Macron utiliza el Amazonas como cortina de humo para su proteccionismo

"El G7 sufre la falta de salidas de las múltiples crisis dentro de su espacio. Por tanto, hay que dirigir la mirada hacia temas que conmuevan"

1.000
«Brasil es un “país-continental”, y un país con esta condición está condenado a desarrollar capacidades que lo amparen». (Efe)

El incendio de la Amazonía despertó una alerta mundial y terminó en un gran debate: ¿es el «pulmón del mundo» un bien internacional o tiene Brasil potestad sobre ella?

La lucha por la protección internacional de la Amazonía está encabezada por el presidente de Francia, Emmanuel Macron. El antagonismo entre él y Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, surge precisamente cuando ambos estaban por pactar un acuerdo comercial entre Mercosur y la Unión Europea (UE) que ponía a Macron en una situación difícil, pues al ser Brasil más grande que toda Europa, comprometería a los agricultores franceses.

Suscríbase gratis a nuestro boletín diario

Mientras Macron aplica el proteccionismo en casa, promueve afuera el internacionalismo con los recursos que le convienen, como el Amazonas.

Incluso la encuestadora brasilera Data Folha publicó un sondeo donde se proponía a Macron como el encargado para apagar los incendios de la Amazonía, en lugar del presidente Bolsonaro.

Cabe señalar que esta es la misma encuestadora que anunció la disminución de la popularidad de Bolsonaro. En su marcada línea proizquierda, siempre favorece al Partido de los Trabajadores del ahora preso Lula da Silva, también pronosticó la derrota de Bolsonaro en las urnas. Por lo cual el mandatario apeló a la sátira para resaltar la confiabilidad de la encuestadora.

Para profundizar más en el tema de la Amazonía y los intereses internacionales, PanAm Post consultó a Alberto Hutschenreuter, doctor (summa cum laude) en relaciones internacionales, profesor en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN) y autor de numerosos libros sobre geopolítica, entre ellos Un mundo extraviado. Apreciaciones estratégicas sobre el entorno internacional contemporáneo .

Pese a que hay incendios en Angola, Siberia, Alaska y en la vecina Bolivia, toda la atención está puesta en Brasil. ¿Por qué, a quién conviene, cui bono?

Macron (me refiero a él porque parece haber asumido el papel de “justiciero medioambiental”) no dice nada sobre los incendios e incidentes (repetidos) en Rusia que afectan el medio ambiente con radioactividad, o sobre la lluvia ácida china que afecta a los países de la región. Ni hablemos de los territorios estadounidenses bajo siniestros. ¿Quién osaría involucrarse contra estos países con poder?

Con Brasil es diferente. Es un país potencialmente potencia, densamente geopolítico, pero aún carece del rango estratégico mayor como para que haya “deferencia estratégica” con él, que es aquello que desmarca a los Estados. Tucídides —historiador y estratega militar de la Antigua Grecia— se mantiene muy vigente en el siglo XXI, sobre todo en relación con su vieja y categórica sentencia: “hay países que hacen lo que pueden y otros que sufren lo que deben”.

Hay situaciones catastróficas en varios sitios del mundo. Pero no todas, muchas veces en el más sonoro silencio, tienen “visibilidad global”. Sucede con las víctimas mortales del terrorismo transnacional: a juzgar por la visibilidad y la conmoción, no parecen ser lo mismo los que caen en Francia o en el Reino Unido, que los que caen en Nigeria o Mauritania. Pero son las cuestiones relativas con las jerarquías, el poder, la geopolítica y los intereses los factores que determinan qué sitios son los que importa significarlos. Es decir, hay sitios geopolíticos y sitios antigeopolíticos.

Macron, presidente de un país que ha realizado más de 200 pruebas atómicas, la última en 1995, nunca ha dicho nada sobre las detonaciones que realizaron por décadas los “poseedores legales” de armamento nuclear. Es decir, Francia, Reino Unido, China, Estados Unidos y Rusia. Los que explosionaron armas antes de la firma del Tratado de No Proliferación. Tampoco ha dicho nada sobre la sensible mejora que vienen realizando en estos mortíferos sistemas dichos países, logrando “menos por más”: “menos número de artefactos, más poder de destrucción”.

Entonces, aparte del propio tema de las armas, pareciera que hay hechos que contaminan y otros que no contaminan. La deforestación y los incendios fuera de control en la Amazonia son un grave peligro para el mundo, pero las detonaciones no lo son tanto (quiero recordar que hay estudios científicos sobre las secuelas que han dejado en lo niños de la Polinesia actual las pruebas nucleares de Francia en los atolones de Mururoa y Fangataufa, situadas a más de 16 000 kilómetros de Francia). ¿Alguien habla de este tema?

