¿Qué pasará en Venezuela?

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Venezuela Marcha 8
¿Qué pasará en Venezuela? Sólo una estrategia dirigida hacia Cuba y el ejército producirá resultados.  (Twitter)

Una vez más, Venezuela está en los titulares alrededor del mundo. Como si la represión contra las marchas pacíficas fuera un evento anual, Nicolás Maduro, el sucesor escogido por Hugo Chávez, se aferra al poder y desenmascara la naturaleza dictatorial del régimen venezolano.

La mayoría de los analistas internacionales de la crisis venezolana actual aceptan los reportajes de los grandes medios sin cuestionarlos, ignorando un dicho válido acerca de la política en Latinoamérica: “lo que uno ve no es lo que realmente está pasando”. Esto es particularmente cierto cuando se aplica a astutos leninistas, como aquellos que hoy gobiernan Cuba y Venezuela.

Para entender los eventos actuales en Caracas y en otras ciudades de Venezuela, y para analizar los escenarios que le esperan a un país que una vez fue considerado uno de los más ricos del mundo, es necesario refutar ciertos mitos acerca del régimen chavista que han calado fuera de las fronteras de Venezuela.

El primer mito es que Hugo Chávez disfrutó de un apoyo popular de enorme magnitud.

Es verdad que Chávez ganó una elección libre y limpia en 1998. También es verdad que los venezolanos más pobres, víctimas de las políticas desastrosas de los predecesores de Chávez en la última década del siglo XX, formaron la base de su apoyo. No obstante, la popularidad de Chávez en su máximo punto nunca fue mayor que la de un político exitoso promedio en cualquier país del planeta.

Inicialmente, Chávez ganó la presidencia con el 54% del voto. Esa fue la cúspide de su popularidad. Para las siguientes elecciones, perfeccionó un sistema de intimidación de los votantes y manipulación del sistema electoral para ganar, pero aún con este sofisticado sistema para el fraude, nunca logró reducir el apoyo de la oposición a un nivel menor del 40-45% del voto total. En realidad, Chávez perdió el apoyo de la mayoría de los venezolanos mucho antes de su muerte.

Durante su primera,  y exitosa, campaña presidencial, varios entrevistadores de televisión le preguntaron directamente si él era comunista. Su respuesta fue deliberada y sarcásticamente idéntica a la que dio Fidel Castro en la Universidad de Princeton cuando visitó Estados Unidos en 1959: “soy un humanista”.

Años después, al consolidar el poder total en sus propias manos, Chávez emuló a Fidel una vez más al confesar que era “un marxista leninista convencido”.

En los círculos académicos estadounidense persiste el mito de que Chávez fue simplemente otro populista latinoamericano que siguió el ejemplo de Juan Domingo Perón. Pero ese no fue el caso. Chávez era un marxista convencido que podía citar pasajes enteros de las obras de Lenin.

Durante los 14 años que gobernó Venezuela, la estrategia de Chávez consistió en introducir el socialismo por etapas. En la primera etapa, obtuvo el control total de todas las instituciones del Estado venezolano.

Durante los primeros cuatro años de su presidencia, concentró sus esfuerzos en cambiar la constitución, en asegurar el control absoluto del Poder Judicial y el Tribunal Supremo de Justicia, en instalar comisarios políticos al estilo soviético en unidades militares, y en cambiar tanto el sistema nacional de identificación (cédulas) como el sistema electoral, para garantizar su reelección a través de la manipulación del registro de votantes.

Durante esta primera etapa, a Chávez no le interesaba enemistarse con el sector privado ni con la comunidad empresarial. Su tarea era lo suficientemente difícil, y sabía que no podía combatir a todos sus enemigos al mismo tiempo. Tal como Hitler no destruyó a la clase media judía de Alemania hasta la Kristallnacht, que ocurrió cinco años después de que obtuviera el poder, en Venezuela, Chávez le aseguró a la comunidad empresarial que no le interesaba su devastación. Ellos eran enemigos que él eliminaría después.

Durante este período, el “chavismo” sí fue muy similar al peronismo en Argentina.

