¿Se debilita la democracia en Perú?

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Que alguna de las dos candidatas favoritas de las elecciones en Perú, la candidata derechista Keiko Fujimori o la izquierdista Verónika Mendoza, sería muy grave para el desarrollo democrático peruano y para la situación de la democracia regional. (Radio Exitosa)
Que gane alguna de las dos candidatas favoritas de las elecciones en Perú, la candidata derechista Keiko Fujimori o la izquierdista Verónika Mendoza, sería muy grave para el desarrollo democrático peruano y para la situación de la democracia regional. (Radio Exitosa)

La campaña electoral peruana ha dejado en claro varias de las debilidades políticas de la democracia de Perú, a pesar de su inobjetable crecimiento económico. Unas fragilidades que, sin duda, pueden agudizarse de ganar la Presidencia de la República —sea en primera o segunda vuelta electoral— algunas de las dos candidatas favoritas de estos comicios: la derechista Keiko Fujimori o la izquierdista Verónika Mendoza. Y esto sería muy grave, no sólo para el desarrollo democrático peruano, sino también para la situación de la democracia regional.

Entre las limitaciones o debilidades más notables de la campaña electoral actual, cabe resaltar en primer lugar la de la propia autoridad electoral representada en el Jurado Nacional de Elecciones, que inhabilitó a dos candidatos presidenciales por delitos menores que otros han cometido, algo inédito en la política peruana.

En marzo pasado, ese Jurado anunció que los candidatos Julio Guzmán —un economista que sorprendió a todos por alcanzar en menos de dos meses el segundo puesto en las preferencias populares al capitalizar el descontento generalizado hacia los políticos tradicionales—, y el millonario César Acuña, quedaban fuera de los comicios generales. El primero, por, supuestamente, incumplir las normas internas de su partido; y el segundo, por prometer y ofrecer dinero a pobladores por encima de lo permitido por la ley, respectivamente. Sin embargo, ese mismo Jurado permitió seguir en la carrera electoral a Keiko Fujimori quien, en febrero pasado, también entregó dinero por encima de lo permitido por la ley.

La maniobra del ente electoral fue tan obvia, que hasta el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA) llegó a afirmar que las próximas elecciones presidenciales serían “semi-democráticas” si se mantenía la decisión del Jurado Nacional Electoral que, en su opinión, violan los derechos de participación política de los dos candidatos que fueron separados de la primera vuelta electoral del próximo domingo 10 de abril.

Tras estas acciones, dentro y fuera de Perú, se ha estado criticando y denunciando la debilidad institucional de la máxima autoridad del poder electoral de ese país. Pero también, esta campaña electoral del país andino, ha dejado al desnudo la debilidad de los partidos políticos, que desde hace años se encuentran fragmentados y sin verdadero poder de convencimiento e influencia en la sociedad peruana, lo que obviamente perjudica a sus líderes y candidatos, al tiempo que conlleva a que la población se desilusione aún del proceso electoral actual.

De hecho, hasta el final de la campaña para las elecciones generales del 10 de abril, prácticamente todas las encuestas de opinión señalaban que ningún candidato —incluida la Sra. Fujimori que punteaba en los sondeos— superaba el 50% necesario para ganar la presidencia en primera vuelta. La población peruana pudo confirmar durante toda la campaña cómo los partidos continúan carcomidos por conflictos internos, por la burocracia y la desestructuración en general. Esta debilidad partidista es, sin duda, uno de los problemas más importantes de la democracia peruana.

La debilidad de la sociedad es otra de las evidencias que deja la recién finalizada campaña electoral peruana. Se trata de una sociedad aún muy marcada por el populismo, el caudillismo y la demagogia, incapaz de valorar los verdaderos principios, conductas y propuestas democráticas. Muchos se preguntan con sorpresa cómo es posible que después de la dictadura de 10 años vivida en el país, una buena parte de la población aún se decante por la hija del dictador Alberto Fujimori, quien se encuentra encarcelado cumpliendo una pena de 25 años por corrupción y violación de derechos humanos.

Además, varios de su familia se han visto involucrados en casos de corrupción y han huido del país. La propia Keiko Fujimori ha sido salpicada por los llamados “papeles de Panamá”, los cuales involucran a uno de sus principales financistas, Jorge Yoshiyama Sasaki.

También sorprende que, después de años de apertura y crecimiento económico, la candidata de izquierda, Verónika Mendoza, con una propuesta económica “alternativa y anti-neoliberal”, al estilo de las propuestas del modelo chavista venezolano, se encuentre en el tercer lugar de las preferencias populares y que incluso pueda alcanzar el segundo lugar que hasta ahora tiene el candidato de derecha y el más sensato de todos en la contienda, Pedro Pablo Kuczynski.

[adrotate group=”7″]Como bien aclara el analista Rogelio Núñez en su artículo de Infolatam, citando fuentes consultadas: Mendoza muestra “un mensaje de izquierda marxista, de quien fue fundadora del partido de Humala, pero que se separó de él porque pensaba que Humala había traicionado los primitivos principios izquierdistas. Mendoza rescata el primer proyecto de Humala, “La Gran Transformación” y tiene en mente un programa más cercano al socialismo bolivariano. Ella no va a dar el giro al centro que dio Humala”.

Esta preferencia deja mucho que pensar sobre la verdadera naturaleza democrática del pueblo peruano. En todo caso, si en primera o segunda vuelta electoral llegan a ganar la presidencia de Perú alguna de estas dos candidatas, es obvio que estas y otras debilidades se afianzarán, dando paso a un retroceso democrático que, a duras penas, ha tratado de recuperarse tras el período fujimorista.

Y, como decíamos en un principio, ese retroceso no sólo afectaría negativamente al Perú, sino a toda América Latina, que también con mucho esfuerzo y paulatinamente, viene saliendo de las dictaduras disfrazadas de democracias que han golpeado la región desde principios del actual siglo XXI.

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