La rebelión de los tuiteros

Las redes podrán ser unas canteras de estupidez, pero quienes las detestan, o quienes prefieran su desaparición, solo ventilan su verdadero talante totalitario

1.083
“Twitter es perfecto para todos los despotismos: la gente repite la línea creyendo que es libre de opinar. Es al revés. Es esclava”, escribió en Twitter la profesora Colette Capriles. (Twitter)

Sus opiniones aparecen en la misma tribuna que las de Donald Trump, Kanye West o Ayaan Hirsi Ali. Es el poder que ahora detentan. La voz de los antes mudos que tanto odian. Es, quizá, el mayor valor de Twitter. Donde nadie es inmune a las antipatías o el desprecio.

El presidente de Estados Unidos tuitea, arriesgándose a recibir cincuenta mil respuestas y solo siete mil retuits. Menos likes, por supuesto. Algunos, como la ex miss universo colombiana Paulina Vega que se cerró su cuenta, no pueden soportar la autoridad de los tuiteros. El mundo de las redes no es conveniente para quienes exhiben la piel delgada.

Y así, de cuero fino, hay demasiados en Venezuela. Son parte de la intelectualidad. Opinadores y pseudo filósofos. Odiadores de la opinión pública y, con mayor ahínco, de la libertad en Twitter. Y es un malestar que se ha expuesto con mayor desvergüenza en los últimos días.

“La herramienta de opresión más poderosa del chavismo, son las redes sociales”, escribió desde Twitter la abogada Emilia Lobo Quintero. La periodista Mibelis Acevedo, también aseveró desde la misma plataforma: “Las redes están pasando a ser un útil instrumento de conexión social en tiempos de oscuridad, a ser un mal sustituto de la acción política”.

Y, asimismo, la profesora de la Universidad Simón Bolívar, Colette Capriles, tuiteó: “Twitter es perfecto para todos los despotismos: la gente repite la línea creyendo que es libre de opinar. Al revés. Es esclava de quien la pone a opinar”. “Más vale la ordalía de Twitter que el derecho. Los inquisidores de los jueces”, agregó Capriles en la red social.

La rebelión de las masas es un libro imprescindible del inmensísimo pensador español, José Ortega y Gasset. La tesis de su ensayo es acertada y desalentadora. Jamás pudiera rebatirlo; pero entre sus páginas se puede percibir una clara aversión a las consecuencias ineluctables de la prosperidad.

A Ortega y Gasset le preocupa que las gentes —el común— empiecen a ocupar espacios antes reservados para las élites. El teatro, los cafés, el cine. Y, por supuesto, la política. Es la muestra de una rebelión peligrosa de los iletrados sobre los ilustrados. Participan y debaten, sin saber si quiera de qué hablan. Pero son mayoría. Es el preámbulo de lo que Tocqueville definiría años atrás como «la tiranía de las mayorías». Lo vio venir y ahora el filósofo español lo diagnostica en su más grande obra.

“Como las masas, por definición, no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar sociedad, quiere decirse que Europa sufre ahora la más grave crisis que pueblos, naciones, culturas, cabe padecer”, se lee en La rebelión de las masas. El español también escribe: “La división de la sociedad en masas y minorías excelentes no es, por lo tanto, una división en clases sociales, sino en clases de hombres, y no puede coincidir con la jerarquización en clases superiores e inferiores”.

“De este modo se convierte lo que era meramente cantidad — la muchedumbre — en una determinación cualitativa: es la cualidad común, es lo mostrenco social, es el hombre en cuanto no se diferencia de otros hombres, sino que repite en sí un tipo genérico”, dice Ortega y Gasset.

Pero, nuevamente: resultaba ineludible. Y es una de las principales consecuencias de la prosperidad, siempre ligada a la libertad y a la democracia. Ortega y Gasset no yerra en su valoración, pero es demasiado pesimista y antipático con la metamorfosis general que disfrutaba Europa. Una transformación que luego se vio representada en una valiosa clase media, capaz de imponer un necesario balance entre los actores del juego político.

Los de Twitter, como las gentes, se rebelaron. Son miles que ocupan un espacio antes reservado para las élites y sus lisonjeros. Ahora todo cambió. Quienes antes pretendían construir realidades con sus periodistas y opinadores, siempre alejadas de la percepción general, manipulando y estafando, ahora deben confrontar la existencia viva de la opinión pública en las redes. Es la plena libertad en la que todos opinan. Desde el más imbécil hasta el erudito.

Decía el fantástico escritor español Javier Marías que las redes sociales han permitido organizar “la imbecilidad”. No pudiera disentir. También Umberto Eco guardó palabras al respecto: “Las redes sociales le dan el derecho a hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en un bar. Sin dañar a la comunidad. Y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel”. Fue una antipatía que se la llevó a la tumba como el mismo filósofo Zygmunt Bauman, quien jamás disimuló su escepticismo ante el auge de los nuevas plataformas.

Es natural que las élites las detesten. Así como siempre existirá la desconfianza ante el sistema democrático por sus intrínsecos errores —fallos que, por ejemplo, Fernando Sánchez Dragó arreglaría aplicando la democracia ateniense y su requisito de la «Paideía»—.

Pero la no existencia de estas plataformas, su desaparición, supondría una autorización al desarrollo de numerosos males. Un retroceso gigante del Estado liberal. La abolición —o un atentado— contra uno de los más grandes valores. Tal como profesó el imprescindible Alexis de Tocqueville su cariño por la libertad de prensa: un amor sostenido en los perjuicios que evita, más que en los beneficios que produce.

Las redes podrán ser unas canteras de estupidez, pero quienes las detestan, o quienes prefieran su desaparición, solo ventilan su verdadero talante totalitario. Al final, enemigos intrínseco de la expresión y los principios de tolerancia. Enemigos, pues, de la libertad.

En su momento Ortega y Gasset menospreció a las masas mal formadas. A los borregos. Lo hizo en la década de los treinta. Advirtió sobre los enemigos de la sabiduría y la ilustración. Pero hoy algunos, utilizando la misma tribuna contra la que invierten ofensas, desprecian a las sociedades, ya favorecidas por el desarrollo de los Estados y la educación, y su dominio de los grandes espacios.

Odian, dentro de sí, a la ciudadanía y su condición actual. Les asquea que el poder y la realidad no puedan ser manejados por las élites y la pseudo intelectualidad. Aborrecen que el idiota cuchichee donde el «listo» pontifica. No pueden, de ninguna forma, confrontar la rebelión de los tuiteros. Que amenaza con destronar a los altivos de siempre.

Comentarios