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“Macri tiene que ajustar su rumbo”: Roberto Cachanosky

By: María Marty - @mariamarty16 - Jun 7, 2016, 9:22 pm
(Prensa Republicana) entrevista
Macri y su gobierno “no son liberales. Son intervencionistas”, Roberto Cachanosky (Prensa Republicana)

Tres hechos ocurridos durante las últimas semanas dieron lugar a esta entrevista:

  • Una carta de lectores publicada en La Nación, firmada por los académicos Alberto Benegas Lynch, Agustín Etchebarne, José Luis Espert, Agustín Monteverde y Roberto Cachanosky, pidiendo al gobierno argentino del presidente Mauricio Macri que baje drásticamente el gasto público.
  • El anuncio del gobierno de Macri de su decisión de salir a aumentar el gasto público, pocos días después de ser publicada la carta.
  • Una encuesta llevada a cabo por Roberto Cachanosky entre 3.300 personas que reveló que el 52% de los participantes consideran que el PRO (partido de Macri) es el que mejor representa las ideas de un mercado libre y un sistema republicano. Es decir, las ideas liberales.

Roberto Cachanosky es economista, consultor económico, actual columnista del diario La Nación (Argentina) y del diario El País (Uruguay), y autor de varios libros. Fundamentalmente, es un liberal de pura cepa.

Cachanosky está preocupado. Teme que, una vez más, se confunda la actual política económica con medidas que no tienen nada de corte liberal, como ocurrió en la época de Martínez de Hoz o de Cavallo, ensuciando nuevamente un concepto que no vive en Argentina desde hace casi ya un siglo.

MM: ¿Cómo definirías al gobierno de Macri?

RC: Claramente NO como un gobierno liberal, o “neo liberal”, como pretenden llamarlo ahora. Aclaro que el “neo” no quiere decir absolutamente nada. O sos liberal o no sos liberal. Punto.

Su Ministro de Economía, Prat Gay, es keynesiano. El Jefe de Gabinete, Marcos Peña, dijo que no aplicarían medidas liberales. El presidente provisional del Senado, Federico Pinedo, dijo incluso que no iban a cometer “esas locuras” neo liberales. Se sienten más cómodos hablando con los progresistas, con el peronismo y con el massismo. No les interesa dialogar con los liberales. Pero que quede bien claro y que todo el mundo lo sepa. NO son liberales. Son intervencionistas.  Que se hagan cargo de los resultados que obtendrán de sus políticas.

MM:  ¿A qué políticas te referís?

RC: Ellos ven en el sector público un problema de gestión pero no un problema estructural.  No se cuestionan si es correcto que Fútbol para Todos o Aerolíneas Argentinas sean administradas por el Estado. Sólo se cuestionan cómo hacer para administrarlas mejor que el kirchnerismo. No se plantean cuál es el rol del Estado o qué estructura debe tener, sino cómo hacer para administrar mejor esas funciones. Y pasa exactamente lo mismo con el gasto público. Acaban de anunciar que no piensan bajar el gasto público, sino sólo administrarlo eficientemente.

MM: ¿Dónde estamos parados actualmente con el gasto público?

RC: Estamos parados en niveles récord.  Nada para sentirse orgulloso, por cierto. El gasto público representa hoy cerca del 50% del PBI, es decir el nivel de gasto del Estado es equivalente a la mitad de nuestros ingresos. Repito: el Estado se lleva la mitad del trabajo de una persona. ¿A cambio de qué? De educación, salud y seguridad de malísima calidad.  El gasto se pierde en una gran bolsa de ineficiencia de estructuras y en un sobredimensionamiento del sector público en términos de cantidad de gente.

MM: ¿Dónde está el gran agujero negro?

RC: Hay cuatro grandes rubros de gasto: empleados públicos, jubilaciones y pensiones, subsidios económicos (para tener agua, gas, transportes, etc. a precios bajos) y planes sociales.  En estos cuatro sectores se dio el gran aumento del gasto público durante la época kirchnerista.

