Ricardo Hausmann, la dolarización y la Fatal Arrogancia

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Friedrich Hayek, el gran economista austriaco, ganador del Premio Nobel en 1974, y Jacques Rueff, el más destacado economista francés del siglo XX, y padre de las reformas que llevaron a la estabilidad monetaria bajo Charles de Gaulle, consideraban las teorías de John Maynard Keynes profundamente equivocadas. Ambos, sin embargo, consideraron siempre a Keynes como un amigo y jamás dudaron ni de la portentosa inteligencia del inglés, ni de sus buenas intenciones.

Al analizar el reciente artículo del profesor Ricardo Hausmann, uno de los venezolanos que más se ha destacado fuera de su patria, tuve una sensación seguramente similar a la que tuvo Hayek cuando leyó la Teoría General del Desempleo, el Interés y el Dinero, la obra magna de Keynes. Uno admira al autor, pero lamenta las conclusiones erradas.

Este análisis de Hausmann sobre la situación venezolana actual es, indudablemente, acertado:

Si el problema principal de la economía venezolana es la escasez de divisas para importar, la solución pasa por aumentar sustancialmente esa disponibilidad. Esto requiere una reestructuración profunda de la deuda externa con un recorte drástico de su valor y una posposición de pagos. Eso mejoraría la disponibilidad de divisas a corto plazo y nos haría más solventes y, por tanto, más atractivos como lugar para invertir o prestar. Pero, como esto no alcanza, necesitaríamos una inyección muy grande de recursos financieros provenientes de entes multilaterales liderados por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el cual es visto por todos los demás actores globales como el líder en el manejo de crisis macroeconómicas y financieras. Además, para poder tener, a mediano plazo, más disponibilidad de divisas necesitaremos mayores ingresos petroleros y eso requerirá abrir el sector petrolero a la inversión privada sin que PDVSA sea dueña del 50%, pues eso limitaría la inversión a lo que ésta pueda cofinanciar. Dado el desastre gerencial, operativo y financiero de PDVSA, esto es poco o nada.

Hausmann está en lo cierto cuando señala que los salarios venezolanos medidos en dólares representan entre 2% y 1% de los salarios normales de los países vecinos. También señala, correctamente, que si se dedicara el 100% de la recaudación fiscal no petrolera del país para pagar salarios de empleados públicos y pensionados, el monto solo alcanzaría para pagar entre $9 y $30 dólares mensuales a las tasas de cambio actuales.

Lamentablemente, Hausmann decide analizar los efectos de la dolarización de forma estática y aislada, mientras sugiere que otra alternativa monetaria – no nos dice cual – sería aplicada en el contexto de un conjunto de medidas complementarias que atraerían inversiones al sector petrolero, generarían el apoyo de FMI y otros organismos multilaterales y que al final generarían mayores divisas para importaciones.

Por alguna razón, que no explica, Hausmann opina que con la dolarización no vendrían inversiones extranjeras al sector petrolero ni se conseguiría el apoyo del FMI, ni se lograría la renegociación de la deuda externa. Estas suposiciones son realmente extrañas. ¿conoce el lector algún empresario que prefiera invertir en un país donde el valor de la moneda está sujeto a las decisiones de un banco central latinoamericano vs otro país donde la moneda de curso es el dólar de EEUU?

En igualdad de condiciones cualquier inversionista preferirá invertir en el país dolarizado, como la mayoría de los inversionistas en un pasado reciente preferían invertir bajo el duro e inflexible Bundesbank alemán en lugar de arriesgarse con el siempre muy flexible y acomodaticio Banco de Italia.

Hausmann explica muy bien el problema de la destrucción del salario de los venezolanos, hace una relación estática de la masa monetaria vs la disponiblidad de divisas, y llega a la conclusión que bajo la dolarización los salarios se mantendrían pauperizados. Sin embargo, no explica como con otro sistema monetario la situación fuese distinta.

Lo que no dice Ricardo es que cualquiera que fuese el sistema monetario escogido, el punto de partida sería el mismo. Es decir, esos salarios pauperizados existirían bajo cualquier sistema monetario escogido para el arranque de una reforma.

