La cuarentena asesina: el lado b de la pandemia peronista

Argentina ha tocado fondo, pero no toda la culpa es del Gobierno. Una sociedad adormecida soportó todos los atropellos

Buenos Aires norcoreana: la poca cantidad de tránsito recuerda las fotos de las avenidas desérticas de Pyongyang. (Efe)

Tengo sentimientos encontrados para con esta etapa oscura que nos toca vivir. Lógico que lo primero que se me viene a la cabeza es el sufrimiento de los que la pasan peor que yo. Lo más duro que me tocó vivir fue perder un viaje que tenía pago y organizado al exterior, y lo más duro que me toca en el día a día es estar encerrado en casa con mis gatos. Ni por casualidad lo hice en los términos que indican las autoridades políticas, claro. La cuarentena estricta ordenada por Alberto Fernández y Rodríguez Larreta no la cumplí nunca ni lo pienso hacer. Yo me gobierno a mí mismo. Eso no quiere decir que no tome las precauciones necesarias y haga como si nada, como proponen los delirantes que piensan que todo es una conspiración de Bill Gates, George Soros y el «Nuevo Orden Mundial».

Hay un virus, hay una pandemia, mucha gente murió y morirá… y el mundo seguirá su curso. Ojalá con varias lecciones aprendidas para mejorar en el futuro con nuevos eventuales problemas. Cabe dejar en claro que cuando digo que mucha gente «murió y morirá», no lo hago desde un lugar poco empático con los que sufrieron lo peor que podían sufrir. No hace mucho me tocó perder a mi amada madre por otras cuestiones, y cada vez que veo las estadísticas en los medios sé que detrás de cada número hay una persona con igual dolor. Este artículo quedará publicado y mañana, literalmente mañana, un caso fulminante de COVID me puede tocar con un ser querido, un familiar o puedo contagiarme yo y ser parte del pequeño porcentual al que le tocó lo más malo. En ese caso, desde el otro mundo y sin poder contestar un tuit veré a los kirchneristas burlarse en las redes sociales.

A lo que voy es a otra cosa: el Estado no puede controlar ni manejar las cosas que la mayoría de la gente piensa que sí. Creer que el presidente nos va a salvar la vida es estar más enfermo de la cabeza que con el peor cuadro de COVID-19, 20 y 21 en los pulmones. La sociedad argentina está muy mal, enloquecida, adormecida y por eso digo que tengo «sentimientos encontrados» con esta etapa. El coronavirus y su tratamiento por parte de las autoridades nacionales y municipales me mostró algo que me genera escalofríos: estoy rodeado de nazis, cobardes, timoratos e individuos que han renunciado hace mucho tiempo al juicio crítico. Personas que, evidentemente, no consideran que pueden, tienen y deben pensar por sí mismas. Tercerizaron sus razonamientos y conclusiones en los representantes políticos y conductores de televisión. Oh casualidad, todas personas que siguen cobrando normalmente sus salarios y que parecen no percibir que el mundo alrededor suyo se cae a pedazos.

Desde este humilde lugar no puedo hacer más que escribir para llamar la atención. ¡No podemos normalizar el hecho de seguir caminando mientras un grupo de policías detiene a un comerciante que abrió su negocio para llevar el pan a su familia! ¡Qué nos pasó? No me tocó saber de nadie que haya perdido la vida a causa de la pandemia (lo que no relativiza los fallecidos, claro), pero no puedo dejar pasar por alto que ya escuché demasiados casos de víctimas fatales por la cuarentena peronista.

Sería muy interesante, cuando termine todo esto, hacer un relevamiento de «las otras víctimas», las «no oficiales». Esas que tienen una vinculación directa con la cuarentena cavernaria que eligieron Fernández, Larreta y Kicillof. De la misma manera que la COVID ataca a los ancianos, los inmunodeprimidos y los que padecen serias enfermedades preexistentes, la «cuarentena más larga del mundo», como se conoce a la argentina, ya cobró la vida de muchas personas que se han suicidado por problemas depresivos y económicos.

Luego de una inquietud que manifesté en redes sociales sobre los primeros casos que empecé a oír en la intimidad, la catarata de mensajes que llegaron por privado fue instantánea. El daño que le ha hecho todo esto a la gente que tenía problemas psicológicos y psiquiátricos previos ha sido descomunal. Lamentablemente no puedo hacer referencia a toda la información privada y confidencial que recibí, pero juro que quedé boquiabierto. Ya hay demasiados muertos (no solamente quebrados, fundidos, enloquecidos… ¡muertos!) por toda esta locura.

Muchos de los casos han tenido cobertura mediática, como el de la peluquera que falleció de un infarto por la mala sangre que se hizo luego de ser intimada con una multa millonaria del Estado, tras la denuncia efectuada por un vecino por atender y cortar el pelo en la clandestinidad. Me dan asco todos: los denunciantes, los burócratas que ejecutan esas órdenes y los que guardan silencio por temor a decir algo incorrecto. Argentina se llenó de boludos e hijos de puta: los que por «afinidad ideológica» «militan» una cuarentena indefendible, pobres tontos engañados por un populismo berreta, y los delincuentes que utilizan todo esto para beneficio propio. Los que guardan silencio ante toda esta locura no son menos inocentes. La mezcla de cobardes, mediocres e hijos de puta forman un caldo de cultivo ideal para los peores autoritarismos. La historia ya mostró en más de una oportunidad que guardar silencio ante la injusticia no es egoísta ni inteligente: es pegarse un tiro en el pie. Cuando los malos se apoderan del poder total, tarde o temprano la malaria nos toca a todos.

El absurdo y la locura fue tan lejos, que ya ni siquiera hace falta discutir cosas básicas como las que debatíamos al principio de todo esto, cuando el Gobierno separó, en una actitud casi eugenésica, «esenciales» de «no esenciales». A mí me encanta el vino y me alegro de que las bodegas hayan podido atender con el protocolo lógico y necesario para seguir dándome un gusto. Pero tengo inconvenientes en darme cuenta de los motivos que me hacen un privilegiado ante tantas otras personas con otras necesidades. ¿Por qué yo descorcho un buen tinto todas las noches y una pareja, que vive con hijos y padres en un lugar limitado, no cuenta con un hotel alojamiento para pasar dos horas de intimidad después de casi medio año de confinamiento? ¿No es esencial un lugar para tener relaciones sexuales para los que no tienen sitio? ¿Qué pasa cuando la cajera o la mucama del motel pierden el empleo (como ya ocurre) y se quedan sin dinero para los alimentos de sus familias en las tiendas sí declaradas «esenciales»? El daño que le han hecho a la economía los delirantes dirigistas del Gobierno es descomunal. El turismo, la industria de la gastronomía, el entretenimiento, todo ha sido destruido por un grupo de irresponsables. No sé si me preocupan más ellos, que son minoría, o las mayorías que guardan silencio y se dividen entre los que no se dan cuenta de nada y los que tienen miedo a opinar.

Antes de todo esto yo pensaba que Argentina tenía problemas políticos y económicos. La cosa es más seria y esas cuestiones son solamente el resultado de un drama mayor y preexistente: renunciamos a nuestro individualismo y a pensar por nosotros mismos. Ni siquiera estoy pidiendo que la gente piense como yo, estoy pidiendo que piense. Dimos la espalda y abandonamos lo más preciado que tenemos a lo largo de nuestra vida: nuestro libre albedrío, nuestro razonamiento y la responsabilidad personal. La lobotomización general ha sido, sin dudas, la mejor y más grande victoria del estatismo. ¿Vamos a despertar?

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