El problema es el kirchnerismo (claro), pero también lo es Macri

Con una carta publicada en La Nación, el expresidente salió a marcar la cancha y se volvió a posicionar en el debate político argentino.

Los argentinos críticos del Gobierno convocaron a un nuevo banderazo ayer y el expresidente Macri se subió a la movida con una carta publicada en uno de los más importantes diarios nacionales. (Twitter)

La nota de esta mañana sería muy simple como para sacarse el problema de encima. Marcha antikirchnerista, nota de Mauricio Macri advirtiendo los riesgos de un Gobierno con pretensiones autoritarias; el artículo se escribe solo. No hace falta más que pensar un título atractivo y publicar mientras me dedico a disfrutar la mañana y a hacer otras cosas. La militancia opositora seguramente viralizaría en redes, el artículo cosecharía sus buenos clicks y likes y a otra cosa mariposa. Máximo media hora de trabajo, con edición y todo. «Masiva marcha en todo el país en contra de la dictadura de los Fernández», «Duras advertencias del expresidente Mauricio Macri» y listo.

Claro que esas líneas no dirían absolutamente nada, y probablemente, ni siquiera las leerían en su totalidad los militantes antikirchneristas que, lamentablemente, en su mayoría, se limitan al cuestionamiento de un mal y peligroso Gobierno, con mucha razón, pero que parecen dispuestos a cambiarlo por cualquier cosa. El oficio y el compromiso con la verdad requiere algo distinto y hay que ponerse a analizar, a explicar y luego, durante todo el día, resistir el ataque de los que se niegan a aceptar la complejidad de la situación y se dan el lujo de señalar a uno como «cómplice del kirchnerismo«.

Nunca me olvido el día que un lector del medio, macrista furioso, me mandó a vivir a Corea del Norte, donde seguramente me sentiría cómodo con el régimen. Todo porque advertí en medio de la gestión de Cambiemos del fracaso inminente, que lógicamente ocurrió al pie de la letra.

Hay que ser muy necio y limitado para quedarse en la discusión de quien es «peor», si Macri o el kirchnerismo. Nadie medianamente pensante puede dudar sobre el riesgo del espacio político de CFK, que tiene como obsesión terminar con la Constitución Nacional para implementar una dictadura populista. Basados en el tradicional modelo «nacional socialista, corporativista y fascista» se constituyen en una asociación ilícita, delictiva, que necesita voltear la República para garantizar la impunidad judicial e implementar un régimen «mixto» con empresarios amigos, testaferros y un Estado socio. No es casual que parte del empresariado local y varios industriales apoyen al oficialismo. Son los cómplices perfectos del modelo de esclavitud económica que sufrimos.

Yo sé que es mucho más fácil el cuestionamiento simplista «anticomunista», pero si no sabemos a lo que nos enfrentamos, podemos equivocar las armas y estrategia. No es casual que muchos empresarios e industriales respalden a esta nefasta versión peronista. Prefieren un país cerrado, sin competencia y compartir las ganancias con la burocracia, mientras cazan en el zoologico y pescan en la pecera.

Aclarado, una vez más que el kirchnerismo es la tragedia a la que hay que resistir y reemplazar en 2023, luego de la necesaria paliza en las legislativas del año que viene donde deben quedar en minoría, ya que de triunfar ellos se viene la noche, pasemos a la oposición. ¿Es Mauricio Macri «peor» que el kirchnerismo? Claro que no, pero, hasta el momento, ha sido una especie de «garante» de la continuidad de CFK y no podemos mirar para otro lado. Por eso, mientras se resiste al autoritarisimo K, con todos, macristas incluídos, la necesidad imperiosa es trabajar en la renovación de la oposición.

Para que nadie se confunda y no piense que esto es un capricho, o un encono personal, hagamos un poco de historia. La primera vez que Macri nos entregó atados de pies y manos a los K fue en 2011. Para los más jóvenes, o los que no recuerden, en ese año, Cristina, recientemente viuda, se perfilaba para ganar las elecciones presidenciales. Eso era lo más probable. Lamentablemente, el mapa político indicaba que, a lo sumo, se iba a luchar por el segundo puesto. Mauricio Macri, intendente de la Ciudad de Buenos Aires por esos días y único opositor visto como la «centro derecha», desistió de la necesaria contienda para ir por la reelección local. Esa patética actitud fue el perfecto adelanto de lo que vino después.

