El mayor desafío de Trump: unir al país que ayudó a dividir

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(Trump) Trump
Ahora sí se puede decir con propiedad: los Estados Unidos es un país dividido en dos mitades, si bien no se trata de dos porciones idénticas. (Trump)

EnglishUna vez despejada la duda sobre quien es el próximo inquilino de la Casa Blanca que presidirá durante los venideros cuatro años, tal vez ocho, los destinos de la aún –aunque en decadencia- primera potencia mundial, predominan los análisis acerca de las razones de esta elección que, por atípica, volcó sobre EE.UU el mayor interés de los medios internacionales y mantuvo en vilo tanto a gobernantes como gobernados de otros países, así como a los mercados y bolsas de todos los continentes.

Sin embargo, en este momento lo que más debería llamar la atención es lo que estos comicios presidenciales, calificados por algunos como “históricos”, han evidenciado de la sociedad estadounidense actual. Bien lo dijo el candidato demócrata a la vicepresidencia, Tim Kaine, quien en un mitin en Arizona, a fines de la pasada semana, señaló: “esta elección no es sólo hacia dónde vamos los estadounidenses, sino quienes somos en realidad”.

Y es que este 9 de noviembre los Estados Unidos despertaron con un nuevo presidente, sí, pero también con una sociedad polarizada, fragmentada, desgarrada, en opinión de algunos, por la avasallante y agresiva forma como el candidato orientó y desarrolló su campaña; sacó los peores temores y máculas que permanecían ocultos en los distintos componentes del pueblo norteamericano.

Ha quedado evidente que la sociedad de este gran país, tan disímil y variopinta, ha devenido en un conglomerado donde se enfrentan dos concepciones de vida y de aspiraciones, lo que supo muy bien explotar el candidato Donald Trump, hoy presidente de los EE.UU, quien a trancas y barrancas logró asirse con la candidatura del partido republicano cuando al principio una mayoría de ese mismo partido pensaron que era una fanfarronada más de este magnate inmobiliario convertido en exitoso presentador de televisión.

Ahora sí se puede decir con propiedad: los Estados Unidos es un país dividido en dos mitades, si bien no se trata de dos porciones idénticas. No es simple retórica afirmar que luego de esta campaña presidencial los Estados Unidos son un país diferente. Un país donde una mitad de la población ve con recelo a la otra, donde se abrieron heridas que se creían superadas.

Por una parte, tenemos la nación educada, cosmopolita, urbana, integradora de las diferencias; abierta y tolerante a los desafíos nacionales e internacionales actuales como el  control de armas, el aborto, la diversidad sexual, racial y de género, la inmigración, el multiculturalismo y la multilateralidad; y  proclive a las alianzas, a la cooperación, y la integración.

Por otra parte, la otra mitad del país podríamos esquematizarla como el grupo social que representa la América profunda, rural, menos educada, más pobre, blanca, de fuertes convicciones y prácticas cristianas, racista, machista, intolerante a los desafíos actuales de la modernización y la globalización. El país que sintió que Trump lo representaba es aquel que no es “políticamente correcto”, a quien le importa poco el resto del mundo, que mayoritariamente no tiene títulos universitarios y rechaza a la élite dominante, que encarna a la perfección Hilary Clinton, lo que explica el fuerte rechazo de la candidata demócrata en esos sectores.

Además, esta campaña electoral puso de manifiesto –y no sólo por parte del candidato Trump sino incluso por parte del demócrata Bernie Sanders- la desconfianza popular que existe hoy en día hacia las instituciones. No en balde los estudios señalan que 7 de cada 10 ciudadanos desconfían del gobierno de turno y del status quo, en particular hacia organismos de seguridad como el FBI. De allí que haya tenido eco la grave acusación del candidato republicano sobre un posible fraude electoral y un eventual desconocimiento de los resultados de los comicios.

 

Esta es la realidad compleja que deberá enfrentar Donald Trump a partir del próximo 20 de enero de 2017 cuando se juramente como nuevo presidente de los Estados Unidos y su habilidad para sortearla –ahora que se terminó su campaña populista-  es lo que debería preocuparnos más en estos momentos.

¿Cómo hará Trump, por ejemplo, para mantener la gobernabilidad, el orden y la paz democrática sin caer en el autoritarismo y el sectarismo que le son característicos de su personalidad y tipo de liderazgo, y teniendo a su favor ambas cámaras del Congreso de la República y seguramente la Corte Suprema de Justicia?

¿Cómo se manejará Trump en materia social, económica, de salud, de seguridad y defensa y en  relaciones internacionales, luego de haber prometido muchas cosas que en la realidad son difíciles de cumplir y además gobernando a contracorriente de fuerzas e intereses internos y externos tan poderosos?

Está por verse si Trump va a convertir a los Estados Unidos de nuevo en la gran potencia que fue o si, por el contrario, va a terminar de hundirlo, de apresurar la decadencia de su otrora imperio.

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