¿Por qué Guaidó ha olvidado a las Naciones Unidas?

Quizá por temor a un hombre independiente, quienes rodean al presidente Juan Guaidó prefieren dejar vacío el espacio en Nueva York.

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El diplomático de larga trayectoria, Diego Arria, es quien se perfila para ser representante del Gobierno de Guaidó en la ONU. (Archivo)

Jorge Arreaza se desenvuelve con facilidad y sin problemas en las Naciones Unidas. Cabildea, hace lobby. Reúne voluntades a su favor, como cuando juntó a 60 supuestos Estados miembros para respaldar al régimen de Nicolás Maduro —lista encabezada por Irán, Rusia, Siria y Cuba—.

Samuel Moncada también vocifera en cada esquina de Turtle Bay a favor de su amo. Es, actualmente, el representante de Venezuela en la gran organización internacional. Maduro tiene sus voceros y tiene su cortejo, que pasean, seguro titubeando, por el complejo de las Naciones Unidas.

Pero esto puede cambiar. Al menos, como corresponde, puede haber un contrapeso. Otra delegación que camine con mayor seguridad y con la certeza de que se alza sobre un tablado de legitimidad. Que puede cabildear y persuadir. Que puede juntar voluntades, seguro muchas más que las pequeñas conquistas de Arreaza y Moncada.

Estos últimos días he hablado con individuos de primera, destacados, algunos diplomáticos, que alertan sobre el peligro de dejar vacío el espacio de las Naciones Unidas por parte del Gobierno de Juan Guaidó. Según algunos que pueden asomar la versión oficial, preocupa que un eventual nombramiento pudiera ser desconocido y, entonces, quedar en el aire. Sin embargo, esto no ha sido obstáculo para designar representantes en otros espacios como la Organización de Estados Americanos, Canadá o varios países de Europa.

En cuanto a las Naciones Unidas, lo fundamental son las credenciales y el reconocimiento que pudiera tener algún Estado o su representación. En la sección 15 del artículo V del United Nations – Treaty Series se lee que cada representante, designado por un Estado miembro, debe contar con el reconocimiento «de la secretaría general, el Gobierno de Estados Unidos y el Gobierno del miembro en cuestión». Estos miembros tendrán privilegios e inmunidad, inherente a su rol de representantes; pero, si Estados Unidos desconoce a algún Gobierno, sus representantes solo podrán tener privilegios «dentro del distrito» de la sede de las Naciones Unidas. Este último es el caso de los representantes de Maduro.

No obstante, aún es fundamental, para poder avanzar, lo tocante a las credenciales. Y todavía las carga Moncada. El exembajador en las Naciones Unidas y diplomático de carrera venezolano, Milos Alcalay, dijo al PanAm Post que «Naciones Unidas tiene una comisión de credenciales, que es la que acepta a los países miembros que participará en el período de sesiones de la Asamblea General».

«El comité de credenciales es el que decide las credenciales del que va a representar al país. Para eso, evidentemente, tiene que hacerse un buen cabildeo», agregó. Y esto último es fundamental: por ello es que no hay que dejar el espacio vacío.

La intención en las Naciones Unidas, para el Gobierno de Juan Guaidó, debería ser la de lograr que el comité de credenciales le retire las credenciales al representante de Nicolás Maduro y se las dé a un eventual representante legítimo de Venezuela.

Para el profesor adjunto de la Universidad de Georgetown, Héctor Schamis, «no se puede abandonar, de ninguna manera, el espacio de las Naciones Unidas». No importa que, en un principio, no se cuente con el reconocimiento de la secretaría general y el comité de credenciales; es necesario «generarle un costo político alto a Antonio Guterres y a los Estados miembros».

En algún punto, en la víspera de la Asamblea General de las Naciones Unidas, un representante del Gobierno de Juan Guaidó puede empezar un trabajo de cabildeo a favor de que se decida reconocer esta nueva representación.

«Se tiene que designar a alguien que pueda hacer el contacto con cada uno de los embajadores, con tiempo, de manera que cuando este tema se vaya a tratar en la Asamblea General, y se vayan a nombrar los miembros del comité de credenciales, ya el representante de Guaidó haya hecho ese trabajo de carpintería», apuntó Alcalay.

