¿El triunfo de la “izquierda democrática” en Perú favorecerá al chavismo?

Humala y su cogobernante Heredia fueron pues funcionales al expansionismo del Foro de Sau Paulo y del castrochavismo

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En abril de 2013 fue Humala, como presidente pro tempore de Unasur, el que apapachó y terminó avalando en Lima el «triunfo» electoral fraudulento de Maduro, el heredero de Chávez. (Twitter)

Las tensiones políticas en América Latina y el Caribe han entrado cada vez más a un proceso cuyo alcance, evocando a ciertos momentos bastante ideologizados de la «guerra fría», traspasa fronteras involucrando, de una u otra manera, a todos sus actores.

Este año y los dos siguientes ajustarán las proyecciones de poder de los bloques «pragmáticos» o ideopolíticos en competencia —que reposicionan además sus expectantes y diversos «matices»—, planteando desafíos determinantes para el futuro de las repúblicas y de las libertades.

Las elecciones generales en Bolivia (2020), en Perú, Ecuador y Chile (2021) y las de Colombia y Brasil (2022) recalentarán un contexto regional donde la balanza se inclina de forma impredecible. Y en ese vaivén los venezolanos que pugnan por instaurar la libertad y la república en su país la tienen muy difícil, lamentablemente.

Como es obvio, cada cambio de mando presidencial tendrá un peso clave que impactará a la narcodictadura chavista. O socavándola o estabilizándola; en pro o en contra de liquidar la catástrofe que sufre el pueblo venezolano.

Evidente es ya la colaboración que dio al castrochavismo —en su control de Venezuela— el triunfo de López Obrador en México y el retorno del kirchnerismo con los Fernández en Argentina. Bolivia logró despercudirse de ese alcance, pero el regreso del evismo indirecto y prochavista no puede ser descartado.

Los estimados apuntan a que la narcodictadura esperará, para ajustar la ruta, por el cambio político electoral en noviembre de este año en Estados Unidos. Trump les es sumamente incómodo. Calculan un retorno de «los demócratas» para tener menos fastidio y más oxigeno. En todo caso, una negociación que les otorgue impunidad total por sus crímenes, sin persecuciones, y con subterráneo influjo sobre los herederos políticos que puedan comandar una «transición» conveniente para ellos. Si es que se animan a dejar el poder.

La socialización, la internacionalización de los conflictos fuera de sus fronteras ha abonado de cierta forma al régimen bolivariano. Con diligentes aliados extrarregionales (Rusia, China, Irán, Turquía) Maduro y el castrismo siguen atornillados al poder y casi nada los despeina. Prosperaron con los conflictos, mientras sus operativos de sobrevivencia oscilan entre los niveles económicos, diplomáticos, políticos y los de grado altamente delictivo y criminal. Sus nexos con el terrorismo internacional no son menores.

Dos países, Colombia y Perú (ambos con el mayor número de migrantes venezolanos en la región), juegan un rol no menor.

Colombia, tan importante por su cercanía e interacción con la dinámica venezolana, puede caer bajo dirección de la extrema izquierda. Aquella ataviada de «demócrata». «Si el presidente Duque fracasa, en el 2022 lo sustituirá Petro. Será la llegada al poder de las FARC del ELN y de los productores de cocaína. Toda esa patulea está esperando y contribuyendo al hundimiento del Gobierno colombiano. Luego vendrá la demolición de las instituciones», anota Carlos Alberto Montaner.

Perú, por supuesto, no escapa a un escenario potencialmente antiliberal. Las izquierdas extremistas empiezan a salivar ante la ralentización y el retroceso económico y la posibilidad de que el malestar social o el caos se convierta en una escalera al éxito para «refundar» al país a partir del 2021. Si bien es cierto que el antiizquierdismo en el Perú es considerable, nada asegura que no podría apuntalarse a alguien en la presidencia que no tenga reservas en codearse con las franquicias chavistas internas.

Hay que subrayar que fue en Perú donde se dio el espaldarazo a la actual continuidad chavista en Venezuela. Con el expresidente Ollanta Humala, Maduro la vio fácil: fue legitimado en Lima en 2013, vía Unasur, a pesar de los serios reclamos internos y externos de fraude electoral.

No está demás recordar cómo el régimen humalista (2011-2016) jugó con ambigüedad desde Perú en medio de las tensiones regionales. Humala era una amenaza directa y real para el país. Al menos hasta después de la primera vuelta electoral en 2011. Y no solo para las inversiones que generan millones de empleos y de impuestos, sino también para el precario sistema político democrático y liberal peruano.

Lo de la expansión del chavismo en la región no era pues un «cuento» como lo comprueba, hasta hoy, mucho de lo que ocurre en Latinoamérica. Y el humalismo coqueteaba abiertamente con esa posibilidad. Ya para la segunda ronda electoral del 2011 aparecerían «los garantes» que realinearon a Humala hacia la «moderación» con no poca suerte.

Si recordamos un poco más, en realidad las alertas y preocupaciones que muchísimos peruanos de todos los sectores adoptaban sobre el «candidato chavista Humala» venían de tiempo atrás: del 2006.

