Cómo el feminismo puede destruir una obra literaria: caso El Principito

Así como el socialismo exige la redistribución de la riqueza, el feminismo impone la redistribución de los roles, tanto en la realidad como la ficción, ahora le toca a El Principito.

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El activismo feminista ignora la contradicción entre pregonar inclusión y excluir a los hombres. (Fotomontaje de PanAm Post)

Inclusión e igualdad son términos que hoy ocupan los discursos de todo ámbito como metas que debemos alcanzar como sociedad.

Lo que no se dice es que para ser iguales hay que negar toda diferencia y que incluir a unos exige excluir a otros. Lo anterior se evidencia en la adaptación de la obra literaria El Principito (obra literaria escrita por Antoine de Saint Exupéry y publicada en 1943), que ahora lleva como título La Principesa, autoría de un colectivo feminista llamado Espejos literarios.

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Pero lo que más resalta es la hipersensibilidad de estos tiempos, a la que se conoce como «generación copo de nieve«. El término surge de la obra convertida en película «El club de la pelea». Alude a la fragilidad donde, al igual que el copo de nieve, al entrar en contacto con la superficie, se desmorona.

“No eres especial. No eres un copo de nieve hermoso y único”, dice el protagonista, aludiendo al hecho que el mundo es un lugar difícil y, por tanto, las personas deben estar preparadas en lugar de pretender tratos especiales.

Todo lo contrario a lo que sucede en La Principesa, donde incluso la escena en la cual lo que parece ser un sombrero en realidad es una serpiente boa que se tragó un elefante, para la generación actual resultaba muy violento y fue convertido en un volcán. Aunque sí fue respetada la frase «lo esencial es invisible a los ojos», cambió el símbolo.

De modo que en la actualidad debemos ser protegidos hasta de la ficción y los hábitos alimenticios de los animales, en este caso una serpiente.

En lugar de acostumbrar a los lectores al simbolismo, a que el mundo no es solo color de rosa, se lo censura, se lo ablanda.

Así, la feminización de la obra resulta no de su capacidad de dar vida, un distintivo femenino, sino de un debilitamiento. No nació una nueva obra sino que fue reapropiada una ya existente, censurada y ablandada.

Irónicamente el feminismo insiste en campañas para quebrar el mito del «sexo débil». Sin embargo, en sus obras imponen un estándar donde la versión femenina de una obra busca proteger al lector hasta de las palabras, las ideas, las imágenes, las formas; como si fuese tan débil que por verlas, imaginarlas o verlas, el lector podría sentirse gravemente afectado.

Asimismo, desde los sectores menos reacios a los hombres, el feminismo ostenta que busca que estos puedan expresarse, ya que el «machismo», «el patriarcado» y la sociedad misma no les permite hacerlo. Tanto que dictan talleres de «nuevas masculinidades».

No obstante, en El Principito encontramos a un protagonista, hombre, sumamente sensible, tanto que se enamora de una flor, de la vida misma, observador, expresivo, romántico, soñador. Pero en lugar de resaltar esta figura, la reemplazan por una mujer.

Porque así como el socialismo exige la redistribución de la riqueza, el feminismo impone la redistribución de los roles; tanto en la realidad como la ficción, ahora le toca a El Principito.

Y no se trata de una mera conjetura, está escrito en su propia literatura. La lucha de clases del marxismo, aplicado a la guerra entre sexos, conduce no a la paz, sino a la guerra perpetua y la permanente contradicción en la dialéctica, ideada por Hegel y reciclada y adaptada a su conveniencia por Marx y sus sucesores, logra que no sea necesaria la lógica, tampoco la congruencia, lo que importa es el enfrentamiento.

Es que el comunismo, aunque se jacta de ser el socialismo científico, ha sido ampliamente refutado y demostrado su inviabilidad. Por tanto, su batalla e imposición no es desde la lógica sino desde el sentimentalismo.

No importa los resultados, importa la intención. Para validarlo es fundamental la adaptación del discurso.

Por ello, desde 1848, Engels, sucesor de Marx, reconoce a la mujer en su obra como el proletario y al hombre como burgués.

Así se justifica la expropiación y su posterior redistribución, tanto en la realidad como en la ficción, como aplica el socialismo en la economía, ahora el feminismo en la literatura.

Ahora, sobre estas ideas, el colectivo feminista ha decidido empezar un proceso de readaptación de la literatura universal para que, según este grupo, esta sea «más inclusiva mediante la adaptación de obras al género femenino, a otras razas diferentes de la blanca o a otras orientaciones sexuales para que un mayor número de personas puedan identificarse más fácilmente con sus historias».

Es así como la primera víctima de esta idea es El Principito, que ha sufrido una destrucción de su esencia en la readaptación publicada por Espejos Literarios, y que ahora es número uno en ventas en Amazon en español.

¿Cuál obra será la siguiente víctima? ¿Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes? ¿Rayuela de Cortázar? ¿Cien años de soledad de García Márquez? ¿O quizá lo quieran intentar con La broma de Milan Kundera, obra donde se muestra, en una Checoslovaquia ocupada por la Unión Soviética, lo absurdo del comunismo?

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