sustituido al modo de producción esclavista que suplantó al comunismo primitivo, en el cual no existía la propiedad ni la sociedad estaba dividida en clases antagónicas y al que, al parecer, quieren retornarnos sus seguidores.

Ninguno de los grandes economistas anteriores a Marx, que él denominó clásicos, utilizó el término “capitalismo” para referirse a la realidad económica que teorizaron. No lo hizo Smith, ni tampoco Ricardo ni ninguno de los demás. Smith utilizó para referirse a ella la maravillosa expresión de Gran Sociedad.

Para Smith esa Gran Sociedad era el resultado del lento desarrollo a lo largo de los siglos de un conjunto de instituciones que nadie inventó deliberadamente, pero que se fueron adoptando y generalizando progresivamente, porque los hombres iban descubriendo que ellas les permitían resolver, cada vez más exitosamente, el problema siempre existente de la escasez. El intercambio voluntario, la división del trabajo, la propiedad, el dinero y el cálculo económico son esos arreglos institucionales espontáneos que caracterizan esa Gran Sociedad que Smith veía desplegarse ante sus ojos, a pesar de los esfuerzos de los antiguos poderes mercantilistas para contenerla y de las resistencias mentales de las personas. Socavar esos poderes y superar esas resistencias era y sigue siendo el propósito de la enseñanza de Smith.

Para resaltar el carácter no deliberado del surgimiento y desarrollo de los elementos constitutivos de la Gran Sociedad, Hayek, ya en el siglo XX, introdujo, para referirse a ella, el concepto de “orden espontáneo”. También usó expresiones más descriptivas como “orden que se autogenera” o “estructuras que se auto-organizan”, propias de la cibernética y de las disciplinas asociadas, como la teoría de la información y la teoría de los sistemas. Lo importante es entender que esas instituciones persisten y resurgen a pesar de los esfuerzos deliberados de los partidarios de la ingeniería social totalitaria por eliminarlas o controlarlas en su pretensión de convertir la sociedad en una organización manipulable a su antojo.

En su obra La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper hizo la crítica demoledora de las manifestaciones más aterradoras de la ingeniería social totalitaria de la época moderna: el nazismo, fascismo y el comunismo, cuyos orígenes se remontan a la obra de Platón. No vivió lo suficiente Popper para ver el surgimiento de las nuevas expresiones de la ingeniería social totalitaria: el ambientalismo, el igualitarismo y, la más reciente, el pandemialismo.

El nazismo, el fascismo y el comunismo buscaron, desde el poder del estado, organizar la sociedad sobre la base de tres nociones vinculantes: la raza, la patria y la clase social. En todos los casos el propósito era el control por el estado de los medios y las decisiones de producción. El individuo que —con sus propiedades, sus derechos, sus libertades, sus deseos y sus responsabilidades— está en el centro de la Gran Sociedad, debía renunciar a todo ello y someterse al imperio de un supuesto interés colectivo encarnado por el estado omnipotente, omnisciente y benevolente. La fórmula de Mussolini “Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado” aplica a las tres modalidades del totalitarismo analizadas por Popper.

Mucho le costó a la humanidad —una guerra terrible y una angustiosa Guerra Fría— deshacerse de los totalitarismos de raza, patria y clase. El desprestigio moral enterró el totalitarismo de raza; el de la patria se ha moderado sin dejar de manifestarse; mientras que el totalitarismo de clase, el históricamente el más criminal y pernicioso, se ha transformado tanto en sus manifestaciones ideológicas como en su fundamentación teórica y su objetivo final.

Los levantamientos sociales de la segunda mitad del siglo XIX y las grandes revoluciones del XX —la bolchevique y la maoísta, principalmente— tuvieron como inspiración la teoría de la explotación, desarrollada por Marx y sus discípulos. La falta de fundamento de esta teoría fue puesta en evidencia por la increíble capacidad productiva del capitalismo que, haciendo retroceder la pobreza donde quiera que logra implantarse, volvió trizas la predicción fundamental de esa teoría según la cual su desarrollo conduciría de forma inexorable a la miseria creciente del proletariado, en el que se habría transformado la mayoría de la población. Por eso la teoría de la explotación ha sido sustituida por la teoría de la desigualdad como fundamento de la prédica política de comunistas y socialistas.

