La idiotez intolerable de quien apoya el genocidio chavista desde el exterior

Dakotah Lilly es un joven estadounidense que, desde un país libre, defiende uno de los regímenes más perversos de la historia de la humanidad

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Dakotah Lilly representa la ordinaria imbecilidad de esa nauseabunda izquierda de caviar. (Twitter)

Los casos de Reinaldo Arenas, Herberto Padilla o Lezama Lima son perfectos para ilustrar el verdadero talante totalitario de los regímenes comunistas. Los grandes poetas y escritores, otrora simpatizantes de la Revolución Cubana, padecieron una brutal persecución luego de que Fidel decidiera acabar su luna de miel con la intelectualidad izquierdista de Cuba y Europa.

Durante el denominado Quinquenio gris (1971-1976), el régimen de Castro impuso, desde los órganos culturales, los principios bárbaros de la Revolución. A los eminentes Padilla y Lezama Lima les tocó el ostracismo y la censura. Los dominó la paranoia porque en todo momento algún miembro de la Seguridad del Estado los espiaba. En su imprescindible obra, Persona non grata, Jorge Edwards narra, habiendo sido protagonista, los oscuros días de los escritores y el terrible destino: encarcelamiento, maltrato y deterioro de la salud hasta la muerte.

A Reinaldo Arenas, en particular, le tocó un destino más sombrío. El régimen de Fidel Castro no solo lo despreciaba por su postura política, sino por ser homosexual. Sobre Arenas también recayó la persecución, los maltratos y hasta la cárcel —bajo condiciones inhumanas que lo impulsaron a intentar suicidarse en par de ocasiones—.

Con el «Éxodo de Mariel», Arenas pudo huir del país —aunque por su condición, el régimen de Fidel se lo prohibía, por lo que debió alterar el apellido—. Y en el exilio, el escritor tuvo que confrontar otras aberraciones: las mismas imbecilidades que hoy exhiben algunos con cinismo.

“La gran mayoría de los intelectuales (…) para dárselas de progresistas y traficar con el resentimiento lógico de los pueblos sometidos a otras calamidades, casi siempre han apoyado o han hecho la vista gorda ante los crímenes de Fidel Castro”, escribe Arenas en su gran obra, Antes que anochezca.

“Ahora descubriría una fauna que en Cuba me era desconocida; la de los comunistas de lujo. Recuerdo que en medio de un banquete en la Universidad de Harvard un profesor alemán me dijo: ‘Yo, de cierta forma comprendo que tú puedas haber sufrido en Cuba, pero yo soy un gran admirador de Fidel Castro y estoy muy satisfecho con lo que él hizo en Cuba’. En aquel momento, aquel hombre tenía un enorme plato de comida frente a sí y le dije: ‘Me parece muy bien que usted admire a Fidel Castro, pero en ese caso, no puede seguir con ese plato de comida, porque ninguna de las personas que viven en Cuba, salvo la oficialidad cubana, pueden comerse esta comida’. Cogí el plato y se lo lancé contra la pared”.

Esa fauna a la que hace referencia Reinaldo Arenas aún existe. Y trafica, no solo con la triste realidad cubana, sino con la venezolana, hoy más trágica y genocida.

En el marco de las protestas del año pasado en Venezuela la cadena Fox News dio tribuna al joven estadounidense y dirigente de la organización Students & Youth for a New America, Dakotah Lilly, para que, —desde la comodidad de un país que le permite decir estupideces en la televisión—, defendiera al régimen de Nicolás Maduro que, mientras, asesinaba estudiantes en Caracas.

De la entrevista, Lilly salió favorecido porque Tucker Carlson mantuvo una mesura cuestionable. El joven dijo, con impunidad, que Maduro lo que confrontaba era a una “oposición terrorista”. Mintió al decir que la mayoría de los muertos eran “gente de la izquierda o chavistas”.

Lilly, con una superioridad moral y una arrogancia detestable, responsabiliza al capitalismo y a Estados Unidos de lo que ocurre en Venezuela. Reconoce que existen problemas, pero que Nicolás Maduro está al tanto.

El episodio entre Carlson y Lilly pasó por debajo de la mesa en esa oportunidad —los venezolanos estaban demasiado ocupados tratando de resguardarse de la represión, los allanamientos y horrorizados por las torturas y los asesinatos—. Pero ahora el joven de Pennsylvania (según su cuenta de Facebook), ha vuelto a aparecer por una publicación en sus redes sociales.

