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Crisis migratoria hace tambalear los pies de barro de la Unión Europea

Por: Malgorzata Lange - @MalgoLange - Sep 21, 2015, 9:42 am
En momentos en que las políticas migratorias deberías estar claramente definidas, la Unión Europea se debate entre los miedos y el rechazo. (Radio Universidad)
En momentos en que las políticas migratorias deberías estar claramente definidas, la Unión Europea se debate entre los miedos y el rechazo. (Radio Universidad)

EnglishLa novela de George Orwell, 1984 fue escrita casi hace 70 años ya. En ella se repite el tema que preocupaba de manera obsesiva y a la vez visionaria a Orwell —el del mundo dividido y sin libertad, el mundo del “dentro” y del “fuera”.

Allí, se encuentran párrafos que nos deben causar una sensación extraña de déjà vu:

Todas las películas eran de guerra. Había una muy buena de un barco lleno de refugiados que lo bombardeaban no sé dónde del Mediterráneo. Al público lo divirtieron mucho los planos de un hombre muy muy gordo que intentaba escaparse nadando de un helicóptero que lo perseguía (…) El gordo se iba hundiendo en el agua, y también una lancha salvavidas llena de niños con un helicóptero que venía dando vueltas y más vueltas, había una mujer de edad madura que bien podía ser una judía y estaba sentada la proa con un niño en los brazos que quizás tuviera unos tres años, el niño chillaba con mucho pánico (…) Entonces va el helicóptero y tira una bomba de veinte kilos sobre el barco y no queda ni una astilla de él, que fue una explosión pero que magnífica, y luego salía su primer plano maravilloso del brazo del niño subiendo por el aire (…).”

Estas imágenes literarias, consideradas en su tiempo caricaturas exageradas y brutalmente grotescas, advenían la llegada de un mundo inhóspito. ¿Púes, saben qué? Este mundo hace tiempo que existe.

Ahora, en vivo y en directo, nosotros en el mundo real vemos todos los días las mismas escenas de los naufragios, refugiados y balsas en el Mediterráneo. No hay bombas, ni metralletas —claro está— pero hay muerte, pánico, cuerpos ahogados y fronteras que se cierran.

Europa afronta hoy la peor crisis de migraciones y de refugiados desde la década de los 40, también en cuanto a la cantidad de muertes, que bate su triste récord. Y es hoy que Europa se enfrenta a un desafío político y moral, y se encuentra políticamente ambigua y moralmente pusilánime.

Hace 30 años, en el 1985, en Luxemburgo se firmó un acuerdo denominado por la localidad luxemburguesa “Acuerdo de Schengen“, que se ha convertido en un símbolo del que los Europeos se sentían muy orgullosos, relacionado con la política de las fronteras abiertas, del movimiento libre.

Este acuerdo, no nos olvidemos que si bien es cierto ha derrumbado las fronteras internas, de manera dialéctica, siempre ha mantenido y reforzado sus fronteras exteriores, primero con un complejo sistema de las fronteras “virtuales”, manejado por Frontex, ahora con cercados, muros y hasta el Ejército. Hoy en día, Europa vuelve a erguir sus fronteras internas y externas.

Este desafío podríamos analizarlos desde perspectivas muy diversas. Estamos frente a una situación de un grado importante de urgencia, por lo que no es el mejor momento de detenernos mucho en el análisis de las razones y causas de la situación presente. Solo recordaré el proverbio vigente desde los tiempos bíblicos, de que la soberbia precede al fracaso.

Y creo que Europa ha pecado consistentemente de bastante soberbia en tres planos políticos (de las políticas internas de los estados, en su política comunitaria, y la internacional). El fracaso de las políticas multiculturales, junto con el modelo del Estado del bienestar que ya no se da abasto, sumados a la fallida, dañina y miope política en la región del Gran Medio Oriente (¡donde ha intervenido militarmente!), son unas de las razones por las que ahora el mar humano cruza el Mediterráneo y atraviesa continentes. Y aunque es una crisis desatada hace más de dos años ya, a Europa la toma muy mal preparada, improvisada e internamente desunida.

Son varios miles de personas que todos los días tratan de entrar al espacio de la Unión Europea en varios puntos de entrada. Su llegada va acompañada por los gestos de solidaridad, pero también genera un ambiente de incertidumbres, miedo y prejuicios (no todos, por cierto), sin fundamentos.
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Es una enorme cantidad de personas que a diario hay que absorber y acomodar, y muchos de los Estados no tienen capacidad de hacerlo, mientras que otros no quieren hacerlo. Los paroxismos de histeria colectiva son generados por el temor a los extremistas ISIS infiltrados, por la amenaza a los puestos de trabajo y el bienestar social, o simplemente por el miedo a lo desconocido y culturalmente distinto; todos los anteriores basados en gran medida, en la falta de información verídica, pero también hábilmente manejados por los políticos, y por los medios de comunicación.

La política implica tomar decisiones, muchas veces muy dramáticas, cuando por ejemplo chocan valores inconmensurables de la seguridad y de la libertad. Creo que frente la situación donde no se trata de un flujo migratorio con una dinámica usual, hay que considerar algunos de los siguientes argumentos:

Son naturales los temores, especialmente los relacionados con la seguridad. Los países de acogida tienen derecho de saber a quién acogen, y en ciertas circunstancias tienen derecho a negar la entrada.

Creo firmemente que todas las personas tienen derecho a buscar una vida mejor y un lugar en el mundo donde puedan desarrollar sus capacidades en plenitud.

Frente a la urgencia de la situación, hay que darles prioridad a quienes califican como refugiados (personas que se desplazan para salvar vidas huyendo de conflictos violentos o de la persecución política).

Entre los que cruzan las fronteras, hay personas que constituyen un grupo de los inmigrantes económicos que de manera humanamente legítima buscan mejores oportunidades. La mejor manera de recibir e integrar a estas personas, es permitir que trabajen y desarrollen sus iniciativas en Europa, porque durante décadas ha seducido a los inmigrantes, principalmente con el modelo del bienestar social que está hoy en día gravemente enfermo y resulta ineficiente. Son las políticas que deben ser cambiadas con urgencia, mientras que las personas deben ser acogidas.

Finalmente, no olvidemos que detrás de las declaraciones, los llamados a la solidaridad europea y buenas intenciones humanitarias, se encuentran las sempiternas dinámicas y procesos inherentes a la política misma, de regateo, de cálculo frío, en miras siempre a las próximas elecciones, de alianzas, del juego del poder, de ajuste de cuentas y del intercambio de favores entre las naciones de la Unión Europea. Y la Europa, liderada en este caso por los Estados que constituyen el destino de las rutas migratorias responde con la imposición de cuotas, reglamentando el número obligatorio que cada país debería acoger.

Ahora, aunque la cuota se imponga, difícilmente se podrá exigir a las personas que se queden en el primer país de acogida; la gente seguirá su marcha desde la Europa Oriental y Central hacia Alemania, Francia, Dinamarca y los países escandinavos. Es allí donde quieren llegar. Es allí cuando Europa empieza a ir contra sus propios principios.

Las ronteras internas y los muros vuelven a los mapas, y es sabido que es más fácil construirlos que derrumbarlos.

Malgorzata Lange Malgorzata Lange

Malgorzata Lange es polaca y actualmente vive en Santiago de Chile. Es graduada en Relaciones Internacionales, magíster en Ciencia Política, candidata a doctorado y profesora en la Pontificia Universidad Católica de Chile. También es comentarista en una radio local. Síguela en Twitter @MalgoLange.