En septiembre del 2001, Chávez inició la ofensiva de la Segunda Etapa del Proceso de la Revolución, el nombre que él le dio a su marcha hacia un Estado totalitario. Ese mes Chávez se enemistó con  Estados Unidos abiertamente, llamando los bombardeos de objetivos en Afganistán “un acto de terrorismo igual al 11 de septiembre”. Luego procedió a decretar 49 leyes en contra del sector privado.

Estas leyes eliminaron la participación privada en el sector petrolero, permitieron la confiscación de terrenos privados sin compensación, suspendieron las garantías constitucionales para los dueños de negocios y establecieron “zonas de seguridad militar” en las principales áreas metropolitanas del país. Esta última medida fue una expropiación de facto de propiedad raíz de primer nivel en las ciudades más prominentes de Venezuela.

 

 

Al mismo tiempo, Chávez lanzó un ataque frontal contra los sindicatos independientes de Venezuela, reprimiendo y hasta encarcelando a varios de sus líderes más destacados.

Al final del 2004, Chávez había avanzado en su marcha imparable para controlar “las alturas dominantes” de la economía venezolana, habiendo destruido el movimiento sindical independiente (sus líderes ya estaban más que todo encarcelados o en el exilio) y controlando la mayoría de los medios de comunicación del país.

Entre el 2008 y el 2009, Chávez inició la Tercera Etapa del Proceso. Nacionalizó los bienes de las corporaciones internacionales en todo sector que sus asesores cubanos consideraban vitales: telecomunicaciones, minería, acero, materiales de construcción, petróleo y servicios petroleros, generación, distribución y transmisión de energía, gas, servicios agrícolas y hasta compañías productoras de vidrio.

Los mitos gemelos de la inmensa popularidad de Chávez y su falta de ideología aún protegen su imagen internacionalmente. Al contar con una prensa favorable que permanece ciega frente a la naturaleza real de su régimen, un dictador comunista contemporáneo puede ser aceptado ampliamente como un gobernante legítimo.

 

Cuando Chávez murió en el 2013, ya había cumplido la mayoría de sus metas. Una oposición mediocre sin ninguna visión estratégica no le traía problemas. Por otro lado, Chávez mismo se jactó en numerosas ocasiones de haber infiltrado a la oposición hasta la médula.

Su objetivo nunca fue convertir a Venezuela en otra Cuba en términos económicos. Chávez sabía muy bien que necesitaba al sector privado para mantener los estantes del país llenos de productos y evitar que Venezuela se convirtiera tan irrelevante económicamente como Cuba.

 

Para los hermanos Castro, Chávez  era un aliado y un compañero de armas. Chávez necesitaba a los cubanos para que le brindaran seguridad y técnicas de represión. Los Castro lo necesitaban a él para mantener al pueblo cubano alimentado. La meta de Chávez era reemplazar a Fidel como el nuevo líder de la Izquierda Internacional, y él sabía que necesitaba a una Venezuela relativamente fuerte económicamente para lograrlo.

El estilo de socialismo de Chávez fue cuidadosamente diseñado, y su modelo fueron las dictaduras islámicas como la de Gadafi en Libia. El objetivo era obtener el control totalitario de “las alturas dominantes” de la economía y permitir la existencia de un sector privado limitado y operando bajo parámetros estrictos.

Cuando murió Chávez, la situación en Venezuela cambió. Maduro heredó el poder absoluto, controlando todos los poderes del Estado, una prensa amordazada o nacionalizada y unas fuerzas armadas convertidas en la Guardia Pretoriana del líder.

Maduro, sin embargo, no cuenta ni con la inteligencia ni con el carisma de Chávez, y terminó totalmente dependiente de la dirección de los cubanos. La relación cambió y La Habana vino a ser una capital imperial, Caracas el mero centro de un virreinato.

Chávez murió antes de que fuera evidente la destrucción de la industria petrolera venezolana como consecuencia de sus políticas. Maduro exacerbó el problema al delegar la planificación económica a quienes tenían los vínculos más cercanos con La Habana, causando el colapso completo de toda la economía y volviéndose increíblemente impopular en el proceso.

