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Una gestión selectiva construye la memoria histórica de Chile

Por: Malgorzata Lange - @MalgoLange - Sep 11, 2014, 11:37 am
El Museo de la Memoria de Chile se centra en las víctimas de la dictadura y olvida al resto. (Flickr)
El limitado enfoque del Museo de la Memoria insinuaría que nunca antes de 1973 el Estado chileno ha violado derechos humanos. (Flickr)

EnglishEl Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Chile, inaugurado en 2010, es un gran espacio de exposición y documentación dedicado a las decenas de miles de víctimas de los 17 años de dictadura militar entre 1973 y 1990.

Tanto el concepto mismo de los derechos humanos, como los numerosos ejemplos de sus atropellos, tienen como su objeto al ser humano, cuya vida y dignidad son bienes innegociables y absolutos.

Por ello estos derechos se encuentran por encima de los demás criterios normativamente subalternos, por ejemplo la ideología, la filiación política o la religión. Por otro lado, necesariamente quedan exentos de este área los cálculos utilitarios, pragmáticos y racionalistas: cada vida humana es única, incomparable e irreemplazable.

Hago esta reflexión para enfatizar que de ninguna manera pretendo aquí comparar la gravedad, magnitud o circunstancias que acompañaron —e incluso justificaron, según algunos— la necesidad de poner entre paréntesis los abusos y atropellos para lograr algún objetivo político o socialmente necesario. Soy de los que sostienen que frente a las vidas perdidas o quebradas, las estadísticas o comparaciones son simplemente groseras e imperdonables.

Según lo declarado por la institución misma , su misión “convierte al Museo de la Memoria y los Derechos Humanos en un espacio […] que rescata la historia reciente de Chile y se reencuentra con la verdad, que crece y se proyecta en la promoción de una cultura de respeto de la dignidad de las personas”.

La declaración efectivamente hace referencia a lo más preciado por proteger, el régimen de los derechos humanos.

¡Pero seamos más reflexivos! A partir de esta declaración se podría inferir y aceptar que el Estado chileno en su historia bicentenaria nunca antes de 1973 ha sido el actor coactivo en contra de algún segmento de sus propios ciudadanos. Y eso sin duda, y en lo que respecta a todos los Estados en general, no es cierto.

A pesar de que formalmente hasta apenas algunas décadas la figura legal de los derechos humanos no existía, es necesaria una mirada retrospectiva hacia los abusos estatales en contra de las personas, que por su gravedad no prescriben.

La propia historia de un Estado americano comienza por el despojo de sus derechos “ancestrales” a los pueblos originarios que habitaban estas tierras. Luego sigue un listado largo de sustratos sociales e individuos afligidos, oprimidos e incluso exterminados en nombre del Estado: los mapuches, trabajadores, peones, negros, mestizos, mujeres, terratenientes, capitalistas, propietarios de los medios de producción, liberales, comunistas, etc.

Por lo tanto, aunque admiro el gran e invaluable trabajo de quienes recogieron y documentaron las historias de vidas sacrificadas, arrebatadas o desaparecidas durante esos 17 años, no dejo de sentirme confundida ante lo incompleto, selectivo e inconcluso que parece ser el testimonio presentado como el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. La historia de Chile tiene 200 años de violaciones de dichos derechos.

Lo que ha sucedido en Chile tras la recuperación de la democracia en 1990, como también en el resto de los Estados de la región, ha sido por un lado la realización de la muy necesaria e igualmente difícil tarea de reconciliación política y social. Por otro lado, se puso en marcha el proceso —bajo mi punto de vista no del todo consecuente con la primera tarea— de la apropiación de la memoria histórica en la forma de la gestión política de la historia, la identidad, la memoria colectiva y, lo que queda manifestado en la misión del Museo, de la verdad.

La memoria histórica, más allá de los hechos y elementos objetivamente fácticos, es en gran medida una reconstrucción y reinterpretación del pasado basándose en las historias vividas, biografías individuales y recuerdos de los sujetos históricos.

Aquí no se trata de imponer criterios estrictos de la veracidad fáctica, sino precisamente de habilitar el espacio de encuentro de relatos personales unidos por las experiencias del dolor, injusticia, pérdida y muerte, originada o impulsada por el Estado.

Aquí la interrogante es cómo una sociedad se recuerda a sí misma y cuáles son los conflictos existentes de las diversas memorias históricas que puedan dañar y de hecho dañan la cicatrización de heridas colectivas, trabando la posibilidad de la reconstrucción de la confianza y cohesión social del Chile agudamente polarizado.

Es por eso que la política de la historia, si pretende contribuir a la reconciliación colectiva, debe inclinarse ante todas las víctimas de las violaciones de los derechos humanos por sobre los demás criterios de orden subalterno.

La importancia de una lectura balanceada, en lo posible imparcial y abierta, y sobre todo humilde, de la historia, con el reconocimiento de las fallas, tropiezos y abusos por parte del Estado y sus agentes en varias etapas, épocas y fases, es una condición ineludible de vivir una verdadera reconciliación, donde todos sean capaces de perdonar, pero también de pedir perdón.

Malgorzata Lange Malgorzata Lange

Malgorzata Lange es polaca y actualmente vive en Santiago de Chile. Es graduada en Relaciones Internacionales, magíster en Ciencia Política, candidata a doctorado y profesora en la Pontificia Universidad Católica de Chile. También es comentarista en una radio local. Síguela en Twitter @MalgoLange.