Hay, sin embargo, una gran diferencia entre un proceso de reformas que incluya la dolarización y otro donde se establezca una nueva moneda: con la dolarización, la inflación se detendría de forma inmediata y la confianza en los medios de pagos retornaría también de forma inmediata. Esto algo que ninguna reforma que incluya la continuada existencia de una moneda emitida por un Banco Central controlado por funcionarios escogidos por el gobierno de turno puede emular.

Una reforma alternativa que utilice un tipo de cambio, para una nueva moneda, sustancialmente más alto que la tasa del mercado actual, y por lo tanto logre salarios en dólares muy superiores a los actuales, necesitaría de un flujo de dólares muy grande para mantenerse. Hausmann confía en que ese flujo de dólares sería más fácil de lograr con una nueva moneda, un nuevo gobierno y un nuevo BCV que con el dólar.

Si al dolarizar los salarios arrancan pauperizados, igual sería el resultado con la introducción de una nueva moneda, un nuevo bolívar. Las soluciones que a Hausmann se le ocurran para subir el ingreso promedio de la población serían indénticamente aplicables bajo la dolarización. Evidentemente, el profesor de Harvard no puede estar diciendo que en un país dolarizado los salarios no suben.

Si para estabilizar una nueva moneda se debe renegociar la deuda externa, igual se debe hacer al dolarizar. Si se debe conseguir apoyo de los organismos multilaterales, igual se debe hacer al dolarizar, si se debe conseguir inversión extrajera para el área petrolera y se deben privatizar de nuevo empresas como CANTV y tantas otras estatizadas por Hugo Chávez, igual se hará, y mucho más fácil y expeditamente, con la dolarización vigente. Si estas medidas producen un auge en el salario real con esa nueva moneda magnífica, que Hausmann aún no nos dice como será, aún más rápido ocurrirá ese auge al tener al dólar como moneda.

Hausmann correctamente identifica reformas indispensables, pero inexplicablemente escoge ignorar el hecho que todas esas reformas pueden ser ejecutadas de forma más rápida y mas efectiva con la adopción del dólar.

El exministro de Planificación de Venezuela menciona que el déficit fiscal es de tales magnitudes que sería imposible financiarlo una vez se ejecute la dolarización. Cabe entonces preguntarse, ¿cómo piensa él financiar el déficit luego de la creación de un nuevo bolívar? Suponemos que Hausmann no continuaría emitiendo moneda inorgánica, y que tiene en mente financiar el déficit inicialmente con préstamos de organismos multilaterales y países amigos, mientras el sector productivo venezolano se recupera y se restablece la base tributaría de la nación. La gran pregunta es, ¿por qué supone que esto será más fácil de lograr con una moneda sujeta a las decisiones políticas de un nuevo gobierno venezolano y una nueva junta directiva en el BCV?

La realidad sería totalmente opuesta a lo que Hausmann supone. Cualquier acreedor tendría más confianza en obtener el pago de su dinero si la nueva riqueza, la nueva base tributaria del país es en dólares en lugar de en una moneda sujeta a perder su valor en cualquier momento. Sujeta al cortoplacismo político del momento, o a la adecuada escogencia de personalidades fuertes para el BCV.

En resumen, todo el argumento del profesor en contra de la dolarización está basado en una suposición falsa: Hausmann supone que con la dolarización vendrían menos inversiones del exterior y sería más difícil renegociar las deudas y obtener dinero fresco que con el establecimiento de un nuevo sistema monetario venezolano, que él no nos dice cual sería. La realidad sería totalmente al revés. Todo sería más fácil, más rápido y se generaría mayor confianza si adoptamos el dólar.

Desde 1870 y hasta 1961, Venezuela mantuvo un régimen monetario de patrón oro. Hasta la reforma de la Ley del BCV en 1961, el bolívar era 100% convertible al oro. Este régimen era tan inflexible como sería hoy una dolarización. En ese período de 91 años, Venezuela sufrió guerras civiles e incluso incursiones armadas de potencias extranjeras para el cobro de acreencias. En 1910, según la revista National Geographic, Venezuela era el segundo más pobre del hemisferio. Esa supuesta inflexibilidad del patrón oro no impidió que, una vez sentadas las bases para la estabilidad política y económica de la nación, el salario real de los venezolanos aumentara a una velocidad jamás vista en el planeta hasta entonces. Para 1940 y hasta 1983, los salarios promedios de un venezolano fueron los más altos del continente y hasta principios de los años 70 eran mas altos que los salarios en España, Italia y Portugal.

