Sí hay razones para ser optimista en Venezuela

Maduro no controla Venezuela. Eso es bueno. Y demasiados, poderosos, lo quieren sacar. Eso es crucial

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No puede estar consolidado un presidente que continuamente, en arrebatos paranoicos, alerta sobre supuestos golpes de Estados y magnicidios. (Prensa presidencial)

Un reciente estudio de Brookings Institute concluyó que 8,2 millones de venezolanos, incluidos los tres millones que ya han abandonado el país, huirán en los próximos dos años. Aunque la cifra es escandalosa, el honorable secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, está más desesperanzado: «Creo que la cifra de 8 millones, incluso, puede quedarse corta (…) Pueden llegar a haber hasta 10 millones de venezolanos», dijo al periodista Andrés Oppenheimer.

El éxodo es masivo, ¡bíblico!, sin precedentes. Jamás, la región, había enfrentado algo igual. Millones que huyen, más del 10 por ciento de la población, de una devastadora crisis humanitaria. Pero también porque sienten que ya no hay en qué creer. Qué esperar. Que no hay esperanzas.

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Es difícil rebatir aquello. Cómo hacerlo cuando la dirigencia política venezolana ha demostrado cuán incapaz es —o cuán cómplice—; también, cuando la catástrofe económica da pasos agigantados y todo el país se sume en la miseria. Si el hambre, la muerte, el resentimiento, la mediocridad y la violencia conquistan espacios cada día, cómo mercadear frases sonsas, de autoayuda, también ingenuas, que levanten el ánimo aunque sea a alguno.

Y este año me lo preguntaron bastante. Al menos unas cuarenta veces. «¿Eres optimista?». Y, sin la intención de disimular algún desánimo genuino —o eso que llaman, ‘ser realista’—, dije que sí. Lo dije, al menos, treinta veces.

Al astutísimo Jaime Bayly, que jamás engullirá una sarta de palabras esbozadas para complacer y ya, le dije que Maduro no controla Venezuela. Y esto, de alguna forma, es bueno.

En algún momento de su trágica historia, la Revolución Bolivariana pretendió establecer un sólido Estado totalitario, muy similar al cubano. Pero no pudo. Se pervirtió y, entonces, permitió que el proyecto inicial derivara en un grupo de actores criminales participando y conquistando cuotas de poder.

Entonces, el régimen chavista es de talante totalitario, pero no lo es íntegramente. No puede ser un totalitarismo cuando no es un solo hombre —ni su sistema— el que gobierna todo el territorio nacional.

Hezbollah, el Ejército de Liberación Nacional, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, los cárteles de la droga, los pranes, los grupos paramilitares, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, Rusia y China. Se trata, en síntesis, de un Estado fallido. Lo denunció hace unas semanas el ministro de Estado para las Américas de Reino Unido, Sir Alan Duncan. También, en palabras del ex preso político Lorent Saleh: «Venezuela es la capital del terrorismo en Occidente».

No hay duda de ello cuando militantes del grupo terrorista chiita libanés Hezbollah andan por el mundo con pasaporte venezolano, como reveló el medio CNN en un reportaje. También, al menos unas 15.000 personas proiraníes.

Por otro lado, la prestigiosa organización InSight Crime, luego de un preciso estudio, concluyó que el grupo terrorista Ejército de Liberación Nacional opera en, al menos, 12 estados de Venezuela.

Son bandas, que no necesariamente trabajan de forma articulada. Grupos criminales que, en varias ocasiones, han terminado rivalizando entre sí. Muestra de ello son las recientes escaramuzas entre miembros de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y el Ejército de Liberación Nacional. También, las exigencias de que se sanee la estatal PDVSA por parte de Rusia y la detención de jefes paramilitares (colectivos) por parte de miembros de la seguridad del Estado.

Venezuela es, al final, un Estado de mafias. De muchas pandillas, demasiadas, que controlan parte del territorio —o nada— o aspiran a controlarlo. Entonces, es un régimen inestable. Desorganizado. Imprevisible. El grado de anomia es inmenso. Maduro no ha consolidado su poder.

Con tal grado de anomia, y con la participación de demasiados actores en el proyecto, si algo es probable es que ocurra lo improbable. Que, en cualquier momento, de forma súbita, se dé un punto de inflexión.

A diferencia de regímenes como el cubano, el norcoreano o, en su momento, el totalitarismo stalinista o el nazi, Nicolás Maduro no ha logrado implantar una maquinaria perfecta, pura, íntegra y absoluta. En cambio, es víctima de un desbarajuste, peligroso y confuso, que en cualquier momento se lo podría tragar. Es la inminencia de lo impredecible.

Por otra parte, en el ámbito externo hay un factor decisivo: la salida de Maduro ya no es interés solo de los venezolanos. En cambio, para un conjunto de naciones —no solo del continente americano, de hecho— es urgente que cese la crisis humanitaria que atraviesa Venezuela. Y estos países, luego de años de candidez, entendieron que, para finalizar la crisis humanitaria, debe haber un cambio de régimen.

Mientras continúe la crisis, miles de venezolanos dejarán su país todos los días. Para Latinoamérica el impacto demográfico es brutal. Y no habrá, jamás, nación que se prepare para recibir la cantidad de venezolanos que hoy llegan. Ni con las cantidades generosas de fondos que brinde la ONU u otra organizaciones.

También, y por la misma participación de actores criminales como Hezbollah, Rusia o China, la continuidad del régimen de Nicolás Maduro significa una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos. Lo ha dicho el mismo secretario de Estado, Mike Pompeo: «Venezuela podría convertirse en un riesgo para Estados Unidos. Los cubanos están allí, los rusos están allí, los iraníes, Hezbollah. Esto es algo que tiene el riesgo de llegar a un lugar muy malo y Estados Unidos necesita tomar esto muy en serio».

Entonces, ¿Maduro ha consolidado su poder en Venezuela como, en cambio, sí lo han hecho otros peligrosos regímenes? No. No puede hacerlo un presidente que continuamente, en arrebatos paranoicos, alerta sobre supuestos golpes de Estados y magnicidios —y, además, ya ha atravesado varios intentos de ser derrocado—. También, ¿ahora de quiénes es interés que Maduro deje de gobernar?

Por último, a la fórmula habría que agregar que su Fuerza Armada —es decir, su mayor músculo de extorsión y control— atraviesa su peor situación en años. Con cientos de militares tras las rejas, miles de deserciones, ¡decenas de miles!, y hombres famélicos, la FANB deja de ser una institución confiable para ejercer el control del país. Por ello es que se verá a Maduro fortaleciendo a sus grupos irregulares —aunque también famélicos— como las milicias.

Los factores están acumulados para que yo le haya dicho a Jaime Bayly que sí soy optimista. Jamás, en años, las condiciones habían sido tan favorables. Porque no solo internamente, sino la situación política de la región nos favorece. Aunque es egoísta, la victoria de Bolsonaro en Brasil se convierte en un elemento crucial para distinguir cuán convenientes son los aires. Con enemigos fuertes, audaces e insolentes a su alrededor, la Revolución Bolivariana vive el peor momento geopolítico de su historia.

Maduro no controla Venezuela. Eso es bueno. Y demasiados, poderosos, lo quieren sacar. Eso es crucial. No es candidez ni un intento de mercadear simplicidades coelhianas. Sí hay razones para ser optimista en Venezuela. Queda seguir. Bramar. Resistir y pelear.

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