La República demandaba otro desafío: nominar un sucesor en la intendencia, potenciar candidaturas legislativas e ir a una guerra sin cuartel por la presidencial. Si se perdía, se perdía. El rol a ocupar era el liderazgo de la oposición, aunque sea desde el llano y sin cargo político. Las de medio término de 2013 serían su próxima presentación.

Fiel a su estilo, Macri decidió dejar huérfano al electorado y le dio el 54 % de los votos a Kirchner, seguida por el partido socialista, que sacó un 16 %. Ese período se caracterizó por una hegemonía terrible y la falta de oposición. Distinto hubiera sido todo con un espacio republicano que hubiese podido sacar un 20 o 30 %. Si cada vez que el populismo va mejor en las encuestas, la oposición evita presentarse en los comicios, el resultado sería trágico. Sangre sudor y lágrimas costó evitar la reforma constitucional y reemplazar al peronismo en 2015.

Creo que no hay que insistir con el error de la gestión de Cambiemos y su fallida gestión económica, que evitó todas las reformas necesarias y perfiló, una vez más, al peronismo con Cristina para el retorno de 2019. Pero en las últimas elecciones sí hay que reparar en un nuevo error de Macri que seguimos pagando. Me consta que varios economistas liberales, a los que el expresidente convocó para su consejo, casi desesperado al final de su mandato, le recomendaron amablemente desistir de la búsqueda de la reelección.

Lejos de «pasar facturas» por los calificativos de «liberalotes» de los macristas en el poder, que argumentaban que las reformas eran imposibles, varios referentes del espacio le dijeron, personalmente a Macri, que si se presentaba perdía. La cobardía de 2011 se transformó en capricho para 2019 y otra vez los argentinos pagamos los platos rotos.

Ante las frecuentes manifestaciones, Mauricio Macri decidió salir a la cancha y recuperar el liderazgo de Juntos por el Cambio. Un sector del radicalismo ya no lo reconoce y el mismo PRO se encuentra dividido. La carta del expresidente, donde cuestiona (con razón) al Gobierno, no tuvo al Frente de Todos como destinatario: fue exclusivamente de posicionamiento interno.

Lamentablemente, Macri parece no haber aprendido nada. Se limita a señalar los abusos, pero sigue evitando las cuestiones de fondo. Se queja del manoteo de recursos fiscales para la ciudad, pero no cuestiona el sistema perverso de coparticipación. Su propuesta parece ser calcada a la de 2015: remover al populismo autoritario, pero evitar mencionar las reformas para cambiar el país.

Si dentro de tres años, Macri es el único que ha logrado posicionarse para vencer a la coalición populista, habrá que tragarse el sapo, claro. Más allá del desastre de su gestión, nunca me arrepentí de votarlo en 2015. Era él o el abismo. Su gestión patética en el largo plazo generó el retorno del desastre. Ahora, ¿debemos callarnos la boca y recibirlo como el mesías?, ¿tenemos que evitar cuestionarlo para no «hacerle el juego al kirchnerismo? Claro que no.

La unidad de toda la oposición por ahora debe ser en la propuesta de candidaturas al senado. Lo ideal sería una primaria donde todos los espacios presenten su propuesta y que quede una en las ocho provincias que compiten por renovación de representantes en la Cámara Alta. Dado que se eligen dos por la mayoría y uno por la primera minoría, el kirchnerismo no puede beneficiarse con una oposición que divida votos.

En diputados y legisladores provinciales y municipales, la cosa cambia. Allí el liberalismo debe generar la unidad interna en una coalición republicana clara para ir a los debates con los botines de punta. Quien dice el representante de la oposición para 2023 pueda ser otro. Veremos…

Si tiene que ser Macri otra vez, lo peor que podemos hacer hoy es darle un cheque en blanco. Hay que conseguir legisladores liberales y marcarle la cancha a Cambiemos. Si el liberalismo no juega fuerte y se le deja el terreno libre al expresidente, en el caso de tener la oportunidad de echar al kirchnerismo vuelven los Marcos Peña, los Durán Barba y los responsables del desastre que sufrimos hoy.

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