Para dar algunas cifras, durante estos 12 años de kirchnerismo, los empleados públicos pasaron de ser 400.000 a ser 780.000.  También se gastaban 200.000 millones de pesos por año en mantener artificialmente baratos los medios de transporte, gas, luz y agua potable.  Obviamente, todos los subsidios de transporte y energía (donde estaba el grueso del gasto) los concentraron en la provincia de Buenos Aires y Capital, donde se encuentra el 50% del padrón electoral y de los potenciales votos. Deplorable, porque el tren que yo pagaba barato por vivir en Buenos Aires, lo terminaba subsidiando un salteño o un jujeño a través de sus impuestos, que nunca se subiría a ese tren.

MM: ¿Tomó alguna medida significativa el gobierno de Macri para frenar esto?

RC: En relación a los cuatro rubros mencionados, echaron a 10.900 empleados públicos –que representan el 1,3% del total de empleados del Estado–, y aumentaron las tarifas de los servicios públicos. Y con eso creen que hicieron toda la reforma.

El punto aquí es que ellos mismos no están convencidos de la importancia de achicar el Estado.  Consideran al sector público intocable. Esto se demuestra con su política respecto a los planes sociales. Para ellos, los planes sociales son un logro y representan derechos adquiridos.  Es decir, alguien que tiene un hijo tiene derecho a recibir un subsidio. Pero no enfocan en que es “otro” el que está pagando por ello. El Estado no tiene recursos propios. A alguien se los tiene que sacar.

MM: ¿Por qué crees que no quieren tocar el sector público, si claramente las cuentas no cierran?

RC: Mi opinión personal es que no tienen ideas claras porque no están formados intelectualmente.  Sus políticas carecen de base y creen que pueden manejar un país sin un plan económico global y sin tener en cuenta todas las variables y medidas a tomar en forma conjunta. Están enfocados en temas puntuales y convocan gente para que les solucione eventualmente cada uno, sin entender que todos los temas están relacionados.  La economía está ligada a lo institucional, a lo legal, a lo laboral, a todas las reglas de juego.  Pero no lo comprenden.  Creen que pueden arreglar las cosas con parches.

Aún así creo que Mauricio Macri está más inspirado que el resto de su equipo, pero se las ingeniaron para venderle humo. Le hicieron creer que no había que bajar el gasto público. Que sólo sacando el cepo, arreglando con los holdouts y con la confianza que eso generaría, vendrían inversiones. Con las inversiones crecería la economía. Al crecer la economía crecería el PBI. Al aumentar el PBI habría más actividad, recaudarían más impuestos y cerrarían la brecha fiscal.  Y listo.

MM: ¿Qué falla en esa fórmula aparentemente mágica?

RC: Muy simple: el orden de las cosas. ¿Por qué alguien va a invertir si uno primero no hace las reformas necesarias?  El otro día Prat Gay dijo que le gustaría bajar los impuestos, pero que no puede hacerlo hasta que la economía no tenga un fuerte crecimiento.  Pero, en realidad, la economía no crecerá por la carga tributaria que existe. Primero tenés que bajar los impuestos para reactivar la economía, lograr que vengan inversiones y, a partir de ahí, podrás recaudar más.

MM: ¿Cómo están financiando actualmente el gasto público?

RC: A través de impuestos, deuda interna, deuda externa y emisión monetaria.  Ninguna de estas medidas lleva a buen puerto.  Todas generan asfixia o falta de crédito o inflación.  Claramente no son la solución. Pero parece que no quieren encarar lo que sí tienen que hacer desde hace décadas: bajar el gasto público.

Es como si tuvieras una empresa con diez gerentes cuando podría funcionar perfectamente con cinco, pero como te sobra la plata, los seguís manteniendo.  Aunque te sobrara la plata –y claramente no es éste el caso–  sería ridículo e ineficiente mantener más empleados de los que necesitás. Si a eso le sumás que no es tu plata la que estás malgastando, sino los recursos de los contribuyentes, además de ineficiente, resulta inmoral.

MM: ¿Cuáles son las tres medidas que un liberal tomaría urgentemente frente a esta situación?

RC: 1. Hacer una profunda reforma tributaria;  2. Bajar el gasto público, ofreciendo planes de retiro, jubilaciones anticipadas, eliminando reparticiones públicas; 3. Anunciar que los planes sociales serán transitorios, es decir, por tiempo limitado. A partir de lo cual cada uno deberá mantener a su familia con su propio trabajo.

MM: ¿Qué beneficios traería a la Argentina la implementación de un sistema liberal?

