Argentina insólita: comerciantes entran en la clandestinidad

El fisco y la presión impositiva hacen que negocios perfectamente legales decidan operar en el mercado negro.

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Trabajar «legalmente» cada vez más difícil en Argentina. Impuestos, regulaciones e impedimentos llevan a la gente a bajar sus persianas y operar como «clandestinos». (Twitter)

Una de las principales noticias de la semana en Argentina trajo gran preocupación a muchos jóvenes que encontraron una salida laboral en medio de la compleja situación económica. Un juez dictaminó que las aplicaciones que trabajan con delivery de comida no cumplen todas las normativas e instó al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires a impedir su funcionamiento. Empresas como Rappi, Glovo y Pedidos Ya se encuentran batallando para dejar en stand-by una resolución que las complica y le impediría a muchos jóvenes, sobre todo venezolanos recién llegados, seguir trabajand o en paz.

Pero esta cuestión no es una excepción en la vida diaria de Argentina. Trabajar con tranquilidad es casi imposible, sobre todo para los pequeños emprendedores y comerciantes. Cumplir con todos los impuestos y regulaciones es claramente imposible. Esto no es «una manera de decir», es un hecho fáctico. Si elegimos al azar cualquier comercio de Buenos Aires o del interior del país y lo sometemos a la lupa de la reglamentación vigente, sin excepciones, vamos a comprobar que si funciona, está incumpliendo con algo. De más está decir que esta situación es un caldo de cultivo perfecto para la corrupción. Todos estamos «en falta» y los inspectores que patrullan las calles encuentran el escenario ideal para hacerse de jugosos «sobresueldos».

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Si algo le faltaba a la complicada situación económica argentina eran los consejos del Fondo Monetario Internacional, que recomienda soluciones imposibles, solamente viables en las cabezas de sus burócratas. Para el FMI no están dadas las condiciones políticas para reducir el gasto, así que aconsejan subir la presión fiscal para reducir el déficit. En Argentina, las personas trabajan medio año para pagar impuestos. En los seis meses que restan, los argentinos deben lidiar también con una inflación descomunal, opacada solamente por la catástrofe venezolana.

Si algo comprendía el kirchnerismo era que la gente de a pie no podía cumplir ni con la presión impositiva ni con las regulaciones en su totalidad. Por eso se dedicaba a saquear en la «macro», pero dejaba bastante en paz a la «micro». Un exportador de soja o una empresa grande no podía evadir los caprichos del Estado, pero los pequeños no eran demasiado acosados por las agencias de orden nacional.

El macrismo, agobiado por un déficit heredado, ha decidido ser más «eficiente» a la hora de cumplir las reglas. El resultado es claro: todos los días vemos comercios y pymes que bajan la persiana. Simplemente no pueden continuar trabajando. Todavía el Gobierno y el FMI no perciben que de seguir así, o de incrementar la presión fiscal, en lugar de recaudar más, recaudarán menos.

Por todo esto, Argentina hoy muestra una curiosa novedad: los comerciantes que trabajan con negocios perfectamente legales han decidido «entrar en la clandestinidad», como si fueran guerrilleros u opositores a un Gobierno despótico. En el país, no solamente los vendedores de drogas, contrabandistas o mafiosos se desempeñan a espalda de las autoridades. Ahora también lo hacen verduleros, carniceros y trabajadores de otros ramos, que supuestamente desarrollan comercios lícitos.

La escena clásica, que muchos usuarios han compartido en redes sociales, es la siguiente: luego de una compra de todos los días, el vendedor del comercio amigo se acerca a su cliente de confianza y le pide su WhatsApp. «Voy a cerrar el negocio, pero sigo trabajando. Vos me pedís lo que necesitás por teléfono y te lo alcanzo a tu domicilio. No puedo seguir pagando estos impuestos».

El cálculo que revela esta situación es tenebroso: el comerciante decide perder a todos los clientes eventuales que puedan pasar por la puerta de su local y entrar, porque el peso de la carga impositiva supera esos ingresos. Prefiere trabajar con determinados clientes y reducir considerablemente sus ventas, ya que dejando de pagar los impuestos del negocio abierto, el saldo sigue siendo positivo.

Ante esta bizarra situación, las autoridades pueden tomar nota y comprender que este modelo no va más o pueden salir a perseguir este nuevo mercado negro. Si se inclinan por esta segunda posibilidad, la situación va a ser aun peor.

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