Un título universitario inútil genera más desempleo que abandonar el colegio

Hay una tendencia a educar no para el trabajo, no para producir sino para cuestionar la riqueza ajena y lo que se logra es agravar las diferencias sociales, con deuda y desempleo, en lugar de prosperidad

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En el 2018, consigue menos trabajo un graduado con maestría en una carrera humanista que alguien que no ha terminado la secundaria.

En un estudio reciente, la compañía de servicios financieros Bankrate, el sitio web de finanzas personales más conocido en los EE. UU., analizó 162 carreras universitarias. Evaluó los ingresos que producen al igual que el índice de desempleo de cada una. Las diferencias fueron abismales. Las carreras artísticas producían menos de la mitad de ingresos y hasta 400% más desempleo.

Con índices de desempleo superiores a 9% en Bellas Artes, los graduados universitarios con diploma están mucho peor que el promedio de deserción escolar en el mercado laboral. Y no solo que no tienen trabajo sino que tienen probablemente se están ahogando en deudas de préstamos estudiantiles.

Durante la administración de Trump, el desempleo llegó a un nivel histórico. Bajó a 3,9% por primera vez en más de 100 años y esto ha impactado a todos los sectores, incluso lo que se considera trabajo no calificado, para el cual no se exige estudios superiores.

Ahora, la tasa de desempleo para las personas sin diploma de la escuela secundaria es 5.7%, significativamente mejor que aquellos con títulos de la escuela de arte, ya que para un trabajo no calificado es más económico contratar a alguien sin título y se le capacita en el lugar.

 

El desempleo en el sector “no calificado” llegó a un nivel histórico. (Traducido de Bankrate)

Con el auge de campañas mediáticas que exponen una supuesta discriminación institucional hacia las mujeres, el tema de la “brecha salarial” está en boga, pero poco se dice sobre cómo las decisiones de las mujeres influyen para que haya disparidad en sus ganancias respecto a los varones y cómo esto se produce mayormente por las elecciones de carreras.

Esta situación agrava la adhesión tanto al feminismo como al socialismo, y el arte como expresión de esta inconformidad, ya que resulta más fácil y conveniente culpar al sistema que asumir la responsabilidad de elegir una carrera que no solo no aumentará la riqueza en la sociedad sino que también influirá sobre la pobreza a nivel personal.

En el caso de EE. UU., se empeora con la deuda que adquieren los alumnos y esto lleva a cada vez más  promesas políticas de que sea el Estado, con el dinero de los ciudadanos, el que financie estas carreras diseñadas para cuestionar los medios de producción pero no para mejorarlos, sino para exigir cada vez más de un Estado que se alimenta del esfuerzo los demás.

En América Latina, donde existe “gratuidad”, este fenómeno se ve agravado. Educadores que llegan incluso a nivel ministerial, fomentan dentro del aparato estatal un sistema promovido por el educador brasilero Paulo Freire, autor de la “pedagogía del oprimido”, donde no se educa para trabajar, sino que se afirma la división de clases como base de las interacciones sociales.

Así, los estudiantes salen no solo sin el conocimiento necesario para desempeñar un oficio sino incapacitados para adaptarse al mundo laboral.

Pues se educan en función del rechazo a lo existente, pero sin una propuesta concreta.

No se les educa para producir y por tanto generar riqueza, tampoco para crear fuentes de trabajo y así reducir la pobreza, sino para cuestionar la riqueza existente y manifestar su inconformidad a través de diversos lenguajes, escritos, auditivos y visuales.

Así se consagra un ciclo de inoperancia y dependencia, de tercerización de las decisiones sobre otros y a sus expensas. Y los políticos que adhieren al socialismo y sus variantes aprovechan la disconformidad de los jóvenes no para darles soluciones, sino para mantener a flote su sistema que exige más burocracia y por tanto más empleo improductivo, en lugar de más empleo y por tanto menos pobreza.

Por ahora el panorama es alentador para priorizar los conocimientos que ayudan a producir y por tanto llevar a la prosperidad y consigo a mayor autonomía para así poder generar más fuentes de trabajo que sí ayudan a aliviar la pobreza de los que no tienen, no de los burócratas que viven a costillas del esfuerzo ajeno.

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