Brasil: fascismo es dependencia estatal, no responsabilidad individual

Pese a las acusaciones de fascismo, los simpatizantes de Bolsonaro limpiaron las calles luego de festejar, marcaron la pauta de una sociedad autosuficiente, en lugar de dependiente

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Contrario al fascismo, que pregona el control estatal en cada aspecto de la vida, los simpatizantes de Bolsonaro abogan por la autonomía con el ejemplo. (Facebook)

Contrario a lo que múltiples medios y figuras alegan, “fascismo”, desde la noche de la elección presidencial de Jair Bolsonaro, el domingo 28 de octubre, se marcó un hito en la cultura brasilera: venció la responsabilidad individual sobre la dependencia estatal.

Se evidenció no solo en las propuestas de los candidatos sino en el accionar de los votantes.

Luego de los festejos por el triunfo de Bolsonaro, las calles se llenaron de bolsas de residuos y escobas; ya que sus simpatizantes limpiaron los escombros que dejaron.

La “mano invisible” que resaltaba Adam Smith, el fundador de la filosofía detrás del libre mercado, se hizo presente.

Cuando se defiende la libertad de comercio, se exalta la importancia del orden espontáneo (la mano invisible). Se aplica no solo a la economía sino a la construcción de una sociedad que se basa en el intercambio.

Es decir, de la capacidad de los individuos de ponerse de acuerdo de manera pacífica de modo que lleguen a acuerdos de mutuo beneficio, sin que el Estado se entrometa como coordinador.

Así fue cómo se reunieron de manera autoconvocada quienes celebraban la victoria de Bolsonaro. También se manifestó otro precepto básico: la distribución del trabajo, de modo que cada cual participa de acuerdo a sus capacidades y elecciones. Cada cual aportó para lograr dejar la calle limpia para no importunar al otro.

Ciudadanos autoconvocados limpiaron las calles luego de un acto de respaldo a Bolsonaro.  (Facebook)

Pese a las acusaciones de sus opositores, de un supuesto auge del fascismo, el fenómeno de Jair Bolsonaro surge en respuesta al hartazgo de la intromisión estatal.

Por definición, según indica La Doctrina del Fascismo: “para el fascista, todo reside en el Estado, y nada que sea humano o espiritual existe fuera del Estado”.

De modo que no hay lugar para las interacciones voluntarias, de persona a persona, sin la autorización del partido, el líder ni el Estado.

La misma obra firmada por el líder del fascismo, Benito Mussolini, decía: “siendo anti-individualista, la concepción fascista se pronuncia por el Estado; y se pronuncia por el individuo en cuanto éste coincide con el Estado, que es conciencia y voluntad del hombre en su existencia histórica. El liberalismo negaba al Estado en interés del individuo particular; el fascismo reconfirma al Estado como verdadera realidad del individuo. Se pronuncia por la única realidad que puede ser una cosa seria, a saber, la libertad del Estado y del individuo en el Estado”.

Mientras que el partido de Bolsonaro se llama Partido Social Liberal, es decir, menciona la misma filosofía que el fascismo rechazaba abiertamente: el liberalismo.

Cuyos fundamentos están presentes en varias las Declaraciones del Principios del PSL:

“El PSL defiende que una sociedad libre es el principal motor para la superación de la pobreza y el desarrollo del país. Necesitamos ciudadanos autónomos, un gobierno eficiente con atribuciones limitadas, poder descentralizado, mayor autonomía a los municipios, y compromiso de la sociedad civil…

  • políticas de esclarecimiento a la población, para concientizar acerca de los males provocados por el comunismo y el socialismo;
  • protección a la propiedad privada, y garantía para que cada ciudadano decente tenga el derecho a proteger su principal patrimonio: su vida. Para ello, es necesario derogar el “Estatuto del Desarme”, y crear las condiciones para que los ciudadanos puedan poseer armas de fuego, si así lo desean;
  • protección intransigente a la democracia y a la libertad de cada ciudadano;
  • reducción del tamaño del Estado en todos sus niveles y esferas, para hacerlo más ágil y eficiente, y menos corrupto;
  • incentivo a todas las formas de libre iniciativa privada, mediante la adopción de políticas económicas liberales, a fin de que haya mayor producción de riqueza y mejor distribución;
  • combate frontal a la corrupción endémica instalada en Brasil, en todas sus formas, niveles y esferas;
  • veto para alianzas, frentes y coaliciones con partidos de izquierda bolivariana, tales como PT, PSOL, PCdoB, PSTU, PCO, PCB, y cualquier otro que apoye regímenes autoritarios instalados en otros países”, entre otros.

O sea, lejos de forjar un autoritarismo y la centralización de la planificación, el nuevo gobierno promete resguardar la autonomía del ciudadano tanto en su discurso como en su accionar y cuestiona el autoritarismo de otros gobierno.

Contrario al fascismo, busca derogar incluso las leyes que daban al Estado el monopolio de la fuerza, así los ciudadanos pueden emplear la autodefensa; un recurso fundamental en caso que un gobierno se exceda en sus funciones.

Dicha autonomía se ve ya en marcha en la ciudadanía. La mayor parte de los votantes portaba camisetas de la selección de fútbol de Brasil y dejaron la ciudad, su respectiva parte del país, tal como quisieran que esté para vivir en ella: impecable.

Para concluir, cabe recordar que tanto el fascismo como el nazismo, que es la contradicción del Partido Nacional Socialista del Obrero Alemán, así como el partido PT de Lula Da Silva y Dilma Roussef es el Partido de los Trabajadores, nació en la izquierda, en la causa obrera, de los trabajadores, no desde la oposición a los mismos; como sucede con el PSL.

Aunque en su etapa final ambas ideologías se consolidaron en lo que se conoce como tercera posición, el nacional-socialismo, que no es izquierda ni derecha. Mientras que Bolsonaro es abiertamente de derecha, o sea libre mercado y Estado mínimo.

Según la lógica argumentativa, cuando se incurre a un reduccionismo de este tipo en un debate, se comete una falacia ad nauseum o bien un reductio ad hitlerum, frente a la ausencia de argumento, se apela a un mal reconocido como unánime, como es el nazismo o el fascismo, sin tomar en cuenta la naturaleza de los mismos, mucho menos la historia.

Y sucede en la actualidad, que se considera como equivalentes a opuestos por desconocimiento histórico.

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