Mientras que Chávez sólo tenía que manipular el registro electoral y las máquinas de votación para robar algunos votos y convertir una derrota electoral de 4 o 5 puntos porcentuales en una victoria, Maduro necesitaría un milagro para ganar en contra de la voluntad de la inmensa mayoría de venezolanos. Él sabe que no hay ningún escenario bajo el cual él ni el Partido Socialista Unido de Venezuela puedan otorgarse un triunfo electoral.

Maduro llegó a la presidencia por dos razones: su lealtad incuestionable hacia Hugo Chávez, y la convicción de Raúl Castro de que él era el líder chavista con mayor probabilidad de obedecer las órdenes enviadas desde La Habana. Desafortunadamente para Maduro, él estaba lejos de ser el líder chavista con más poder en Venezuela. Así que Maduro se encuentra arrinconado entre dos frentes.

Por un lado, debe sobornar y cortejar a los generales corruptos del ejército, haciéndose el de la vista gorda frente a su participación en el narcotráfico y entregándoles el control de las importaciones de alimentos al igual que el manejo de la asignación de divisas.

Por otro lado, Maduro depende completamente de los consejos y del apoyo de Cuba, lo cual acerca a Venezuela al modelo económico cubano más cada día. Esto acelera y profundiza el colapso económico y hace que cualquier tipo de recuperación sea imposible.

Así nos encontramos con el dilema actual. La constitución venezolana tiene varias cláusulas que permiten ponerle fin a un gobierno fallido e impopular. Un referendo revocatorio es un derecho establecido en la constitución que promovió Hugo Chávez, quien buscaba enfrentar las dudas de quienes temían una presidencia vitalicia suya después de que propuso, y obtuvo, la eliminación de los límites a períodos presidenciales consecutivos. Las fechas para las demás elecciones— de gobernadores, municipios y presidenciales son fijas y no se pueden cambiar legalmente.

Habiendo perdido el control de la Asamblea Nacional en las últimas elecciones que permitió el régimen, Maduro ha usado a un Tribunal Supremo de Justicia amañado y presidido por un criminal condenado para anular, por ahora, cualquier posibilidad de una elección.

Más recientemente, Maduro usó al Tribunal Supremo de Justicia para cerrar de hecho a la Asamblea Nacional, abrogándose el derecho a legislar. Es evidente que la intención de Maduro es aferrarse a toda costa al poder. Ahora claramente actúa por fuera de todo marco legal y constitucional.

Si él permitiera elecciones intentando usar las viejas tácticas viciadas de Chávez, su fraude sería demasiado evidente, lo cual lo debilitaría aún más. Las elecciones están descartadas. Si ocurren desaparecería el régimen. Además, Maduro es aupado por dos grupos que, aunque no están formalmente aliados, tienen los mismos intereses: los narco-generales del ejército venezolano y el gobierno cubano. Cualquier elección en Venezuela podría arriesgar las fortunas de los generales corruptos; para Cuba, el riesgo sería la hambruna tras perder su sustento venezolano.

Si la comunidad internacional y la oposición venezolana no implementan una estrategia conjunta, lo único que podemos esperar de Venezuela es que continúe deslizándose hacia la condición de un Estado fallido.

La producción petrolera venezolana continuará su declive y, dado que Maduro depende de los consejos de marxistas radicales entrenados en Cuba, la economía de Venezuela mantendrá su caída en picada, rompiendo todo récord para un país que no está en guerra.

Una estrategia para producir un cambio en Venezuela debe concentrarse en las siguientes tres áreas:

  • A. Reconocer el involucramiento cubano en el país y hacer que el régimen de Castro pague un precio elevado por su intervención.
  • B. Asegurarse de que la continuada lealtad hacia el régimen por parte de los líderes militares y civiles que no se benefician directamente del narcotráfico sea extremadamente costosa y:
  • C. Mantener la presión doméstica sobre Maduro para que la propaganda izquierdista no pueda ayudarle a recuperar su imagen a nivel internacional.

De esta manera habría alguna esperanza de que Venezuela pueda regresar a la democracia con el apoyo decidido la comunidad internacional para que se lleven a cabo unas elecciones libres y limpias.

 

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