En efecto, en 2006 Humala y su esposa, Nadine Heredia, suponían un serio riesgo para el Perú. Eran los operadores del chavismo, con una alta posibilidad no solo de obtener una gran cuota parlamentaria, sino de hacerse de la presidencia. Los dos avanzaban con polos rojos y retóricas antisistémicas inflamadas, difundiendo la «gran transformación» política, económica y social. Viajaron a Venezuela y recibieron la bendición de Hugo Chávez. ¿Qué hubiese ocurrido si esta sucursal bolivariana en suelo peruano ganaba las elecciones aquel año? Quizá hoy el éxodo venezolano sucedería a la par del éxodo peruano, huyendo los que pueden de su tierra. ¿Habrían dejado el poder fácilmente? Impredecible, conociendo las tácticas fraudulentas a las que recurren los prochavistas para no soltar el poder.

Aquel 2006, el expresidente Alán García ganó la presidencia impidiendo que la dupla prosperara. Hasta su otrora crítico Mario Vargas Llosa celebró el triunfo. Le pidió al aprista llevar un Gobierno alejado de los que se apuntalaron en América Latina y que «hacen tanto daño al continente». El escritor peruano resaltó en junio de ese año que «hubiera sido mucho peor» la victoria del exmilitar Ollanta Humala, y lo definió como «el candidato de Hugo Chávez».

Correspondía pues cerrar el paso a que el Perú se vistiese también de «rojo revolucionario».

Cinco años después, en 2011, las alertas y los riesgos también se mantenían. La primera tanda de la campaña ubicaba a los Humala-Heredia con la misma prédica. Ecualizados además con las narrativas y la agenda geopolítica de la izquierda extremista del socialismo del siglo XXI. Mientras tanto su brazo propagandístico etnocacerista y antaurista, con megáfono y sin soroche, avivaba peligrosamente —como hoy incluyendo la xenofobia y la homofobia— las «contradicciones de clase» y de raza por costas, sierras y selvas. Ahí donde los partidos del «consenso democrático» no llegaban con sostenida efectividad.

Llegada la segunda vuelta electoral de 2011 los Humala-Heredia fueron «garantizados» con audacia. Les quitaron el «polo rojo» y les pusieren el «polo blanco» para potabilizarlos políticamente e impedir «el retorno del fujimorismo». Solo así, con esa camisa de fuerza —y la idea de que «el fujimorismo era peor como opción»— fue que alcanzaron la presidencia.

Ese juego desembocó, por parte de la futura «pareja presidencial», en una claudicación a su agenda programática para ganar específicamente la competencia política. El poder.

Instalados ya en la Casa de Pizarro la ambigüedad política y económica dominó su operatividad (fue una suerte de quinquenio perdido), sobre todo en las relaciones internacionales y geopolíticas.

Así, mientras dentro del país se intentaba sin convicción real accionar según la «hoja de ruta» impuesta por sus garantes, el discurso hacia afuera tendía a no chocar con la estructura chavista de poder regional.

Como recordábamos, en abril de 2013 fue Humala, como presidente pro tempore de Unasur, el que apapachó y terminó avalando en Lima el «triunfo» electoral fraudulento de Maduro, el heredero de Chávez. No importó los reclamos de millones de venezolanos y latinoamericanos. Hoy Maduro es inamovible por este espaldarazo.

Humala y su cogobernante Heredia fueron pues funcionales al expansionismo del Foro de Sau Paulo y del castrochavismo. Sus «garantes democráticos» enmudecieron ante estas evidencias no calculadas en la famosa «hoja de ruta».

El Perú ha logrado evadir hasta hoy caer dentro del influjo directo del chavismo vía el empoderamiento y el control de sus franquiciados. Y ello ha sucedido no porque dicha amenaza no exista, sino por el esfuerzo de alerta y cautela de muchísima gente en todos los niveles y sectores que con sensatez advertían los riesgos y los conflictos que podrían empoderarse para socavar el sistema. No obstante, continúa siendo un riesgo latente pese a los años y a los subestimadores que insisten en señalar a estos proyectos dictatoriales y transnacionales como «cucos» del momento.

Muchísimos peruanos veían esa letalidad y apostaron con lo que podían, incluyendo votos y recursos, a neutralizarla con total legitimidad. Felizmente, hasta hoy el Perú se ha mantenido a distancia de una de las amenazas más nocivas contra las libertades en Latinoamérica. El lamentable éxodo venezolano es prueba innegable de ello.

En los últimos años, a través del Grupo de Lima, Perú se ha constituido en un actor no menor con respecto a la problemática venezolana. Pero en un no descartable escenario peruano donde la ultraizquierda «democrática» —o un aparente «centrismo» funcional como el humalista— se instale en el poder (seguido de la captura de Colombia y un reposicionamiento en otros países), el chavismo castrista mejorará su órbita y logrará una capacidad renovada para seguir monitoreando y ecualizando la coyuntura regional a su antojo.

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