En concreto, es el comité de credenciales el que, en principio, aprueba una propuesta que trasciende a la Asamblea General y que, bajo el criterio de un-país-un-voto, se acepta una representación. No obstante, mientras tanto, es urgente que esté quien haga contrapeso a la presencia de Moncada y Arreaza.

El proceso es largo, pero hay que iniciar la faena. Sin embargo, el Gobierno de Juan Guaidó aún no ha, siquiera insinuado, la posibilidad de designar a su representación en las Naciones Unidas. Sí lo ha hecho en la Organización de Estados Americanos, el Banco Interamericano de Desarrollo y en países europeos donde aún los representantes no tienen la responsabilidad de embajador. ¿Por qué? ¿Qué ha impedido al Gobierno de Guaidó apuntar a ese espacio tan esencial?

Un hombre, que también es una institución, pero incómodo 

El 4 de marzo publiqué un tuit que leía: «Escribo esto, a título personal, parcializado y desautorizado por el aprecio que le tengo: los últimos tuits de Diego Arria demuestran su altura en este momento histórico de nuestra República. Desearía verlo en las Naciones Unidas representando a Juan Guaidó».

3568 personas dieron retuit a la publicación. Unas 117 000 dieron like. Más de 400 personas comentaron que apoyaban la moción.

Schamis, de Georgetown, dijo en ese momento: «Sus tweets y su trayectoria demuestran su altura. Me sumo». Su mensaje lo comentó el reconocido filósofo Erik Del Bufalo con un: «No hay mejor candidato». Ambos mensajes tuvieron más de trescientos likes.

Mi publicación fue secundada por el prestigioso periodista Manuel Malaver: «Estoy de acuerdo, se ha fajado desde los comienzos del chavismo y no puede ser incluido en la lista de pensionados de los partidos en que están resultando los nombramientos de Guaidó».

«¡Gran iniciativa! ¡Arria a la ONU!», dijo, al respecto, el escritor y periodista cubano de larga trayectoria, Carlos Alberto Montaner. El editor y empresario David Morán, el escritor Antonio Sánchez García y miles de venezolanos se sumaron.

A todas estas, Arria en Nueva York sin saber que las redes sociales estaban siendo tomadas por un movimiento en su nombre.

Por otro lado, PanAm Post supo que, en paralelo, en las últimas semanas, representantes de diferentes organizaciones internacionales, de alto prestigio, e incluso embajadores y funcionarios latinoamericanos, habían sugerido el nombre del diplomático venezolano al presidente Juan Guaidó para el cargo en las Naciones Unidas. También algunos líderes en Venezuela habían hecho la propuesta. Sin duda, el nombre de Diego Arria había llegado a los oídos de Guaidó.

Héctor Schamis, para quienes dudan del mérito de Arria, lo resume muy bien. «Su nombre es una institución. Él es una institución en las Naciones Unidas. Es el único venezolano, y quizá uno de los pocos en el mundo, que pone un pie en el edificio de la ONU y todos se le cuadran», explica el académico.

«De muchos políticos venezolanos hoy se habla, pero en unos años nadie lo hará. En diez, veinte o cien, aún se nombrará a Arria por su Fórmula. O sea, la Fórmula Arria. El hombre es historia», agrega el profesor de Georgetown.

Milos Alcalay coinciden en que no hay otra persona: «Para mí no hay duda alguna que, el que ya está haciendo un trabajo, conoce y vive en Nueva York —a pesar de que también ha destacado su presencia en varios foros, que es importante para el cabildeo— es el embajador Diego Arria (…) Ha tenido una larga y dilatada acción. Es la persona indicada para realizar el trabajo. El que tiene el mejor perfil es el embajador Diego Arria».

Es irrebatible. La trayectoria internacional de Diego Arria es intachable. Hace unos meses, en Boston, el abogado y visiting fellow en Harvard, José Ignacio Hernández, me señaló que «Diego Arria es como nuestro actual Francisco de Miranda». El venezolano más internacional. El que mejor conoce el mundo.