RC: Por supuesto que un sistema liberal traería beneficios económicos, pero fundamentalmente representaría una opción ética.

La pregunta de fondo que debemos hacernos es: ¿Tengo derecho a vivir a costa del trabajo ajeno? ¿Tengo derecho a usar al Estado para que quite a otro su dinero para dármelo a mí? 

Esta es la inmoralidad que el gobierno debería desmontar y no lo está haciendo. Y es la causa fundamental de lo que se conoce como “la grieta” en Argentina. Cuando dividís a la sociedad y le decís a la gente “No vas a vivir del fruto de tu trabajo sino de lo que yo le robe a otro y te entregue a vos”, estás generando un enorme conflicto interno y un camino sin fin.

Esta política arruina cualquier sistema productivo.  Si tu ingreso ya no depende de ofrecer en el mercado un producto o servicio que beneficia a la gente, sino de la llegada que tengas a los favores del Estado, no es muy difícil deducir hacia dónde van a ir los esfuerzos de la gente.

MM: ¿Cómo influye la legislación laboral actual en todo este contexto?

RC: La legislación laboral actual es perversa. Protege a los que están adentro del sistema y deja afuera al resto. Si yo hoy contrato a gente y luego mi negocio no funciona y tengo que despedirla, prácticamente tengo que vender mi casa para poder pagar las indemnizaciones. Cuando el riesgo de invertir y contratar es tan grande, la gente prefiere no hacerlo. En cambio, si reducís los costos de salida, la posibilidad de que alguien contrate gente aumenta.  Tan simple como eso. Si el gobierno pretende atraer inversiones, debe empezar a revisar las leyes laborales.

MM: Si los beneficios económicos generados por el liberalismo a lo largo de la historia son tan evidentes, ¿por qué seguimos probando diferentes formas de socialismo?

RC: Justamente. El problema es que los liberales nos concentramos solamente en demostrar los beneficios económicos del sistema y dejamos el tema ético y cultural en manos de la izquierda. Grave error. Abandonamos el cine, el teatro, la literatura, la historia, la filosofía, y nos dejamos vencer en este terreno que tanta influencia tiene en la gente. Hoy, la mayoría de la población piensa que el gobierno debe intervenir y vota sistemas que van en contra de su propia libertad y propiedad.  Tenemos que comenzar a defender al liberalismo, no sólo desde el punto de vista económico, sino también en el resto de los planos.

MM: ¿Cómo ponemos nuevamente a la Argentina entre los primeros países del mundo, como lo fue a fines del siglo XIX?

RC: La solución está en volver a los valores de la Constitución de Alberdi de 1853, y aplicar lo que allí se propone: disciplina y equilibrio fiscal; un gasto público lo más bajo posible; apertura al mundo y competencia; respeto por los derechos individuales (vida, libertad y propiedad).

Pero sobre todo, hay que entender por qué es fundamental volver a estos valores. Por ejemplo, con respecto a la apertura al mundo: en 1880, Argentina era una organización económica muy abierta, que atraía inversiones e inmigrantes. En 1920, exportaba el 4% del total de las exportaciones de todo el mundo.  Actualmente exporta el 0,04%.  Si hubiéramos mantenido la participación en las exportaciones mundiales –como lograron hacerlo Canadá y Australia–, hoy estaríamos exportando 400.000 millones de dólares en vez de los 60.000 millones que exportamos.

Mientras Canadá y Australia se abrieron al mundo, nosotros nos cerramos. Y ahora pagamos las consecuencias. ¿Cuánta riqueza y cuántos puestos de trabajo no se crearon nunca por exportar 340.000 millones de dólares menos de lo que podríamos estar exportando?

MM: Por último, ¿qué rescatás de Macri?

RC: En relación a los impresentables que nos gobernaron durante doce años, Macri es un torrente de aire fresco. Terminó con el cepo cambiario, logró despegarse del chavismo y el castrismo –fieles aliados de los K–, y está mirando al mundo civilizado. Todas decisiones muy positivas.

Pero aún así tiene que ajustar notablemente su rumbo si pretende pasar a la historia como el presidente que puso nuevamente a la Argentina en el mapa de países prósperos, como lo fue 100 años atrás.  Y ese rumbo no apunta hacia el progresismo ni hacia el intervencionismo.  Apunta a la libertad.  Ojalá se inspire.  Está a tiempo.