No se habla. Porque las relaciones internacionales son, ante todo, relaciones de poder antes que relaciones de derecho.

¿Cuáles son los riesgos económicos y jurídicos —en materia de soberanía— del “intervencionismo global humanitario”?

Son riesgos que están creciendo. Son considerables y debemos prestar mucha atención a la evolución de aquellos conceptos que suelen surgir en espacios de ideas que funcionan en poderes preeminentes.

El grado de la amenaza puede habilitar el poder desmesurado y volver muy relativas las soberanías nacionales. Durante la lucha de Estados Unidos contra el terrorismo global, entre 2001 y 2010, el poder estadounidense casi produjo un hecho que pocas veces se dio en las relaciones internacionales: el sistema internacional casi llegaba a identificarse con los intereses de esa potencia, como en su momento sucedió con el Imperio romano o con el británico siglos después.

Quiero decir que, en este caso, la magnitud de la amenaza implicaba que nada podía interferir en la búsqueda de seguridad por parte de Estados Unidos. Si un país (no preeminente) no garantizaba que podía neutralizar a terroristas que operaban en su territorio, Estados Unidos lo haría “a su manera”.

Para Rusia y China no había mucho por preocuparse, no solo porque se trata de actores con capacidades para generar deferencia estratégica por parte de los demás, sino porque, como dijera Brzezinski, en sus territorios había terrorismo separatista (Cáucaso, Sinkiang, etc.) y, por tanto, la “cruzada” estadounidense contra el terrorismo los “habilitaba” para el exterminio local.

Posted by La Política Exterior Rusa después de la Guerra Fría on Monday, August 26, 2019

En términos más “suaves”, el intervencionismo humanitario tiene dos caras. Es necesario y loable cuando un pueblo, en riesgo en una guerra intraestatal, es asistido y se resguardan sus derechos humanos. Pero sucede que a veces el velo entre los derechos humanos y los intereses es delicado.

Esto lo vimos en Libia. El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la intervención con el fin de salvaguardar la vida de los libios. Pero en plena acción este fin fue modificado y se pasó a asistir a aquellos que luchaban contra Gadafi. Sabemos cómo acabó la historia y vemos que hoy la Libia pos-Gadafi es la Libia pre-Gadafi, un caos de luchas intertribales.

Debido a ese cambio en los objetivos en Libia, en Siria no fue posible contar con una resolución que autorizara la intervención. Es decir, los intereses predominaron sobre el principio o responsabilidad de proteger.

Los mayores riesgos, y aquí entra la Amazonia, pasan porque evolucionen conceptos como “soberanía en suspenso”. Es decir, que haya países (no preeminentes, claro, y geopolíticamente relevantes) que tengan serias dificultades para manejar sus recursos, sus espacios (terrestres y oceánicos), su moneda, su seguridad, su energía, etc., y “tengan que ser asistidos” (legalmente) por otro u otros porque esa dificultad acaba afectando a la región y al mundo.

Ante la intromisión de organismos multilaterales como la ONU, la OTAN y la UE, ¿qué le corresponde a Brasil hacer para mantener la paz y la estabilidad económica?

Le corresponde per se garantizar el mantenimiento de sus grandes espacios. La región no puede estar ausente. Desde hace décadas Brasil ha estado ocupando sus espacios a través de planes que combinan la economía con la seguridad. Es un “país geopolítico y con geopolíticos”. Y este es un gran activo nacional. No es lo que yo denomino un “país de geopolítica cero”, es decir, un país con gran extensión terrestre, marina y aérea, pero sin concepción de poder terrestre, marítima y aérea. No es un país que cree en las bondades y buenas intenciones entre los Estados. Y hace bien en pensar de ese modo.

Pero le falta construir más poder nacional. Y para ello, el crecimiento de su economía es vital. Hasta ahora ha sido más una promesa que una realidad, pero posee todos los componentes para convertirse en una potencia media cabal. Para ello, la región deberá desprenderse de suspicacias. Que ningún actor sienta que ese crecimiento irá contra él. Hay que recordar que en América del Sur impera una muy firme concepción soberanista entre los Estados. Una concepción “westfaliana” tardía. En esa búsqueda de poder nacional ascendente deberían reactivarse emprendimientos dormidos, por caso, el sistema de cooperación amazónico, pues el Amazonas se encuentra repartido entre ocho países, si bien es verdad que gran parte es Brasil.