“¡Siempre orgulloso de vestir mi mejor camisa de Chávez y mis pines de @FTTP_np! Nunca me quito mi collar de Chávez. ¡Me ayuda a recordar que un futuro mejor es inminente siempre y cuando luche por él!”, escribió en su página de Facebook y Twitter. En la publicación adjuntó tres selfies:

Dakotah Lilly publicó las fotos el 2 de abril y el post de Facebook ya ha sido compartido 2.400 veces. Tiene decenas de comentarios, la mayoría insultos. Algunos usuarios le recuerdan sus inclinaciones “socialistas”, pero le muestran una foto en la que se ve el iPhone 6 con el que escribe.

Escudriñar su página produce una repulsión atroz. Grima. Es la representación de la ordinaria imbecilidad de esa nauseabunda izquierda de caviar. La misma que aborrecía Arenas y que hoy debería producir la más grande aversión del mundo sensato.

Fotos con la franela del Ché Guevara, posts sobre los presuntos peligros del capitalismo y los crímenes de Israel contra los palestinos. Comparte lo que dice TeleSur y una organización denominada “Solidaridad por Cuba en Canadá”. Además, asume el discurso de la parte más rancia del chavismo: llama “escuálidos” y “gusanos” a los opositores de la dictadura.

Dakotah Lilly practica, además, lo que bien podría llamarse como «turismo de miseria». Así como aquellos que viajan a Cuba para posar en la Plaza de la Revolución bajo la efigie del asesino Ché Guevara; mientras a los lados toda una sociedad muere, agostada; el estadounidense ha visitado Caracas para fotografiarse junto a un mural del Ché o detrás del divinizado altar de Hugo Chávez en el Cuartel de la Montaña —tiene una foto, incluso, cerca de Maduro; en lo que parece una excursión financiada por el régimen—.

(Facebook)
(Facebook)

Se dice, por ello, conocedor de la realidad venezolana. Mastica la propaganda chavista, la engulle, la digiere y la vomita como su verdad. Distorsiona un drama para convertirlo, en cambio, en una excelsa epopeya. Juega, trafica —como escribiría Arenas—, con el aniquilamiento de una ciudadanía. Con la criminal abolición de una República, antes una nación ejemplar para la región.

Dakotah Lilly ignora que el régimen que defiende desde Estados Unidos destruyó un aparato productivo. Una economía colapsada. Realidad que ocurre luego de que entre 1999 y 2017 a Venezuela entraran, al menos, US$ 697 mil millones por las exportaciones del petróleo y otros negocios relacionados con PDVSA.

Luego de unos ingresos descomunales, la realidad de hoy es que en los hospitales los pacientes mueren porque no hay insumos. Los doctores deben operar contando solo con la luz de algún celular. Según CARITAS, se estima que unos 300 mil niños podrían morir de hambre este año —recomendaría leer el importante artículo de Enrique Krauze, Hell of a Fiesta, en el que hace un breve resumen de la vorágine autoritaria de la Revolución Bolivariana y el fracaso—.

El lúgubre panorama diario solo enseña familias enteras, trabajadoras, hurgando en las basuras de los restaurantes con la esperanza de conseguir algún hueso de pollo mal roído. Cada año la delincuencia —esa misma que el Estado ha protegido, armado y ahora, ignorado—, arranca la vida a más de veinte mil venezolanos. Un verdadero genocidio en cámara lenta al que se le debe sumar el práctico, aquel que se percibe sin ambages: la existencia de presos políticos, las inhumanas torturas en las cárceles, los manifestantes —desarmados-pacíficos-jóvenes-estudiantes—, asesinados por disentir.

El estadounidense, culpable de una ignorancia inaceptable que transgrede la idiotez y lo convierte en cómplice, defiende y apoya la dictadura de Nicolás Maduro y al régimen cubano. Se vuelve intolerable su connivencia con estos totalitarismos eugenésicos hábiles en realizar limpiezas sociales e ideológicas.

Si Arenas viviese y se lo encontrase, reconocería inmediatamente a la fauna que tanto despreciaba. Dakotah Lilly tendría suerte de tenerlo enfrente durante una cena, porque de lo contrario, tal vez se ganaría un puñetazo. Pero como el gran escritor ya no vive —se suicidó culpando a Castro—, otro tendrá que hacerle el favor al idiota.

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