La Venezuela de los abuelos sin nietos

A Carlos le duele no tener a sus nietos. Ser uno de esos abuelos, como Ana y millones en Venezuela, sin nietos en su casa. Sin nietos los domingos en su mesa.

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“Yo también te extraño, abue. Los extraño a todos. Los quiero muchísimo. Deseo y quiero que el próximo año sí podamos estar juntos”. (Archivo)

“¡Feliz Navidad! Te amo mucho. Te deseo lo mejor. Que, con este nuevo nacimiento del niño Dios, se cumplan todos tus deseos, mi vida. Te amo mucho… Y te extraño mucho también”. Ana, de 86 años, no aguantó las lágrimas. No pudo mantener la entereza. Jamás, en su vida, en sus ocho décadas, se había preparado para la distancia. Para no abrazar a sus nietos un veinticuatro de diciembre.

La calidez, el cariño, solo pudo transmitirse por una pantalla. Los cinco minutos, bastante interrumpidos por el pésimo Internet de Caracas, fueron el pequeño espacio de Ana para decirle al nieto que más quiere, Adrián, ese que se le fue hace solo dos meses y ahora lo necesita con urgencia, cuánto lo extraña. Cuánto lo ama.

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Pero Adrián no era el primero que dejaba de estar en su casa los domingos. Que dejaba una silla vacía y restaba calidez a las salas. De once nietos, ya diez vivían fuera de Venezuela. Habían dejado su país, sus familias, por vivir. Por tener algo de libertad. Por trabajar y ganar y comprar. Por estudiar. Por huir de esa oscuridad que por minuto está conquistando espacios. Arrolladora. También devastadora.

“Yo también te extraño, abue. Los extraño a todos. Los quiero muchísimo. Deseo y quiero que el próximo año sí podamos estar juntos. Es lo que más quiero hoy”. Adrián, de 18 años, tampoco mantuvo la entereza. Es pedir demasiado. Se le aguaron los ojos. Las palabras apenas le salían. Le dolía la falta de abrazos y cariño. Que afuera de su cuarto, en Oklahoma, hacía 4 grados centígrados y que él no lo sentía muy diferente adentro. Porque no hay qué suplante la calidez de la familia. Y eso le dijo Adrián a Ana: “Te extraño y necesito tus abrazos, abuela”.

Asumiendo un promedio de cinco minutos por nieto, a Ana le tomó casi una hora decirle a todos sus nietos, los mayores que Adrián, cuánto los extraña y los ama. Al final de la jornada, la abuela, cariñosa, demasiado tierna y sensible, no podía mantenerse de pie. A Enrique, su hijo mayor, uno de los pocos a los que aún puede palpar, oler y mirar sin la interferencia de Cantv, le tocó consolarla. Abrazarla y decirle que la distancia será efímera y que el reencuentro es inminente. Pero él no lo sabe. De alguna forma miente. Miente porque ama a Ana.

Antes a las 12, los veinticuatro, empezaba la fiesta. Se sacaba la segunda botella de Whiskey y se subía el volumen al merengue. Empezaba a sonar Sergio Vargas o alguna de Juan Luis Guerra. Los tíos, los primos, los papás, los abuelos, los niños, bailaban. Pero ya no. No hay mucho de qué hablar cuando son demasiadas las sillas vacías. Y tampoco cuando no hay temas, ni coincidencias, porque se han tenido que reunir quienes antes no lo hacían. Hay menos gente y toca. No hay mucho qué celebrar cuando impera la tristeza. Y ya a las doce no empieza la fiesta. Es la diana que todos esperan para despedirse. Y a las 12:15 se fue Carlos.

Carlos es el vecino de Ana. Atendió a la invitación porque no tenía con quién celebrar el veinticuatro de diciembre en Caracas. Su esposa, Mariella, le rogó que no se quedaran en la casa. Carlos, en verdad, no quería salir. No quería dejar su sala. Esa que hace un año estaba llena de gente. Que por veintitrés años, desde que se mudaron, recibía a hijos, sobrinos, hermanos y nietos.

A las 12:24 Carlos prendió su iPad. En ese momento, recibió la primera llamada. “¡Papá! ¡Feeeliz Navidad! Aquí están Juan Carlos y Camilo. No se escucha bien por la música, pero dicen que te aman y te extrañan mucho, papá. ¿Cómo la pasaron? Cuéntame”.

Mariella se retiró. No podía hablar. Carlos, reconocido por su temple y rigidez, disimuló la tristeza con monosílabas. “Bien. Muy bien. En casa de Ana”, le dijo. “¡Qué bueno, papá! ¿Y mamá? ¿A dónde se fue?… Bueno, te llamo mañana que vamos a abrir los regalos. Te quiero mucho, papá. Cuídate”.

La llamada fue breve. Al cerrar, entró la otra. “¡Abuelo! ¡Feliz Navidad! ¡Mira lo que me trajo el niño Jesús!”. “Qué bueno, Carlitos. Salúdame por fa a Mario y a Sebastián. Dile que los extraño. Ahora vete a jugar con esa vaina”. Carlos, nuevamente, trató de ser áspero. Ello no conmovió porque así había sido toda su vida. Pero era falso. Carlos también miente. Miente porque ama a Carlitos.

Hubo cinco llamadas más. Tres a otros nietos y dos a sus hermanos. Ya ninguno está en el país. Ahora los González están regados entre Estados Unidos, Francia y Argentina. No es una familia grande. Fue más sencillo desmembrarla. Los últimos, su hijo Esteban con su esposa y Carlitos, Mario y Sebastián, dejaron Caracas hace siete meses. Ese día, el 15 de mayo, Carlos sí lloró.

Al finalizar el contacto con su hermano, Carlos apagó el iPad. Se puso de pie y caminó hasta el sofá. Allí estaba Mariella. Se sentó, la abrazó y empezaron a llorar. “¿Tú crees que esto es justo, amor? ¿Nosotros nos merecemos esto?”. “No, Mariella, no lo es”, le dijo Carlos.

Luego, aseveró: “Pero estamos vivos. Y nuestros hijos están felices. Eso es lo que importa”.

Carlos tiene razón. Pero duele. Le duele y mucho. A él, que casi nada le ha dolido en su vida, le duele no tener a sus nietos. Ser uno de esos abuelos, como Ana y millones en Venezuela, sin nietos en su casa. Sin nietos los domingos en su mesa.

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