El balance de la presidencia de Mauricio Macri

El proceso político argentino que tuvo lugar entre 2015 y 2019 arrojó luces y sombras

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Estos cuatro años dejaron algunos logros, pero también varios desaciertos que le costaron la reelección a Mauricio Macri. (Twitter)

La última versión del peronismo en el poder, el kirchnerismo, dejó una complicada situación en materia económica, estructural y energética, además de la crispación política insportable del país. Los Gobiernos de Néstor Kirchner (2003-2007) y su esposa, Cristina Fernández (2007-2015) se caracterizaron, sobre todo en los últimos dos períodos, por un populismo irresponsable de corto plazo. Si bien el modelo no estalló del todo mientras Cristina estaba en el poder, la situación que recibió Mauricio Macri era, indiscutiblemente complicada.

Cuando asumió el actual presidente, que dejará su cargo el 10 de diciembre, el oficialismo debatió si había que “blanquear” la grave situación ante la opinión pública y reconocer el estado real de las cosas, o si se comenzaba la gestión con un discurso optimista. Se eligió la segunda opción, lo que fue, a la vista de los resultados, un grave error. El diagnóstico inicial complicó definitivamente el relato posterior que necesitaba la aplicación de la “cirugía mayor” que necesitaba Argentina.

Los problemas que enfrentaba el país, a grandes rasgos, eran los siguientes:

  • Control de cambios
  • Inflación
  • Estadísticas oficiales falsas
  • Desabastecimiento y desinversión en materia energética
  • Déficit fiscal
  • Aislamiento internacional (y pésimos aliados)
  • Altísimos impuestos
  • Sector público sobredimensionado
  • Legislación laboral no compatible con la creación de empleos en el sector privado

Cerrar el INDEK para volver a los números reales

Entre los logros de Cambiemos podemos destacar las mejoras con respecto de las estadísticas (los datos oficiales que se informan son hasta peores que los que tenía el kirchnerismo en la realidad, pero se informan honestamente). El Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), que durante el gobierno anterior se lo denominó popularmente “INDEK”, dejó de mentir con la inflación y con la pobreza real de la Argentina. El Gobierno insiste en este logro, que es incuestionable, pero que era obligatorio. Hoy el Estado no dice que el país tiene menos pobres que Alemania, pero todavía no encuentra la solución al desastre económico que lo aqueja.

Mejor posicionamiento internacional

Otro éxito, de los que el macrismo hace gala a la hora de justificar su mal desempeño económico, es el de las relaciones internacionales. Aunque todavía no se han podido materializar los logros, como ocurre con el tratado de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea, Argentina salió del círculo bolivariano chavista y los vínculos con Irán, para consolidar mejores relaciones con el mundo. La realización del G20 en Buenos Aires fue una muestra de esta nueva etapa, que ciertamente corre serios peligros de continuidad ante el inminente regreso peronista.

El “ajuste” energético

Probablemente, en este ámbito es donde se haya visto la gestión más “ortodoxa” del Gobierno de Cambiemos. Gradual, pero progresivamente, se redujeron considerablemente los subsidios del Estado a la energía y mes a mes los usuarios comenzaron a pagar el costo real de la energía. Esto fue virtuoso en varios aspectos, como la concientización del costo y la reducción del gasto (al menos en este ámbito), pero trajo muchas complicaciones para las personas de menores ingresos y, sobre todo, a muchos comercios y pequeño-mediana empresas que funcionaban por el valor artificial de la energía.

El fracaso económico

Por posponer y evitar las reformas estructurales necesarias —desregulación laboral, apertura comercial, reducción impositiva y del aparato estadal— Mauricio Macri entregará el mando en una situación económica más compleja que la heredada. A la suma de la cuestión fiscal y la agobiante presión impositiva, se agrega la complicada negociación con el Fondo Monetario Internacional, que hizo todo lo posible para darle los fondos al Gobierno argentino, hasta de una manera irresponsable. El endeudamiento pudo haberse utilizado para reducir la burocracia estatal y pagar las indemnizaciones a los empleados públicos en exceso, pero se utilizó para financiar el déficit del gasto corriente y para mantener el tipo de cambio, que pasó de 15 a 65 pesos por dólar (y que sería todavía más grande la diferencia sin los recursos del FMI y el control de cambios). Al haber usado el endeudamiento para el “día a día” hoy Argentina tiene la deuda y no capitalizó absolutamente nada. Si no hay una renegociación muy favorable al gobierno de Alberto Fernández, el default es el único escenario a la vista.

Aunque Macri prometió “pobreza 0” y terminar con la inflación, se va con más pobres y caída del valor del peso que cuando asumió. Aunque el kirchnerismo fue el responsable del modelo fallido, el actual presidente tuvo la responsabilidad de no cambiar el rumbo. Tuvo dos oportunidades: cuando asumió y al ganar las elecciones de medio término en 2017. En 2019, ya la mayoría no lo acompañó.

El error de diagnóstico

Sin dudas que el principal motivo del fracaso económico fue el pésimo error de cálculos que impulsó el jefe de Gabinete, Marcos Peña, y que Macri siguió al pie de la letra. Una vez más, e ignorando los antecedentes históricos, el Gobierno argentino consideró que podía salir de una crisis de estatismo de manera “gradual” sin tocar intereses que generen problemas políticos. Cambiemos volvió a la fracasada idea de que se podría financiar con deuda un déficit que se reduciría de a poco, mientras que la confianza de una gestión civilizada garantizaría una “lluvia de inversiones”. La buena imagen de Macri en el mundo no alcanzó para suplir los inconvenientes de la legislación laboral y los impuestos delirantes y el plan gradualista quedó trunco. El único legado del modelo es el endeudamiento.

La batalla que no se dio: la cultural

Aunque Macri tuvo algunas mejoras en el mensaje (que no tuvieron correlato en las políticas públicas), el Gobierno no se animó a dar la batalla cultural contra el discurso kirchnerista. Se siguió hablando de los “derechos sociales” y se insistió con la idea mentirosa del virtuosismo redistributivo. Aunque los sectores más beneficiados por la asistencia directa del Estado terminaron votando por el peronismo, el actual Gobierno designó hasta mayores recursos del kirchnerismo a los planes y jamás se animó a discutir siquiera el modelo asistencialista. Si bien es cierto que es necesario desarticular este sistema, también hay que desacreditarlo y combatirlo desde lo teórico.

Este balance no tiene como finalidad ni resaltar los logros ni hacer leña del árbol caído. Ninguna de las dos cosas tiene mucho sentido a esta altura. Sin embargo, es fundamental tener claro en el debate los ámbitos donde se registraron mejoras, para buscar mantenerlas y profundizarlas, como también donde se fracasó rotundamente. No para señalar responsabilidades hacia atrás, sino para corregir el rumbo. Y, dada la gravedad de la situación económica, eso es fundamental para los próximos meses.

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