De terrorista a Playboy: cómo la prensa fue cómplice de Fidel Castro

La "izquierda Disney" recurre a convertir los lugares en leyendas para sostener un relato que se quiebra ante la evidencia.

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La revolución comunista que instauró Fidel Castro produjo 2 millones de exiliados y alrededor de 200 000 muertos, entre fusilados y ahogados. (Youtube)

El Gobierno más largo de la historia del continente americano no ha durado tanto tiempo en el poder solo por voluntad popular. El cuarto poder, la prensa, ha colaborado activamente. Fidel Castro, pese a haber provocado dos millones de refugiados y cerca de 200 000 muertos entre fusilados y ahogados, murió sin juicio, de anciano.

Incluso antes de subir al poder, Castro contaba con la prensa a su favor. El 1 de enero de 1959 dio su primer discurso en La Habana como líder de la revolución. Pero ya en 1957 el reportero de The New York Times, Herbert Matthews, preparó un reportaje sobre él, retratándolo como un combatiente.

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Llegó incluso a posar junto a conejitas de Playboy, cuando el magnate propietario de la revista erótica, Hugh Hefner, visitó la isla y anunció que Cuba y Castro eran lo mismo. Así lo detalla Abel Sierra Madero, historiador y ensayista cubano, oriundo de Matanzas, quien publicó Fidel Castro: El comandante Playboy, sexo, revolución y Guerra Fría, donde narra cómo era presentado Castro ante el mundo.

Según Yoani Sánchez, opositora de la dictadura cubana, el libro «es la historia de una fascinación, la descripción minuciosa de cómo la prensa estadounidense contribuyó a la creación de un liderazgo que permitió al autoritario Comandante en Jefe convertirse en una figura familiar para los ciudadanos de ese país. De manera que los lectores de este libro tienen ante sí el detallado itinerario de un romance, entre los medios y el guerrillero; entre los editores y el dictador».

Contrario al relato original, Robin Hood es presentado como un hombre que desde el bosque robaba a los ricos para dar a los pobres. La realidad es que recuperaba de las arcas del rey los impuestos usurpados. Sin embargo, los defensores de Castro aprovecharon este error histórico para trazar un falso equivalente. Así como Robin Hood ajustició en el bosque, Fidel lo hizo en Sierra Maestra.

Pero lejos de dar a los pobres para quitar a los ricos, Castro murió con una fortuna de 900 millones de dólares y dejó un pueblo empobrecido y expropiado.

“Fidel Castro fue una gran invención, una fantasía que respondió a intereses y necesidades muy específicas, tanto en Cuba como en Estados Unidos, también en los sectores intelectuales europeos. Fidel es un producto de la Guerra Fría. Fuera de ese contexto, es un personaje bastante anacrónico. Sin embargo, en torno a su figura se construyó una imagen tan poderosa que para muchos, ajenos por completo al drama cubano, Castro y Cuba eran prácticamente lo mismo”, dice Sierra Madero.

Por su parte, el escritor Norman Mailer dijo que Castro era como si “el fantasma de Hernán Cortés hubiera aparecido en nuestro siglo montado en el caballo de Emiliano Zapata”.

Mientras que el periodista John P. Wallach explicó el atractivo que ofrecía Castro a los jóvenes, diciendo: “Hay que decir que si Fidel Castro no hubiera existido, lo hubiéramos tenido que inventar. El hecho es ese, que lo inventamos”.

Además del aparato represor que mantuvo el monopolio del poder, los medios jugaron un rol fundamental para mantener no solo a Fidel al mando, sino al socialismo como un ideario anhelado en todo el continente.

Herbert Mathews, el periodista que inventó a Fidel Castro

Para corroborarlo, en su libro, El hombre que inventó a Fidel: Cuba, Castro y el New York Times, el periodista Anthony De Palma, articulista de dicho medio, rescata el legado del periodista que volvió a Castro una leyenda: Herbert Mathews.

En su obra cita a Ernesto Che Guevara diciendo: «Para un grupo pequeño (de insurgentes), la breve visita de Matthews (a la Sierra Maestra) fue más valiosa que una victoria militar». Alude al hecho que el periodista se valió del testimonio de Castro, jamás le pidió evidencia, de que eran miles de cubanos los que le acompañaban en su revolución, cuando en realidad eran un puñado. Esto colaboró para la leyenda que creó en torno a una figura no representativa de la voluntad popular cubana.

Por eso fue necesario crear un mito. Así lo estableció Mathews en sus memorias, que fueron compiladas por De Palma: «Una de las funciones de mayor utilidad de un periodista es perturbar la paz para acelerar al humanismo en su interminable camino de conflictos y contradicciones, para desafiar a las ideas y principios aceptados si estos pretenden perdurar o son inapropiados».

«Una vida tras las huellas de la verdad le había enseñado a Herbert Matthews que ninguna mentira es más poderosa que los mitos», agrega De Palma. Y expone cómo Mathews le dio a Castro una cualidad mesiánica. Cuando todos le creían muerto en combate, el periodista le resucitó. Volvió entre los muertos para ser la salvación por medio de la revolución.

Es decir, ambos escritores de The New York Times colaboraron para justificar activamente al sistema que expropió y esclavizó a los cubanos.

The New York Times lleva 100 años de apología al socialismo

Y no se limita a Castro. The New York Times ha sido abiertamente cómplice de la apología e incluso promoción del socialismo a lo largo de 100 años.

No hay que olvidar que el 5 de mayo del 2018 dicho medio publicó una nota de opinión en el aniversario del nacimiento de Karl Marx diciendo que este «tenía razón«.

Un año antes publicaron otra columna de opinión donde afirmaban que «bajo el socialismo las mujeres tenían mejor sexo», partiendo de la premisa de que el aborto era legal y, por tanto, eran más libres.

Lo que no dice esa columna es cómo el aborto se volvió tan común como un método anticonceptivo, ante la falta de insumos médicos y la incapacidad de cubrir las necesidades básicas. Tampoco cómo la libre circulación y la libertad de asociación eran suprimidas y ni siquiera podían elegir dónde, cuándo, ni con quién estar en libertad.

Aunque lo que se destaca como lo más sobresaliente, por no decir siniestro, es cómo el periodista Walter Duranty ganó el Premio Pulitzer, el mayor galardón del periodismo, por su cobertura en Moscú; pese a haber negado el hambre masiva padecida por los ucranianos que arrasó con alrededor de siete millones de vidas.

Escribió que «cualquier informe sobre una hambruna en Rusia es hoy una exageración o propaganda maligna», y que «no hay hambre o muertes por inanición, pero hay una gran mortalidad por enfermedades debidas a la desnutrición».

Ahora, en pleno siglo XXI, con el Internet al alcance de la mano, la información está disponible para contrastar la creencia con evidencia.

Sin embargo, muchas veces el relato no se sostiene con pruebas sino con verso. De modo que tiene menos peso lo que sucedió que cómo lo cuentan, y eso los medios masivos lo han usado a su favor.

A esto, el historiador Sierra Madero le llama «izquierda Disney», refiriéndose a que en la izquierda latinoamericana hay pensadores que tratan las revoluciones que defienden como un parque de diversiones, encerrado y contenido bajo una fantasía.

Así administró Fidel Castro a Cuba. Así es cómo sus apologistas han mantenido su legado en pie.

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