Es cierto que, desde 1974, Venezuela, como país petrolero ha tenido gran volatilidad en sus ingresos fiscales. Sin embargo, la imposibilidad de enfrentar estos vaivenes propios del mercado petrolero es producto de la errada política petrolera. Arabia Saudita, por ejemplo, siempre ha mantenido capacidad ociosa de producción. Cuando han ocurrido colapsos repentinos de precios, esa nación ha utilizado, como todas las demás, parte de sus reservas externas, pero al final, también ha recurrido a aumentos de producción. Venezuela, siguiendo por décadas la errada ideología de otro genio equivocado, Juan Pablo Pérez Alfonzo, escogió siempre, desde 1960, limitar su capacidad de producción. Venezuela puede jactarse de haber reducido adrede su producción petrolera de 4 millones de barriles diarios en 1971 a 1.79 millones de barriles en 1986, todo en nombre de una ideología. Para enfrentar las fluctuaciones del mercado petrolero, Venezuela no tiene que hacer otra cosa distinta a la que hicieron gobiernos venezolanos desde la explosión del pozo Barroso en 1922 hasta el nombramiento de Pérez Alfonzo como ministro en 1960.

La Fatal Arrogancia es el título de la última obra de Friedrich Hayek. Esa frase intenta describir la actitud de los discípulos de Keynes, quienes creen poseer el conocimiento para intervenir en el mecanismo de precios y “afinar” el funcionamiento de la economía. Para este nutrido grupo de economistas, herederos del gran Lord Keynes, cualquier mecanismo que les impida “flexibilizar” el valor de la moneda les es antipático y lo ven como algo realmente peligroso al dejarlo fuera de su ámbito de control. A los ciudadanos que luchamos por generar ahorro, cualquier mecanismo que proteja nuestro principal producto – el resultado de nuestro trabajo – de las decisiones del sabio del momento nos parece preferible.

Lamentablemente, cualquiera que sea el mecanismo monetario distinto al dólar que se intente aplicar en Venezuela estará destinado a fracasar porque no contará con la confianza de esos inversionistas que Ricardo Hausmann quiere atraer.

La dolarización por si sola no genera prosperidad. Otras reformas son necesarias, pero todas se facilitan con la dolarización. A diferencia de otros mecanismos, la dolarización detendría de forma inmediata el deterioro del salario y rescataría la confianza en los medios de pago, haciendo resurgir el comercio formal. En condiciones normales, se podrían intentar otras soluciones monetarias. Todas, por cierto, tendrían los mismos mecanismos e “inflexibilidad” de la dolarización, ya que sin ella la regeneración de la confianza sería imposible.

El profesor Steve Hanke, el mayor experto mundial en el tema de la dolarización, dijo al PanAm Post que la reforma monetaria en Venezuela tendría que forzosamente parecerse más a las aplicadas en los países excomunistas de Europa del Este que a reformas recientes en Latinoamérica, producto del desastre provocado por algún gobierno populista.

El comunismo marxista, aplicado sistemáticamente por Nicolás Maduro, ha terminado por liquidar la estructura comercial de Venezuela y toda la institucionalidad. Venezuela no tiene alternativa real a la dolarización. Cualquier otra provocará o una reforma fracasada o un proceso mucho mas lento de recuperación.

Hausmann, y cualquier otro opositor a la dolarización, debe decirnos cual sería ese mecanismo monetario que puede lograr, en corto plazo, la regeneración del valor de las transacciones que logra la dolarización. Ojalá los argumentos para esas alternativas tengan más solidez que los presentados hasta ahora contra la dolarización.

Una versión anterior de este artículo menciona erróneamente que Hayek fue el primer ganador del Premio Nobel de Economía, establecido en 1969

Luis Henrique Ball es fundador y director del PanAm Post

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