El 9 de julio mostró el descontento contra el Gobierno argentino

Miles de personas se manifestaron en todo el país. Para el kirchnerismo, son personas "manejadas" por el macrismo

«Más unidos que nunca», «Ella gobierna, Alberto obedece», «Korrupta, asesina», algunos de los carteles que se leyeron ayer en el banderazo argentino. (Efe)

El Gobierno argentino está desorientado. Hace rato que el Alberto Fernández moderado y dialoguista, que le pidió a la gente cuando asumió el poder que protestara contra él si su camino era equivocado, ya no sabe qué hacer con el descontento popular. El kirchnerismo le echa la culpa a Juntos por el Cambio y a Mauricio Macri por las constantes manifestaciones en las calles, pero lo cierto es que el macrismo no tiene ese poder de convocatoria. Macri a lo sumo capitaliza «no ser» el kirchnerismo, lo que lo hizo el beneficiario del 40 % de los votos el año pasado. Pero esas acciones no son propias y él lo sabe. Es más, la oposición también miró sorprendida la marcha de ayer y el expresidente se animó a hacer una sutil publicación en sus redes sociales recién cuando vio lo que pasaba afuera. Lo cierto es que macrismo y kirchnerismo están relegados del fenómeno y no saben muy bien qué hacer.

En la mañana del 9 de julio, en el inicio del recordatorio de la Independencia, el presidente dijo que el país necesita dejar atrás a los «odiadores seriales». Buscó dar una imagen de unidad nacional con los gobernadores de la oposición en las primeras horas del día, pero nada detuvo la convocatoria.

Las razones de la marcha fueron más que válidas: respeto por la propiedad privada; finalización de la cuarentena dura, torpe e improvisada que funde miles de comercios por día y proclamar la defensa de las instituciones como la división de poderes y la libertad de prensa.

Lo curioso es que un grupo de autoconvocados, con pancartas que justamente defendían la libertad de prensa (por el maltrato reciente del presidente a una periodista), se dedicó prácticamente a linchar al móvil del canal oficialista C5N. Si bien, como se vio en las redes sociales, unas personas podían haber oficiado de infiltradas, nada justifica la actitud de varios manifestantes que terminaron beneficiando al jefe de Estado y a su tesis de los «odiadores».

Seamos claros, C5N parece más un grupo mercenario que un canal de televisión. En esta señal se defienden las posiciones más absurdas, se justifica el autoritarismo gubernamental y se brinda un servicio informativo inocente, hecho a medida del kirchnerista más básico. Todo esto está fuera de discusión. Inclusive, en esta misma señal, se acuñó el término de los «anticuarentena» para criticar y atacar a las personas que cuestionan la política oficial para enfrentar la pandemia del coronavirus (COVID-19).

Pero esto no es excusa para comportarse de esa forma. Todo lo contrario. Atacar al periodista, al camarógrafo y a su equipo utilizando la violencia física no hace otra cosa que darles lo que buscan: el relato del antikirchnerista odiador, violento e irresponsable.

Mientras miles de personas se autoconvocaron en todo el país y las redes sociales mostraban como tendencia todas las consignas de las marchas, un grupo empañó la jornada. El ataque tuvo golpes contra el periodista y rotura de vidrios de la camioneta. «Vas a tener miedo de salir a la calle, hijo de puta», le gritaba una persona fuera de sí al comunicador del canal oficialista. Nada de todo esto puede repetirse. Lamentablemente, los manifestantes pacíficos (la gran mayoría) deberán estar atentos a la presencia de infiltrados y de personas violentas para no «darle de comer» al discurso oficial.

El peronismo está muy incómodo con todo esto porque perdió la calle. Al aferrarse a la cuarentena dura no tuvo en cuenta que se ató de pies y manos en materia de manifestaciones públicas. Al ser tan numerosas las marchas, cualquier intento de reprimirlas sería ridículo y contraproducente. Fernández no tiene otra cosa que hacer que mirarlas por televisión y hacerse mala sangre. Al menos el presidente argentino puede tomar nota hacia el futuro y no repetir los errores de su vicepresidente. Cuando Cristina Fernández de Kirchner coqueteó con una reforma constitucional para la rereelección, las calles le dijeron que no y tuvo que entregar el poder. Alberto está a un año de las elecciones legislativas y puede empezar a corregir su rumbo y escuchar a la gente… o licuar su capital político en tiempo récord por no haberse podido desmarcar del un kirchnerismo que Argentina ya demostró que no quiere.

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