Bolsonaro en la ONU: globalización sí, globalismo no

"Esta no es una organización de interés global. Son las Naciones Unidas y debe seguir siéndolo", exclamó Bolsonaro

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Frente a la ONU, el presidente Bolsonaro de Brasil denunció frontalmente al socialismo y proclamó la defensa de la soberanía. (EFE)

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) tiene como principio mejorar las relaciones entre países, pero hace varios años la ecuanimidad se ha visto suplantada por la ideología que conduce hacia el espíritu internacionalista del socialismo. Y el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, inauguró la sesión de la Asamblea General de la ONU denunciándolo.

El principal motivo de la cumbre fue el cambio climático, por lo que diversos jefes de Estado, entre ellos Emmanuel Macron, de Francia, se proclamaron parte de la Amazonía, e incluso promovieron internacionalizar esa zona, vital para la salud del planeta y sus habitantes. Frente a esa socialización, Bolsonaro enfatizó que precisamente esta pondría en riesgo al mundo y a sus recursos.

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Pone como ejemplos del fracaso del socialismo a las tiranías vigentes en Cuba y Venezuela, que no solo no han sabido administrar los recursos en sus respectivos países, sino que han condenado a sus habitantes a la pobreza y a la represión.

«No estamos aquí para borrar nacionalidades y soberanías en nombre de un interés global abstracto», exclamó Bolsonaro. «Esta no es una organización de interés global. Son las Naciones Unidas y debe seguir siéndolo», agregó.

¿Cuál es la diferencia entre globalización y globalismo?

A menudo se confunden los conceptos de globalización y globalismo. La primera consiste en la facilidad de comerciar entre naciones, exportar metales desde América hasta Japón y a cambio importar electrónica a cualquier ciudad de América Latina, por ejemplo. Lograr que el mundo esté al alcance, sin mayores obstáculos, sobre todo regulatorios.

En palabras del asesor internacional de Bolsonaro, Filipe G. Martins, «la globalización económica consiste en el flujo global y espontáneo de los agentes económicos que no solo no necesitan de la interferencia de burócratas, sino que funciona mejor en la ausencia de las interferencias burocráticas y es, en realidad, perjudicial para ellas. El globalismo, por otro lado, es el intento de instrumentalización político-ideológica de la globalización con la finalidad de promover una transferencia de los ejes de poder de las naciones para un cuerpo difuso de burócratas cosmopolitas y apátridas, que responden no a las comunidades nacionales, sino a un conjunto restricto de agentes de influencia con acceso privilegiado a esos burócratas».

Permitir el intercambio entre los individuos de las respectivas naciones permite superar obstáculos climáticos, como las sequías y las crudezas estacionarias. Pues mientras en un lugar abundan los recursos, en otros escasean.

El globalismo, en cambio, propone el fin de las naciones. Es a lo que aspira el socialismo internacionalista. Un ejemplo claro de ello es la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que incorporó y anuló a más de 15 naciones y sus costumbres.

Bajo ese sistema, para que no faltara el grano en Rusia, se justificaba expropiarlo en Ucrania. En caso de negarse, los ucranianos eran fusilados o condenados a cosechar sus propios frutos sin poder comerlos. Así murieron de hambre alrededor de siete millones de personas en lo que se conoce como el Holodomor o hambre artificial.

A diferencia de la globalización, el globalismo no intercambia, sino que expropia y castiga con rigor a quien se atreve a cuestionarlo.

¿Invadir Venezuela implicaría violar su soberanía?

Actualmente casos de hambruna se ven en el continente americano, gracias a la misma ideología. En Venezuela, el ciudadano promedio ha bajado más de 11 kilogramos y el régimen que ha empobrecido al país se mantiene en el poder por medio de la fuerza.

Quien se queja ve pasar por encima una tanqueta, pierde la vista o se ve empujado hacia el exilio junto a otros cinco millones que ya lo han hecho.

Por ello, el discurso soberanista se encuentra en un punto álgido cuando se trata de Venezuela. Pues una de las opciones de poner fin a esa agonía es invadir militarmente al país petrolero.

Lo cierto es que, como indicó Bolsonaro, en Venezuela manda la misma dictadura que está en el poder en Cuba hace más de 60 años. De modo que removerla del poder significaría recuperar la soberanía en Venezuela, pues no estaría más a merced del proyecto internacionalista del socialismo.

Brasil repelió al socialismo, primero con armas, luego con justicia

Bolsonaro afirmó ante la ONU que Brasil derramó sangre, tanto de militares como de civiles para repeler a las guerrillas socialistas que décadas atrás intentaron someter a su nación, tal como ocurrió en varios países de América Latina.

Cuando el socialismo internacionalista abandonó las armas, tras la caída del muro de Berlín y consigo el financiamiento de la Unión Soviética, la democracia se volvió su arma.

Para removerlos del poder, del cual se aferraron por medio de la corrupción, Brasil logró librarse de ellos a través de la justicia. Primero a la expresidente Dilma Rousseff, quien en su tiempo como guerrillera fue asaltante de bancos, fue dimitida de la Presidencia, y luego, al también expresidente, Lula da Silva, quien está pagando condena por corrupción.

Bolsonaro recordó que la ONU fue creada para «promover la paz entre las naciones». Por lo que instó a los países miembros a enfrentar a la ideología que más violencia ha causado, no solo por medio de su expansionismo, sino por el hambre y sometimiento que padecen quienes viven dentro de esos regímenes.

La ONU puede ayudar a derrotar el entorno materialista e ideológico que socava algunos principios básicos de la dignidad humana. Esta organización fue creada para promover la paz entre las naciones soberanas y el progreso social con libertad, de acuerdo con el preámbulo de su Carta.

En conclusión, afirmó “con humildad y confianza en el poder liberador de la verdad, (que la ONU) tenga la seguridad de que puede contar con este nuevo Brasil que le presento aquí».

Ese Brasil es uno que llama a la cooperación entre naciones frente a las tiranías. No uno que se vuelve cómplice de un proyecto socialista internacionalista, como varias naciones pretenden hacer con la ONU. En esa cruzada le acompaña el presidente de EE. UU., Donald Trump, quien anunció ante esa organización que el futuro no le pertenece a los globalistas, sino a los patriotas.

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