Arria es economista, político y fue funcionario de diferentes niveles en Venezuela —solo le faltó la presidencia—; sin embargo, resalta es por su papel en la diplomacia internacional. Arria goza de más prestigio entre el alto mundo político y diplomático —las grandes ligas—, que entre los políticos venezolanos.

Fue un alto funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo, embajador de Venezuela en la ONU y presidente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Fue secretario general asistente y consejero del entonces secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan.

Impulsó la creación de la Corte Penal Internacional y fue uno de los promotores del Principio de Responsabilidad de Proteger —o R2P, hoy parte inherente del debate sobre Venezuela—. Destaca su participación, sobre todas las cosas, en la resolución y los procesos de negociación de los conflictos en Bosnia, Los Balcanes y Ruanda. Fue testigo, asimismo, contra el dictador Slobodan Milosévic.

Ningún venezolano cuenta con ese perfil. Por eso escribí el tuit y, por eso, tantos coincidieron.

«Diego vive en Nueva York. El Gobierno de Guaidó no puede darse el lujo de no tenerlo para la transición. Se necesita a alguien que sepa qué puertas tocar en la ONU. Y Diego seguro podría diagramar, con los ojos cerrados, el edificio de Nueva York. Cuenta con autoridad, prestigio y será escuchado por los otros representantes. Eso es fundamental hoy», dijo Schamis al PanAm Post.

Pero Diego Arria es independiente. Siempre lo ha sido y, además, ha sido un crítico implacable de varios actores de la presunta oposición venezolana —muchos de los que hoy rodean y forman Gobierno con Juan Guaidó—.

Hace varios días una fuente de la Asamblea Nacional dijo al PanAm Post que la medida del nombramiento de Diego Arria como representante de Guaidó ante las Naciones Unidas es saboteada por líderes de algunos partidos que conforman el denominado G4 —propiamente, Acción Democrática—.

El escritor e intelectual venezolano, antiguo juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Asdrúbal Aguiar, precisó al PanAm Post que el denominado Estatuto para la Transición, aprobado por el Parlamento y que constituye el andamiaje institucional sobre el que se levanta Juan Guaidó, impide que las designaciones de los representantes puedan hacerse a espaldas de los diputados.

Se puede intuir, también, que un representante ante las Naciones Unidas del Gobierno de Guaidó, inmediatamente tendría gran relevancia. Arria es, además de independiente, unstoppable. Difícilmente se subordina a otros. La experiencia inmediata así lo sugiere: cuando fue representante del Gobierno de Carlos Andrés Pérez en las Naciones Unidas, Arria de por sí era una estrella en el gran cuadrilátero del mundo —su rol, en ese momento, también incomodaba al establishment político—. Entonces, hay varios elementos que deben ser considerados en torno a su hipotética designación.

¿Qué ocurriría si, por temor a su condición de independiente y a su propia investidura y relevancia, el Gobierno de Juan Guaidó designa a otra persona que no sea Diego Arria? ¿Sería razonable? ¿Desoír a todos aquellos, como los representantes de alto nivel, que han propuesto su nombre?

Es claro que el Gobierno de Juan Guaidó tiene un candidato. Al hablar con el PanAm Post, Diego Arria dijo que no le han propuesto la representación. No especificó si tiene tiempo o no para asumir el cargo. Pero debería ser él el que lo rechace, en todo caso. Su agenda es apretada. Va por el mundo denunciando la tragedia venezolana. Recientemente, en el Geneva Summit, pidió a la comunidad internacional activar el Principio de Responsabilidad de Proteger para impedir que Venezuela se convierta en otro caso vergonzoso para el mundo, como lo fue Srebrenica, Bosnia o Ruanda.

«Me cuesta creer que haya una razón valedera para que no designen a Diego. Sería muy mezquino si no han ocupado ese espacio en las Naciones Unidas por temor a la reacción cuando elijan a otro que no sea Diego. Aunque insisto en que creo que sería vergonzoso que nombren a otro que no sea él», subrayó, al respecto, el profesor Schamis.

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