Argentina déjà vu: controles de precios para frenar la inflación

Los controles y "acuerdos" de precios en el centro del debate dejan en evidencia a un país suspendido en el tiempo.

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¿Funcionará esta vez? A pesar de la larga historia de fracasos, una vez más se insiste con esta vieja receta que no ha dado resultado nunca. (Fotomontaje PanAm Post)

Paradójicamente, las flechitas del logo del programa «Precios Cuidados» recuerdan al clásico de ciencia ficción de la década del ochenta: Volver al futuro. Pero en el caso argentino, este programa, más que volver al futuro, muestra que, una y otra vez, el país «vuelve al pasado».

La discusión monopoliza programas políticos y los análisis económicos. Aunque muchos comunicadores y «especialistas» ya peinan canas y han vivido más de una experiencia de estos programas fallidos, la idea de «controlar» los precios como para solucionar el drama de la inflación, misteriosamente sigue enamorando. Incluso los pocos que tienen un marco teórico como para comprender los motivos por los cuales estos programas están condenados al fracaso, apenas tímidamente señalan que esto es una medida «complementaria», ya que no es suficiente como para solucionar el problema.

En el debate político la situación es desalentadora. Mientras que la relación entre el déficit fiscal, la destrucción de la moneda y el incremento de los precios es casi nula, Cambiemos aclara que lo suyo no son los «controles» de precios, sino «acuerdos» voluntarios con las empresas y algunas regulaciones necesarias, como exhibir más las segundas marcas en los supermercados. Por el lado de la oposición, la crítica es directamente catastrófica: piden más controles, más presión y más productos «regulados». Más allá de los cuadros kirchneristas, que uno ya no sabe ni qué piensan en su fuero íntimo, tanto Gobierno como peronismo saben que nada de esto sirve. Sin embargo, ambos grupos gastan sus energías y agotan el debate público en algo inútil.

La oposición se rasga las vestiduras y pide que el Gobierno «haga algo» en defensa de los más necesitados, y el oficialismo lanza estas medidas condenadas al fracaso para demostrar «compromiso social». En ese debate está hoy la Argentina, mientras la situación de los asalariados es cada vez más complicada.

La insistencia con soluciones mágicas

Como indica José Luis Espert en su último libro, La sociedad cómplice, existe un importante grado de responsabilidad en la opinión pública y los formadores de esa opinión. El hecho que estas propuestas tengan demanda y no repudio indica que existe un problema social preexistente a la cuestión política. Los «representantes del pueblo» son un resultado de este y raro sería obtener una dirigencia disociada de lo que pasa mayormente en la calle.

Claro que un país puede tener «suerte» y encontrarse con gobiernos de ideas razonables, aunque estas no tengan su correlato exacto en la opinión pública. Pero para pensar un país en el largo plazo, es preferible trabajar para correr el eje del debate para cambiar las ideas. Si surgen dirigentes superadores por casualidad, mucho mejor. Pero cuando uno mira los contenidos educativos de las escuelas y universidades, escucha a sus principales comunicadores y analiza el clima de ideas imperante en el país, comprende a la perfección las problemáticas de Argentina y las propuestas contraproducentes de la clase política.

Todas las crisis económicas recientes han tenido en el problema del déficit fiscal su explicación. La hiperinflación de finales de los ochenta, el colapso del modelo de la convertibilidad de los noventa y el «cepo cambiario» kirchnerista tienen las mismas causas. Esto se comprueba al ver el fracaso del macrismo luego de la «liberación» de la compra y venta de dólares. La inflación y las devaluaciones seguirán vigentes hasta que no se solucione el problema de fondo.

Mientras el Estado gaste más de lo que recauda, la moneda nacional sufrirá las consecuencias en el corto, mediano o largo plazo. En la hiperinflación de Alfonsín, la emisión descontrolada se utilizaba para «saldar» el rojo mes a mes. Los resultados fueron claros. En la convertibilidad no se emitía, pero la deuda creció hasta hacerse insostenible y el «uno a uno» terminó volando por los aires una década después de su implementación.

En los últimos años Argentina experimentó una mezcla de ambas «herramientas»: la emisión y la deuda. Hoy, aunque el Banco Central haya apagado «la maquinita», ya existe lo que se conoce como «caída en la demanda de dinero». Es decir, la gente no quiere pesos. Por lo tanto, si el valor de la moneda nacional baja porque se multiplica su oferta o si lo hace porque la gente no quiere tener pesos en el bolsillo, el fenómeno es el mismo.

El problema no está en la góndola, está en el Estado

Aunque suene a largo plazo, la solución al problema del incremento de los precios no se encontrará en la regulación a los supermercados. Lo único que se puede llegar a ver en las góndolas, si se intensifica este camino, es el desabastecimiento de los productos regulados. Para que los bienes indispensables no aumenten constantemente, la unidad de medida que manifiesta su valor, el precio, debe ser estable. Para que la moneda argentina sea estable, el Estado tiene que tener sus cuentas en orden. Es decir, no puede gastar más de lo que recauda.

Ya no hay más margen para continuar incrementando la presión impositiva, como propone el Fondo Monetario Internacional. Si el Gobierno se empecina en corregir el déficit subiendo impuestos terminará reduciendo la recaudación por el cierre de empresas y comercios y la huida al sector informal. Ya no hay otra solución que no sea reducir el tamaño del Estado.

Aunque parezca que esto no tiene nada que ver con la leche y el pan en las góndolas, hasta que este tema no encuentre solución, seguiremos dando vueltas en los fracasos de siempre y «volviendo al pasado».

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