Presidente Guaidó, váyase en paz

¿Cómo podría haber una “mejor Venezuela” a la sombra del más abyecto tráfico de influencias y corrupción patrocinado por los jefes políticos que le acompañan?

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Para recuperar Venezuela, los decentes somos mayorías. (Foto: Flickr)

El 28 de noviembre, justo el día anterior de la rueda de prensa del exembajador Humberto Calderón Berti, que marcara el antes y el después de la presidencia encargada de Juan Guaidó, publiqué una nota en la que me dedicaba a la corrupción del gobierno interino, y en la que me sumé al llamado de las voces de conciencia que en Venezuela le solicitaban al presidente encargado que se separara de toda militancia partidista y ejerciera un Gobierno con personajes representativos de la sociedad civil venezolana, reconocidos por su prestigio y honestidad. Ese llamado fue acallado por el estallido al siguiente día de las declaraciones de Calderón Berti.

El interés de los partidos opositores para colocar fichas políticas en una empresa técnica, como lo es Monómeros Colombo-Venezolanos, S.A. Me recordaron a la lucha permanente que hemos sostenido desde hace casi 20 años en AC Familiametro por el adecentamiento de la operación técnica del metro de Caracas, manejado actualmente por militantes del régimen y no por técnicos y ejecutivos calificados. De allí el desastre de la operación y mantenimiento que estamos viendo en la otrora “gran solución para Caracas”.

Y eso es lo grave de la denuncia del exembajador Calderón, porque evidencia que estos últimos 20 años no solo no han servido para el escarmiento de la clase política venezolana que funge como oposición oficial, sino para enterarnos de que esa es la tónica con la que pretende el gobierno interino de Juan Guaidó hacerse del control de las empresas recuperadas: de la misma manera como lo ha hecho el régimen de Nicolás Maduro, a punta de cuotas políticas. Mal comienzo. Si eso es así sin estar en Miraflores, imagínense cuando estén el poder. Juan Guaidó desestimó las denuncias y recomendaciones del experto petrolero Calderón Berti y se desconectó de él, respaldando el viejo esquema de cuotas partidistas, en un claro desprecio de cómo se deben manejar las cosas luego de la recuperación de nuestro país.

No deseo entrar a la descripción de la corrupción develada por los informes que ya todos conocemos, que han sido leídos y reseñados por los múltiples portales informativos y viralizados en redes sociales. Quiero ir a otro aspecto que sí creo de interés para los venezolanos y tiene que ver con la disposición interior del propio presidente encargado de recuperar el país para la gente decente que somos la mayoría. Y para ello voy a apelar al mismo argumento que esgrimí al escribirle a Chávez cuando publiqué una nota el año 2011, titulada “Presidente, muera en paz” , en la que, dentro del mayor respeto, le pedí que pusiera en orden sus asuntos y muriera en paz, por el bien de él y del país.

Y este resulta ser el mismo caso, salvando por supuesto las distancias. Una vez declarado el cáncer que afectaba a Hugo Chávez, la situación no podía ser más clara. Menos de dos años antes de su efectivo deceso, ya era difícil pensar que eso no ocurriría. Todas las informaciones nacionales e internacionales del momento apuntaban a un desenlace fatal de su enfermedad. Me preguntaba, si efectivamente él sabía que iba a morir, ¿por qué no hacer lo correcto? ¿Por qué no enmendar el rumbo? ¿Por qué no pasar a la historia por la puerta grande haciendo lo que necesitaba el país para salvarlo de algo de lo cual el mismo tenía que saber que era responsable? Pues eso mismo lo estoy viendo en Juan Guaidó.

La presidencia de Juan Guaidó está enferma de cáncer: el cáncer de la corrupción. Su credibilidad, en especial la internacional, está severamente comprometida. Y todos los factores involucrados en esa corrupción están haciendo hasta lo imposible para sostenerse en el poder interino hasta lograr cerrar la cohabitación con Maduro a toda costa. De hecho, esa es la preocupación del presidente encargado al despedir de la manera ominosa, incluso con una carta mal hecha, a Humberto Calderón Berti, porque era imposible sostenerlo como embajador si se estaban repartiendo una corporación como Monómeros para la corrupción de esos factores, precisamente al frente de sus narices.

Entonces aplica a Guaidó el mismo consejo que le di a Chávez. Presidente Guaidó: ante la inevitabilidad de una muerte segura de su presidencia por el cáncer de la corrupción, haga lo correcto y deje el camino libre a los factores que coadyuven a corregir el rumbo que desviaron los corruptos y sus propias equivocaciones, mediatizando una gestión a favor de los que siempre trabajaron para su beneficio y no para el bienestar de las mayorías. Usted debe recordar las razones que lo llevaron a pertenecer a un partido cuyo lema es “Por una mejor Venezuela”. ¿Y cómo podría haber una “mejor Venezuela” a la sombra del más abyecto tráfico de influencias y corrupción patrocinado por los jefes políticos que le acompañan?  Como joven, debe realizar un profundo examen de conciencia –como el que le solicité a Hugo Chávez antes de morir– que arroje como resultado un saldo a favor de la sangre de la juventud que murió en las calles para que esto cambiara, poniendo por delante la decencia, la ética, la moral, la honestidad, pero sobre todo un profundo amor por Venezuela.

En lo personal, no hubiera deseado este fracaso para usted, pero ya es tarde. Ya su presidencia fracasó producto del cáncer de la corrupción. Ya los venezolanos no podemos esperar más. Requieren de un vuelco inmediato en las actuaciones de quienes dirigen la lucha opositora, y que usted sabe muy bien que están completamente inhabilitados para protagonizar ese vuelco y que se deben ir. Póngase por encima de eso y hágase a un lado, renunciando, para ayudar activamente desde cualquiera que sea su posición futura, a que los factores que representan la decencia y la honorabilidad de este país puedan surgir y salvar a Venezuela. Usted sabe quiénes son. Renuncie, sálgase de ese mar lleno de estiércol y váyase en paz. Le aseguro –si realmente usted tuvo los valores que impulsan una lucha política desinteresada– que eso le procurará mayores beneficios políticos en el futuro, en un país donde verdaderamente existan la honorabilidad y la libertad.

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