Argentina seguirá cavando su foso sin llegar hasta Venezuela

El candidato del Frente de Todos ya da señales claras. No son tan malas como el macrismo advierte, pero distan de ser buenas noticias

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Alberto Fernández, Argentina, Venezuela
El socio de Cristina Kirchner ya habla como el próximo presidente. De sus palabras se puede interpretar que Argentina no irá hacia el chavismo, pero tampoco al desarrollo ni al crecimiento. EFE/Enrique García Medina

Argentina tiene una buena y una mala noticia para el mundo. De ganar Alberto Fernández, como todo parece indicar, el país seguramente no ira hacia un modelo autoritario de izquierda. Las primeras declaraciones del ganador de las primarias muestran que parece no tener un proyecto delirante en su cabeza. A pesar de esto, el panorama dista mucho de ser alentador. Por lo que ha estado diciendo en las últimas horas el candidato del Frente de Todos, y por lo que muestran sus allegados, hay una nula comprensión de la problemática económica y, por ende, ninguna idea de cómo solucionar los problemas. Es evidente que las concepciones de Fernández son peores, incluso, que las del mismo Mauricio Macri.

Esta mañana, con el dolar en los 60 pesos, Alberto dijo que el valor «está bien», que «no hay motivo para que siga subiendo» y que hay que «dejarlo aquí». Esto también deja en evidencia algo positivo, pero también algo muy negativo. Evidentemente, teme que todo se vaya de las manos por una hiperinflación y sabe que no podrá hacer un buen gobierno con el peso absolutamente pulverizado. Es auspicioso también que dé estas señales al mercado, manifestando que desea que Argentina no se siga incendiando, con la moneda norteamericana en las tres cifras. Pero también es verdad que está demostrando que no entiende absolutamente nada de las cuestiones más básicas de economía monetaria.

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Que Fernández no quiera un dolar a 100 pesos es muy bueno para la economía, pero si piensa que podrá manejar el tipo de cambio mediante su valoración, necesidad, intenciones y voluntarismo, el país está en un escenario extremadamente peligroso. Dado lo complicado de la situación que heredará, un plan equivocado puede llevar a la Argentina al abismo en muy poco tiempo, aunque Cristina Kirchner nada tenga que ver con esto.

Siendo optimistas y pensando que La Cámpora y el kirchnerismo duro no será parte de la mesa chica de Alberto, todavía hay muchas alertas que se encienden. Felipe Solá, histórico dirigente peronista y exgobernador de Buenos Aires, que nada tiene que ver con el modelo duro de la izquierda kirchnerista, ya está haciendo gala de sus delirantes ideas en materia económica: quiere desdoblar el tipo de cambio. Es decir, “tener” un valor del dolar para las exportaciones, otro para el ahorro, otro para el turismo, las transacciones y así sucesivamente. Ese plan tiene tantos intentos de aplicación como tantos fracasos en Argentina.

El macrismo: la gran oportunidad perdida

Aunque la victoria de la dupla Fernández no lleve al país al abismo, generando una tragedia humanitaria de dimensiones venezolanas, no hay que dejar de mencionar que el colapso del macrismo ha sido una oportunidad histórica perdida. Los problemas del presidente, que todo parece indicar que ya está en retirada, fueron políticos, no ideológicos.

Macri siempre entendió todo. Lo dejó en evidencia cada vez que habló en público, sobre todo en el exterior. Cuando tuvo que hacer referencia a sus sueños, es decir, la Argentina en el mundo, el Estado más pequeño y al potencial liberado, le brillaron siempre los ojos. Cuando tenía que hacer referencia a sus políticas aplicadas en lo concreto (muy similares a las de Cristina) no sonó nunca creíble. Se le percibió siempre incómodo y angustiado. El problema de Macri nunca fue ideológico, fue político. La falla del actual presidente nunca fueron sus ideas, fue su cobardía para llevarlas a cabo como era necesario.

Cada vez que conversé en privado con un funcionario de primera línea del Gobierno, jamás tuve un debate sobre lo que habría que hacer o no. Legisladores y hasta ministros me han dicho que mis planteamientos eran incuestionables desde lo técnico y que su aplicación sería sinónimo de éxito en el mediano plazo. Sin embargo, la falta de acuerdo estaba en las posibilidades y margen de aplicación del programa correcto. Ellos consideraban que de ir en la dirección acertada, al país se le prendería fuego. Se fue hacia el otro rumbo y se incendió igual.

El resultado de esta situación es que, en el mejor de los casos, el próximo Gobierno no buscará implementar una dictadura. Pero Alberto y compañía ya dejaron en claro que sus ideas son horribles. «El presidente sigue pensando que la inflación es un fenómeno exclusivamente monetario», dijo Fernández ayer, a modo de crítica a Macri. Esto puede dejar en evidencia la situación que tendremos que lidiar desde diciembre: no habrá un delirio como el de Cristina, que directamente decía que «no» era un fenómeno monetario, pero uno ya no podrá ni siquiera acordar en lo teórico o en lo ideal con ningún funcionario de Gobierno, ni en una charla de café.

Con Macri Argentina tuvo un presidente que sabía lo que había que hacer y con Fernández tendrá uno que no tiene idea. Esperemos que, algún día, llegue uno que entienda los problemas, conozca sus soluciones, pero también que tenga el coraje para aplicar el programa. La última vez que el país tuvo un dirigente con estas características fue en el 2003. En esa oportunidad le faltaron 1 139 547 votos, seis puntos del padrón electoral. Otra hubiera sido la historia con Ricardo López Murphy disputando un balotaje con Carlos Menem hace 16 años.

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