Sin comida ni dinero, padres venezolanos dejan a sus niños en orfanatos

'No pueden alimentar a sus hijos. Los están entregando no porque no los amen, sino porque lo hacen'"

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Entre lágrimas, Ángelica Pérez dice al periodista de The Washington Post: “No sabía qué más hacer”. (Flickr)

Cuando un extranjero pregunta sobre la dramática crisis de Venezuela, jamás habrá una respuesta que exponga realmente la tragedia. No hay forma. El venezolano podrá intentarlo con palabras; pero difícilmente la describirá hasta el punto de que se distinga con tino la barbarie.

No obstante, hay historias que funcionan mejor que las palabras para manifestar la catástrofe de una sociedad. En eso es ahora oportuno el trabajo del periodista Anthony Faiola en The Washington Post, cuya nota se titula La economía venezolana está tan mal, que los padres dejan a los niños en orfanatos (Venezuela’s economy is so bad, parents are leaving their children at orphanages).

“‘¿Quieres ver a los pequeños?’, preguntó Magdelis Salazar, una trabajadora social, que me llevaba hacia un patio de recreo lleno de gente”, escribe el periodista Faiola.

Era, según se lee en el reportaje, “el orfanato más grande de Venezuela”. En el patio hay varios niños. Todos fueron abandonados. A uno le dicen “el gordo”; pero antes, unos tres meses atrás, su piel parecía soldada al esqueleto.

En el espacio de recreación había otra niña. La trabajadora social le cuenta al periodista: “Ella no habla mucho”. “Al menos ya no”, relata Faiola, “en septiembre su madre la dejó en una estación de metro con una bolsa de ropa y una nota regándole a alguien que le diera de comer”.

Magdelis Salazar le dijo al peridico que no se trata de negligencia ni de un acto inhumano. Es, de hecho, todo lo contrario. Parece ser la acción más sublime de una madre. Una muestra de solidaridad inconmensurable: padres que, como saben que no pueden brindarle a sus hijos lo necesario para su óptimo desarrollo, prefieren cederlos. Entregarlos a quienes quizá no lo amen como ellos, pero que sí les garantizarán mejores condiciones.

“‘La gente no puede encontrar comida’, me dijo Salazar. ‘No pueden alimentar a sus hijos. Los están entregando no porque no los amen, sino porque lo hacen'”.

El orfanato que visitó Faiola es propiedad de Fundana (o Fundación Amigos del Niño que Amerita Protección); una de las organizaciones más importantes del país y de las pocas que aún sobreviven a la tragedia socialista.

Al principio Fundana recibía niños que en su mayoría habían sido víctimas de violencia familia, de desidia o maltrato. Pero los índices han cambiado y la mayoría de las solicitudes son de padres que no pueden mantener a sus hijos.

“Fudana recibió alrededor de 144 solicitudes para ingresar niños a sus instalaciones el año pasado, en comparación con las 24 de 2016. La gran mayoría de las solicitudes están relacionadas con dificultades económicas”.

Entre lágrimas, Ángelica Pérez, una madre de tres, le dijo a Anthony Faiola: “No sabía qué más hacer”.

“Una tarde reciente, se presentó en Fundana con su hijo de tres años y sus dos hijas, de 5 y 14 años. Perdió su trabajo de costurera hace unos meses. Cuando su hija menor enfermó gravemente en diciembre y el hospital público no tenía medicamentos. Se gastó el último de sus ahorros comprando un remedio en una farmacia”.

Fue por esa razón que Pérez decidió entregar a sus hijos al orfanato. No por siempre, pero el drama venezolano lo obliga a apartarse de quienes ama, aunque sea un tiempo. Planea irse a Colombia a trabajar; para luego poder recuperarlos. Sin embargo, no tiene mucho tiempo: “Por lo general, a los niños se les permite permanecer en Fundana de seis meses a un año antes de ser colocados en hogares de guarda o ser adoptados”.

“No sabes lo que es ver a tus hijos pasar hambre”, le cuenta Pérez al reportero de The Washington Post.

Actualmente Venezuela padece una de las peores crisis de su historia contemporánea. Solo en 2017 la inflación fue de 2.735%. De esa forma devoró completamente una moneda que ya no tiene valor. Los sueldos en bolívares no alcanzan. Y, aunado a ello, la sociedad sufre una escasez altísima de productos.

Asimismo, por el arduo control de la economía —y por la destrucción del aparato productivo del país—, insumos indispensables como medicamentos son importados; y en el mercado venezolano pueden costar hasta diez veces el salario mínimo.

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