María Marty María Marty

Maria Marty es argentina, licenciada en Comunicación Social, guionista y libertaria. Es la directora ejecutiva de la Fundación para la Responsabilidad Intelectual (FRI). Síguela en @mariamarty16.

¿Debe EE.UU. dejar de preocuparse por Bernie Sanders?

By: Orlando Avendaño - @OrlvndoA - Jun 7, 2016, 7:53 pm
(Wikimedia)

Este lunes 6 de junio por la noche, CNN anunciaba que la precandidata por el Partido Demócrata, Hillary Clinton, logró alcanzar la cantidad de delegados suficientes para convertirse en la candidata oficial de su partido. De esta manera, Clinton es la primera mujer en la historia de Estados Unidos que ha logrado asegurar la nominación a la Presidencia. Ya el escenario está listo. A pesar de que no es la mejor opción, Hillary Clinton se consolida como la representante del partido del burro y deja por fuera a un candidato del que nunca más tendremos que preocuparnos... O quizá sí. Cuando Bernie Sanders anunció su candidatura, hace más de un año, lo hizo con un objetivo: liderar una revolución política. Hoy, varios meses y varias derrotas después, la revolución socialista que planeaba imponer Sanders en el escenario social y político de Estados Unidos ha sido neutralizada. Pero esto no significa que halla fallado completamente. Lea más: La historia nos enseña que debemos rechazar a Bernie Sanders Lea más: Las políticas de Sanders son una amenaza para los pobres Desde un principio, los analistas y estrategas aseguraban que las ideas que Sanders representaba eran completamente inviables y que no iban a calar en los electores. Muchos aseguraron que su proyecto "radical" sería rechazado completamente. Pero ocurrió lo contrario. Durante varios momentos de la contienda, Sanders se mostró como un candidato realmente sólido y con grandes posibilidades de vencer a Clinton, su contrincante. La revolución comenzó a crecer. Los estadounidenses empezaron a sentir al Bernie (Feel the Bern, como reza su slogan). Entre junio y noviembre del año pasado, medios como The New York Times y CBS mostraban que Sanders estaba comenzando a ser el candidato preferido por gran cantidad de Demócratas y de electores independientes. En varias oportunidades se habló de un empate técnico, y hasta de la posibilidad de que el socialista superara a Clinton. Sin embargo, la razón se alzó. Poco a poco Sanders comenzó a perder fuerza a mediados de este año. Empezó a perder importantes elecciones primarias como Nueva York. Y hoy ya es imposible que alcance a Hillary Clinton, quien se acaba de posicionar como la virtual candidata del Partido Demócrata. Muchos dirán ahora que el riesgo ya pasó. Que el fracaso de la campaña del socialista es la evidencia de que esos proyectos radicales no tienen vida en una sociedad libre y próspera como la de Estados Unidos. Pero la verdad es otra: Bernie Sanders pudo haber fallado en su intento de ser Presidente de Estados Unidos; sin embargo, desató un sentir y una inconformidad en los estadounidenses que hasta ahora ha liderado con bastante solidez y seguirá liderando en el futuro. Estamos observando un año electoral inédito. Los errores del pasado y la coyuntura en la que se encuentran los países del mundo han resultado en que candidatos como Donald Trump y Bernie Sanders tengan algo de éxito. La creencia de que los ricos tienen la culpa de la pobreza. Los continuos ataques a los grandes emprendedores. La idea de que el Estado debe solucionar los problemas de la sociedad y garantizar absolutamente todo. El intervencionismo, las regulaciones, la falta de libertades del mercado y el populismo incontrolable son ahora ideas incrustadas en los corazones de una parte importante de los ciudadanos americanos —sobre todo los jóvenes. Aún no es momento para dejar de preocuparse por Bernie Sanders. Sus ideas trascienden completamente su candidatura y pueden estar presentes por muchos años más. Sanders llegó en 2015 para ser presidente del país, para alborotar al establishment político en Estados Unidos y para implantar una revolución. Hoy no pudo lograr el primero de esos tres objetivos, pero los otros dos aún están presentes, por lo que todavía no es momento para que Estados Unidos deje de preocuparse por él.

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