Por otra parte, el éxito económico del capitalismo liberal y el fracaso estruendoso de la planificación socialista, han llevado a comunistas y socialistas a reformular su objetivo final que, ya no es el control de los medios de producción, sino el control de sus resultados para implantar la igualdad. Los comunistas soviéticos y maoístas asimilaron el fracaso de la organización de la producción por cantidades mediante modelos matemáticos —la programación lineal de Kantoróvich y el insumo-producto de Leontief— y decidieron que había que dejar a los precios y al beneficio monetario jugar su papel en la orientación y volumen de la producción. Ya Lenin había dicho que comunismo es capitalismo de estado más dictadura del proletariado, los chinos están aplicando a cabalidad esa regla y los comunistas del resto del mundo se esfuerzan por hacerlo.

Gorbachov pretendía con sus reformas hacer algo similar en la Unión Soviética, pero la cosa de se le salió de las manos. Los chinos, que venían después en el reformismo, entendieron la lección de que un poco de libertad política puede ser demasiado y liquidaron el asunto con la masacre de Tiananmen. Optaron por su capitalismo totalitario que, como querían los fisiócratas franceses del siglo XVIII, combina el laissez faire económico con el despotismo político.

A lo largo del siglo XX, las revoluciones violentas entraron en desuso, primero, en Europa y, más tarde, en el mundo entero. Los socialistas y comunistas empezaron a seguir la estrategia inaugurada por Eduard Bernstein, dirigente de la socialdemocracia alemana a principios del siglo XX, de emplear los procedimientos de la democracia liberal para llegar al poder y, una vez instalados allí, proceder a buscar la igualación de rentas mediante la tributación progresiva, las transferencias monetarias y el sumistro de bienes y servicios por el gobierno. Ese fue el nacimiento del estado benefactor que después se extendió a Inglaterra, Francia y demás países del mundo, llegando incluso a Estados Unidos por cuenta del Partido Demócrata.

Aunque los grandes partidos comunistas europeos prosoviéticos —los de Francia, Italia y España— prácticamente desaparecieron, existen en todos los países de Europa partidos socialistas o socialdemócratas con bastante arraigo y otro conjunto de organizaciones colectivistas que tienen oferta política de temas especiales —ambiente, igualdad de género, igualdad salarial, etc.— dirigida a grupos específicos de la población: jóvenes, mujeres, gais, etc. Pero lo más grave aún es que las ideas asistencialistas de que el estado existe para distribuir ingresos, entregar bienes y dispensar favores han penetrado el ideario de todos los partidos del espectro ideológico al punto de que la competencia política se ha transformado en un concurso por administrar lo menos dolosamente el sistema de corrupción y fraude generalizados que es la esencia del asistencialismo. A eso se refería Hayek cuando hablaba de los socialistas de todos los partidos.

La bancarrota de las políticas keynesianas, en medio de la crisis de inflación y desempleo de los años 70, permitió el resurgimiento intelectual del liberalismo con las ideas de Friedman y Hayek y su regreso al poder con las figuras señeras de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. La influencia intelectual de los primeros y la influencia práctica de los segundos se extendió a lo largo y ancho de todos los países capitalistas, llevando al desmantelamiento del ineficiente aparato productivo gubernamental, a la pérdida de respetabilidad intelectual del déficit fiscal y su financiación monetaria y al cuestionamiento moral del asistencialismo por sus secuelas de fraude y corrupción. En los años 90 estas ideas llegaron a América Latina y desataron una gran oleada de privatizaciones y de reformas liberalizadoras en unas economías atenazadas por el proteccionismo y el intervencionismo de la CEPAL, por entonces religión oficial e incontestada de la política económica en la región.

La crisis de fin de siglo y la de 2008 dieron un nuevo aire al intervencionismo estatal, especialmente en el orden monetario. No obstante, aunque se hizo más lento, el avance de la libertad no se detuvo. En el Índice de Libertad Económica de la Fundación Heritage, en 2008, los países libres o bastante libres eran 30, el 19 % del total. En el índice de 2020 son 37, el 21 %. Los moderadamente libres pasaron de 51 (32 %) a 62 (34 %) y aquellos con poca o ninguna libertad de 76 (48 %) a 81 (45 %). En 2008, seis de los países de América Latina —Chile, El Salvador, Uruguay, México, Costa Rica y Panamá— estaban entre los 50 más libres; en 2020 son tres: Chile, Colombia y Uruguay. Entre esos años Colombia pasó del puesto 67 al 45, mientras que la Madre Patria retrocedía del 31 al 58.