En breve, es un “país-continental”, y un país con esta condición (también la tiene Argentina) está condenado a desarrollar capacidades que lo amparen. Siempre viene a mi mente la sentencia de Frederich Ratzel: “si un país no ocupa sus espacios ni explota sus recursos, otros lo harán por él”.

Los asesores militares de Bolsonaro advertían que el principal desafío internacional que enfrentaría el país en cuestiones de seguridad sería una “catástrofe medioambiental incontrolada”. ¿Tardaron en reaccionar o hubo interés internacional en exponerlo en vísperas del G7 y por qué?

La hipótesis estuvo siempre bien definida, aunque tal vez no lo suficientemente difundida. Esa hipótesis y la relativa con el avance incesante de la “soberanía compartida”, la “soberanía en suspenso”, etc., siempre han estado presentes como hipótesis de crisis en los pensadores del Brasil. Pero es un país muy grande, con un espacio ecúmene en muchos lugares solitarios. También es verdad que los intereses económicos (deforestación) suelen ir por delante de la “seguridad nacional primero”.

Considero que habrá experiencias de esta situación, y una de ellas será la repotenciación del desarrollo de la Amazonia con sentido de seguridad. Resulta por demás claro que el fenómeno medioambiental es una de las grandes dimensiones de la seguridad en el siglo XXI. Seguridad para adentro: incendios, ocupaciones, explotaciones, etc. Seguridad para afuera: injerencia directa e indirecta, la Amazonia como patrimonio de la humanidad, “comunes globales”, etc.

Creo también que el presidente francés sobreactuó. La cota estratégica de Francia no es la de antes, la de tiempos del general Charles de Gaulle (cuando ya era exagerada). Debemos recordar lo que dijo este gran estadista cuando terminó la Segunda Guerra Mundial: “en Europa hubo dos países que perdieron la guerra; los demás fueron derrotados”. Lo que quiso decir fue que el poder ya no estaría en Europa.

El G7 sufre la falta de salidas de las múltiples crisis dentro de su espacio. Por tanto, hay que dirigir la mirada hacia temas que conmuevan. Por supuesto, esto no quiere decir que los incendios no sean importantes.

En términos orwellianos, ¿nos encaminamos hacia bloques al estilo 1984 o será más sutil y puede ser Brasil quien ponga un alto a ello?

Creo que en términos orwellianos hay países que se encuentran inmersos en él. Y desde hace tiempo. Me refiero al verdadero sentido de este término: el del establecimiento de patrones de pensamiento y hasta emociones no propias, sino instaladas desde otro sitio en las personas, en las sociedades.

En un tiempo internacional sin régimen, sin hipótesis esperanzadoras, con “políticas como de costumbre”, como decía Stanley Hoffmann, crisis nacionales estructurales, etc., la gente tiende al relajamiento intelectual. Es decir, el peor de los caminos, el que nos deja a merced de aquellos que nunca relajan la reflexión y solo pueden apreciar la vida y la vida política a través de la dominación, el poder, la ambición, etc.

Entonces ocurre la más contundente y sutil de las dominaciones: la de ser pensado por otros. Por ello decía muy bien otro autor muy emparentado con Orwell, Ray Bradbury: “hay algo peor que quemar libros: no leerlos”.

Confío en que los grandes problemas socioeconómicos-culturales que afrontan los países de América Latina, algunos más que otros, no arrastren a las sociedades al vacío. Pero mucho dependerá ello del necesario surgimiento de élites políticas que sepan dónde y cómo llevar a los países. Hoy no hay élites. Predominan los oportunistas, los individualistas graníticos. Personajes que realizan campañas políticas triunfalistas sin realizar la más mínima propuesta de algo. Peor todavía, prometiendo el desastre. Y no sé si ello es peor que las sociedades encerradas de 1984.

El poder del periodismo. La importancia de la verdad.

¡Su contribución lo hace todo posible!

Cuando comenzamos el PanAm Post para tratar de llevar la verdad sobre América Latina al resto del mundo, sabíamos que sería un gran desafío. Pero fuimos recompensados por la increíble cantidad de apoyo y comentarios de los lectores que nos hicieron crecer y mejorar.

¡Forma parte de la misión de difundir la verdad! Ayúdenos a combatir los intentos de silenciar las voces disidentes y contribuye hoy.

 

Contribuya hoy al PanAm Post con su donación

Suscríbase gratis a nuestro boletín diario
Suscríbase aquí a nuestro boletín diario y nunca se pierda otra noticia
Puede salirse de la lista de suscriptores en cualquier momento