60 años de la captura de Eichmann en Argentina

El intelectual del holocausto, que escapó dos veces de los aliados en Europa, se refugió en Tucumán y Buenos Aires, donde fue apresado por el Mosad

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Durante el juicio en Israel, el criminal mantuvo el discurso clásico de la obediencia de órdenes de superiores. «Yo no maté a nadie», repitió muchas veces. (Youtube)

Los procesos autoritarios que causan estragos en la historia de la humanidad cuentan con fanáticos violentos y convencidos, con personajes interesados en posicionar sus intereses personales y con individuos comunes y corrientes que, en determinadas circunstancias, pueden llegar a ser responsables de verdaderas tragedias.

El aparato nacional socialista alemán no contaba con un ejército de personas idénticas a Hitler. Su dirigencia tuvo varios fanáticos como Joseph Goebbels y su mujer, que decidieron asesinar a sus pequeños hijos antes de la caída de Berlín. La pareja de psicópatas no quería que los niños tuvieran que sufrir la desgracia de una Alemania no nazi. Otros, como Heinrich Himmler, que durante los años del régimen aparentemente personificaban la lealtad hitleriana más pura, lo primero que buscaron hacer hacia el final fue intentar salvar su propio pellejo. 24 horas después del 20 de abril de 1945, último día que Himmler y Hitler se vieron las caras (donde el reichsführer volvió a jurar fidelidad), el jefe de las SS ya estaba tramitando entrevistas con representantes judíos como para comenzar un relato que eventualmente pudiera salvarle la vida.

Seguramente, personajes como Goebbels y Himmler jamás hubiesen pasado a la historia si no fuera por la maquinaria nazi que les dio un lugar destacado para mostrarse. Pero también hay casos indignantes como el del arquitecto Albert Speer. Un talentoso hombre que pudo «apagar» por completo su moral en beneficio de su carrera profesional.

¿Qué clase de hombre era Adolf Eichmann? Durante su juicio en Israel, en todo momento el arquitecto de la Solución final se mostró como una persona común y corriente. Un hombre que podía ser el vecino de la puerta de al lado. «Yo no maté a nadie», repitió durante el proceso. Sin embargo, fue el encargado de implementar la metodología que llevó a millones de judíos a los campos de concentración y a las cámaras de gas.

Otto Eckmann, Otto Henninger y Ricardo Klement

El criminal nazi, que desde meses atrás ya tenía claro que la «victoria final» de Hitler era una ilusión sin sentido, desapareció de la escena con documentos falsos. Si bien su nombre estaba en el registro de los aliados, Eichmann se las arregló dos veces para escapar de sus captores. La primera vez fue detenido con papeles que aseguraban que se trataba de Otto Eckmann, lo que le permitió escapar sin grandes dificultades. Sin embargo, volvió a caer en las manos de los norteamericanos, una vez más con documentos falsificados. «Otto Henninger», pudo escapar una vez más.

Luego de un paso por Italia, y ya como Ricardo Klement, Eichmann consiguió refugio en Argentina para 1950. Llegó al país con un pasaporte de la Cruz Roja y la ayuda de elementos de la iglesia que simpatizaban con los nazis. Tuvo un paso por la provincia de Tucumán, pero finalmente se instaló con su familia en la provincia de Buenos Aires.

El judío ciego y el romance del hijo de Eichmann

Eichmann ya había logrado establecerse en territorio bonaerense y trabajaba en un puesto jerárquico en la planta local de Mercedes Benz. Probablemente por aquellos días se animaba a soñar con acabar su vida en paz, pero fue descubierto. Silvia Hermann, hija de Lothar Hermann, un judío alemán ciego, que escapó de Alemania un año antes de la guerra, le contó a su padre de su nuevo amigo: «el sobrino (o hijo) del señor Klement». Cuando Lothar pudo acceder a información detallada de sus vecinos se dio cuenta de que Klement no era otro que Eichmann.

El inmigrante no dudó en denunciarlo ante las autoridades israelíes, pero el caso no se tornó prioritario para el servicio de inteligencia judío. No porque Eichmann no fuera importante, sino porque desconfiaban de la veracidad de las pruebas presentadas. Por la insistencia de algunos funcionarios del Mosad, el caso entró bajo el radar de la organización y se envió a un grupo de tareas a fotografiar a Klement. Finalmente reconocieron a Eichmann por su oreja izquierda.

La «Operación Final» para el responsable de la «Solución Final»

Con los horarios de Eichmann monitoreados, un grupo de agentes israelíes lo interceptaron entre el trabajo y su casa. Lo metieron en un auto y lo llevaron a una de las casas que habían alquilado por la zona de San Fernando. Aunque en un momento dijo llamarse Klement y luego Henninger, no tardó mucho tiempo en reconocer que todo había terminado: «Ich bin Adolph Eichmann», reconoció minutos después.

El criminal nazi fue trasladado a Israel, donde fue juzgado y condenado a muerte. Viajó disfrazado de piloto de avión. El Mosad lo drogó y no tuvo muchos inconvenientes en hacerle creer a las autoridades locales que se trataba de un colega en estado de ebriedad.

El Gobierno argentino protestó en los foros internacionales por la grave violación a la soberanía nacional, pero se trató de una cuestión meramente testimonial. Los funcionarios de Arturo Frondizi sabían que no recuperarían a Eichmann e Israel jamás mostró voluntad de devolverlo.

El 15 de diciembre de 1961 fue condenado a la horca y el 31 de mayo del año siguiente se cumplió la condena en la prisión de Ramla. Sus últimas palabras fueron: «Larga vida a Alemania. Larga vida a Austria. Larga vida a Argentina. Estos son los países con los que más me identifico y nunca los voy a olvidar. Tuve que obedecer las reglas de la guerra y las de mi bandera. Estoy listo».

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