En distinto grado, dependiendo en alguna parte de su tradición liberal y de la capacidad de sus sistemas de salud y/o de la experiencia en el manejo de epidemias, todos los países del mundo impusieron restricciones a las libertades y a la actividad económica. Este gigantesco derrocamiento de la propiedad individual y de las libertades que en ella se fundamentan, en nombre de la salud pública, le ha venido como anillo al dedo a los totalitaristas del mundo entero que han podido añadir al ambientalismo y al igualitarismo otra justificación moral de sus pretensiones de organizar desde el estado la vida económica y social de las personas: el pandemialismo.

No se trata de acabar con el capitalismo, sino de montar sobre sus espaldas un gigantesco aparato burocrático y asistencialista que, sin destruirlo plenamente, lo fagocita —como lo hacen los organismos microscópicos que se alimentan de nuestras células— de suerte que la clase política que lo controla pueda vivir a sus anchas y las masas asistidas puedan malvivir en servidumbre de las migajas que reciben agradecidas del estado providente que controla sus vidas. No importa que ese capitalismo funcione a media máquina siempre que provea lo necesario para mantener la maquinaria represiva del estado y el lujo de sus controladores y garantizarles a las masas la atención de sus necesidades básicas, cuya naturaleza y amplitud define ese mismo estado.

Por eso no es extraño que los predicadores morales —filósofos, escritores, economistas, periodistas y, en general, los llamados intelectuales— hayan responsabilizado al “capitalismo salvaje” del surgimiento de la pandemia, así como lo acusan de destruir el ambiente y de producir desigualdad. Predican también que la pandemia nos ha enseñado a prescindir del lujo superfluo —cuya búsqueda desaforada destruye el ambiente, genera desigualdad y, lo nuevo, produce pandemias— y conformarnos con lo básico que nos puede dar un “capitalismo domesticado” por el poder del estado. La alternativa que se abre no es entre capitalismo y socialismo, sino entre “capitalismo salvaje” o, más precisamente capitalismo liberal, y “capitalismo domesticado” o, mucho mejor, capitalismo totalitario.

La idea de que debemos conformarnos con lo básico y prescindir del lujo superfluo ha sido parte de la predica de muchos filósofos y moralistas desde tiempos inmemorables. Aristóteles —quien creía en su época que ya todo o casi todo estaba inventado, según dejó dicho en su Política— condenó el comercio, que él llamaba la crematística, porque conducía a la búsqueda inmoderada de la riqueza más allá de lo necesario. Marx creyó que el capitalismo que le cupo conocer había alcanzado ya el máximo desarrollo de las fuerzas productivas y que estaba maduro para transitar al reino de la abundancia de la sociedad comunista, que había imaginado en su opúsculo Crítica del programa de Gotha. ¡Cómo me gustaría que Aristóteles y Marx resucitaran y ver, aunque fuera solo un segundo, la perplejidad de sus rostros ante el celular, la internet, los computadores y todas las maravillas de la época moderna!

La resignación con la pobreza, incluso su elevación a la categoría de virtud, ha estado siempre en el arsenal ideológico de los que Antonio Escohotado llama enemigos del comercio. Adam Smith, quien fue antes que nada un profundo conocedor de la naturaleza humana, proclamó, sin ambages, que las necesidades del cuerpo pueden ser limitadas, mas no así las de la imaginación y la fantasía y, entendió, mejor que cualquiera, que la extensión de la Gran Sociedad Mercantil Libre, que acababa monopolios y difuminaba las fronteras de esos monopolios territoriales que llamamos estados, era la única forma de permitir, sin violencia ni guerra, el despliegue de esa imaginación y esa fantasía, que en definitiva es lo que nos hace humanos y nos diferencia de los animales, los cuales, ellos sí, desprovistos de esos atributos, pueden conformarse con lo básico.

El dilema pospandemia es pues mucho más profundo y así lo deben entender los liberales. Debemos escoger, como venimos haciéndolo desde hace mucho tiempo, entre la sociedad cerrada, limitada a lo básico, del capitalismo totalitario y la sociedad abierta del capitalismo liberal, propicia al despliegue de los deseos ilimitados que surgen de nuestra imaginación y nuestra fantasía, en decir, de nuestra propia condición humana. Yo por mi parte ya hice mi elección. Cuando salga del confinamiento lo haré gritando, como Gargantúa al nacer: “¡A beber! ¡A beber!”. Y no precisamente agua fresca.

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