El Grupo de Lima (o el clan de amigos de los comunicados)

Este Grupo, que se alzó sobre las ilusiones de ciudadanos que vieron en él la manifestación de un amparo, loable y urgente, no ha podido ofrecer más que textos escritos en Word

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Este clan podría trascender como el grupo de países que vio agonizar a un país y lo dejó morir. (Archivo)

¡Albricias por la creación del Grupo de Lima! Que doce países se hayan reunido, exclusivamente para abordar la devastación de Venezuela, a manos de la fiera roja, es un buen síntoma del viraje que disfruta la región. Del autoritarismo socialista a la reivindicación de los principios de la democracia liberal.

Y entonces, cuando el 8 de agosto de 2017 los representantes de estas naciones americanas —todas grandes democracias—, de pie, respaldaron un comunicado en el que se comprometían a dar seguimiento y buscar solución para la crisis en Venezuela, el venezolano respiró aliviado. Que ahora sí, que la comunidad internacional había despertado, que le queda poco a Maduro.

Eso fue, exactamente, hace trece meses y ocho días. Suficiente tiempo para demostrar la legítima y genuina voluntad de concretar un verdadero cambio. De auxiliar a una sociedad aniquilada. Pero al final, decepción para los ingenuos, que tienen veinte años depositando esperanzas por aquí y por allá, ¡qué tenemos veinte años en eso!, que vivimos en el desengaño, el desencanto y la frustración constante, nos dimos cuenta de que ese Grupo de Lima, celebrado con euforia en su momento, terminó reducido a un clan de amigo de los comunicados y los bonitos pronunciamientos.

Que condenan la ruptura del orden democrático. ¡Fantástico! Que no reconocen a la Asamblea Nacional Constituyente. ¡Estupendo! Que respaldan plenamente a la Asamblea Nacional de Venezuela, democráticamente electa. ¡Maravilloso! Que rechazan enérgicamente la violencia contra la oposición venezolana. ¡Espléndido! Que apoyan suspender a Venezuela de la OEA, a sacar al país de Mercosur, que se comprometen con la democracia, con la libertad. Que condenan, que le parece atroz, que qué horrible lo que Maduro hizo. ¡Muy bien!

Venezuela padece una crisis humanitaria sin precedentes. Mueren, a diario, venezolanos. Por hambre, falta de medicinas, por la delincuencia o por la represión del Estado. No hay palabras, ¡no las hay!, que describan propiamente el sufrimiento de esta sociedad que agoniza. La región sufre la mayor desbandada de refugiados del hemisferio Occidental. Circunstancias inaguantables, que exigen una respuesta apropiada y rotunda.

Pero, en cambio, este Grupo de Lima, que se alzó sobre las ilusiones de ciudadanos que vieron en él la manifestación de un amparo, loable y urgente, no ha podido ofrecer más que textos escritos en Word, publicados en la página web del Ministerio de Relaciones Exteriores del Gobierno de Perú.

Desde que se conformó, el Grupo de Lima no ha logrado promover ni «una sola» sanción a los criminales rojos. Tampoco ha propuesto «una sola» medida para palear la crisis de refugiados. Y ahora, cuando grandes actores del mundo, como el secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, empiezan a apadrinar la idea de una intervención militar, como una alternativa razonable para derrocar al régimen criminal de Nicolás Maduro, publican un lamentable comunicado, bien afinado con la reciente ingenuidad —¡o complicidad!— del New York Times  —o más apropiado de una cadena como TeleSur o de un pronunciamiento de UNASUR, en repudio al injerencismo-imperialista-fascista de América—.

“[El Grupo] expresa su preocupación y rechazo ante cualquier acción o declaración que implique una intervención militar o el ejercicio de la violencia, la amenaza o el uso de fuerza en Venezuela”, se lee en el comunicado, publicado este 15 de septiembre, firmado por los Gobiernos de Argentina, Brasil, Costa Rica, Chile, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú y Santa Lucía —ciertamente, llama la atención que ni Canadá ni Colombia lo hayan respaldado—.

Texto lamentable, que debiera de estar provocando convites con Chivas Regal o Johnnie Walker en Miraflores.

“El Grupo de Lima nos condena a muerte”, escribió en su cuenta de Twitter el histórico dirigente y escritor venezolano Alfredo Coronil Hartmann. “Al Grupo de Lima lo debe estar financiando el narcotráfico. Por el irresponsable comunicado que sacaron, pidiéndole al Cartel de los Soles que opera en Venezuela que se acabe él solo, voluntariamente”, dijo la abogada y especialista en Derecho Tributario, Adriana Vigilanza.

Cuando estos países se reúnen a decir que la salida al asesinato de una población, debe ser pacífica y negociada, parecen olvidar que hablan de un régimen criminal, vinculado a la mafia y al narcotráfico internacional. También, al terrorismo y respaldado por grandes enemigos de la democracia, como Cuba, Rusia, Irán y China.

Podría ser ingenuidad, idiotez u otra cosa —seguro sugerida por los mal pensados de siempre, que curiosamente terminan teniendo la razón—. Pero el Grupo de Lima, que se ha visto reducido a este tipo de expresiones —y ahora bastante lamentables— podría terminar trascendiendo a la historia como el clan de amigos de los comunicados y pronunciamientos—o el agrupamiento de países que vio agonizar a una nación, y prefirió dejarla morir; y que por ello tendrán que correr con las incómodas consecuencias—.

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