La olla de presión de Venezuela

¿Qué espera la comunidad onternacional con el continuo ahorcamiento del régimen? ¿Que Maduro levante un día una bandera blanca y pida negociar?

Venezuela
Los meses que restan antes de diciembre van a definir los próximos años de Venezuela y los venezolanos. (Foto: Flickr)

Es muy fácil caer en soluciones inmediatas que caben en los 240 caracteres de Twitter: “que la comunidad internacional termine de activar el TIAR y acaben con la dictadura de una vez”, o mejor aún, “organicemos a la sociedad civil y provoquemos la fuerza suficiente para desplazar al régimen”, son frases atractivas que mueven seguidores en las redes sociales –incluso a periodistas e importantes formadores de opinión– y que por supuesto generan expectativas en un conglomerado humano, desesperado por una solución que no termina de llegar. Los políticos han vivido por años de manipular esas expectativas. ¿Quién puede competir con eso? Mientras tanto, el tiempo pasa y no pasa nada. O si pasa, el régimen se fortalece.

A nadie le gusta enfrentar las realidades cuando se ponen difíciles, de allí que el escape de la mente cansada de buscar, encuentre allí la solución más rápida para apoyarla. “Esto es lo que hay que hacer” y ya. Sin ninguna elaboración. O mejor, si lo dice el doctor Mengano o el periodista Sultano, entonces debe ser verdad. “Esos son unos tipos muy informados y estudiados y por lo tanto deben saber lo que dicen”, puede pensar uno. Es increíble cómo se han fraguado legitimidades por las redes sociales. De hecho, las legitimidades ahora se miden por número de seguidores. Me hace recordar la vieja conseja que indicaba que si fuera por las moscas todos comeríamos basura. Lo paradójico es que los venezolanos ya estamos comiendo de la basura a causa de este régimen, lo que de alguna manera intrincada confirma la inferencia lógica. Puede sonar duro pero es así.

Les voy a hacer una pregunta sencilla: ¿para qué creen ustedes que los países que integran la comunidad internacional, con Estados Unidos a la cabeza, están sancionando al narco-régimen de Maduro y a sus principales funcionarios y cómplices? Creo que la respuesta unánime sería “¡Para que se vaya!”. La siguiente pregunta –no tan obvia– que les haría sería ¿y cómo sería eso? ¿Esperan que un día Maduro se levante de la cama y diga “ya es suficiente, ¡me voy!”? ¿Llamaría a Diosdado, a Padrino López y al resto de la banda de malandros y les diría, ¡vámonos, ya no podemos más!? Luce improbable, ¿verdad? Incluso hasta estúpido.

Entonces, ¿qué espera la comunidad onternacional con el continuo ahorcamiento del régimen? ¿Que se provoque algún tipo de negociación, que Maduro levante un día una bandera blanca y pida negociar? Pero, ¿negociar qué? ¿Abandonar el sitio de rehenes más grande del planeta? Cuba lleva más de 60 años sancionada y bloqueada, y allí siguen los cubanos presos de su régimen. Entonces las sanciones deben tener un sentido más concreto: te presiono para que hagas algo y te sientes conmigo a negociar ese algo.

A veces es necesario acudir a comparaciones simples para que pueda comprenderse mejor una realidad compleja. Incluso las mentes estudiadas las necesitan para ver esas realidades que están allí pero que a veces no se notan. Con las sanciones establecidas de esa manera al régimen, se puede comparar a Venezuela como una olla de presión llena de agua -con todos nosotros dentro- puesta a fuego lento pero sin válvula de escape. Cuando una olla así hierve y la presión  no sale por algún lado solo pueden suceder dos cosas: que la olla reviente (eso dependerá de su calidad) o se agriete dejando salir vapor a presión.

En otras palabras, si le pones fuego a una olla (las sanciones) y no le pones una válvula de escape para que la fuerza que se genere por el fuego pueda ser canalizada de una manera segura y productiva para el lado que tú quieras que se mueva, la olla se rompe de cualquier manera: de una manera violenta estallando de una vez, o por partes agrietándose.

Dividir a Venezuela es condenarla a la suerte del comunismo cubano para siempre porque los más desvalidos –que siempre son la mayoría– se agruparían en magnitud en el lado que lleva la peor parte del trato: Vietnam y Corea del Norte. Este tipo de solución se propone cuando la olla se está reventando. Por otro lado, una grieta en la estructura de la olla significaría la radicalización armada interna del país, lo que nos pondría en la ruta de Siria más temprano que tarde. Esto es, en tanto y en cuanto demos por ciertas las intenciones de aquellos que iniciaron acciones armadas, y que muchos aun, fuera y dentro del país, esperan que continúen, apostando una mejor suerte en el futuro.

Ninguno de estos resultados producto de la aplicación de fuego a una olla de presión cerrada son buenos para Venezuela, aunque lo parezcan. Y la razón es principalmente porque sin una válvula de presión que en principio canalice la acción de ponerle fuego a la olla, simplemente la destruimos. Eso lo deberían entender más que nadie los norteamericanos.

La mejor propuesta del arbitraje electoral a la OEA es esa válvula de escape que hay que ponerle a la olla de presión. Todo el fuego que se le ponga a la olla –más sanciones– debe ir dirigido a que el régimen acepte ese arbitraje de la Comunidad Internacional. No tiene ningún sentido seguir sancionando al régimen sin perseguir un objetivo perfectamente definido. No puede ser “seguimos sancionando para que Maduro se vaya”, porque es explosivo, y nos estamos acercando peligrosamente a que la olla se rompa o se agriete, en perjuicio de todos los que estamos aquí adentro. Tengo que decir a riesgo de ser malinterpretado que es muy fácil decir desde fuera que se le siga aplicando fuego a una olla sin válvula de escape cuando tú no estás adentro. No me quisiera quedar del lado de la nueva Corea del Norte latinoamericana.

Mientras la olla de Venezuela se calienta más con las sanciones, Maduro sí le aplica bien el fuego a la oposición oficial porque su presión si es bien precisa: “o vas a elecciones o te mueres”. De allí que todos ellos, Enrique Capriles (PJ), Henry Ramos Allup (AD) y Manuel Rosales (UNT) se reunieron con él para negociar ir a esa trampa electoral en diciembre. Pero las sanciones con las que amenazaron los norteamericanos a Henry Ramos Allup rompieron el trato, que paradójicamente sí cumplió el régimen, metiendo al hermano de Bernabé Gutierrez en el CNE.

Ahora a Ramos Allup, en un nuevo giro a la tuerca de las sanciones, no le queda otra que radicalizarse, intentando una nueva fase sin el respaldo del régimen como había sido hasta ahora. Veremos qué tal le va afuera de la AD colaboracionista, porque se quedo en el peor de los mundos: ya no será el interprete oficial de los adecos sometidos por él durante veinte años, pero tampoco podrá serlo de los adecos que se vendieron al régimen. Se quedó completamente afuera.

Los meses que restan antes de diciembre van a definir los próximos años de Venezuela y los venezolanos. Ojalá que la oposición oficial que maneja la relación con los Estados Unidos termine de entender que es lo que nos estamos jugando aquí, y que si no tiene una respuesta clara e inmediata, para los venezolanos que nos encamine evitar que la olla de presión de Venezuela estalle o se agriete, que al menos nos ayude con la comunidad internacional a ponerle una válvula de escape a esta olla de presión.

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