¿Hasta cuándo Cuba?

Sueño con el día en el que nadie se atreva a asomar la insolencia de blanquear a los criminales que como dioses viven en La Habana

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LA HABANA, 12/11/2019.- Los Reyes durante su asistencia a una ofrenda ante el Memorial José Martí en su visita de Estado de tres días a Cuba, la primera de la historia que hace un monarca español, que coincide con el 500 aniversario de la fundación de La Habana. EFE/Juan Carlos Hidalgo

No era el primero en denunciarlo, pero cuando vio luz el sobrecogedor testimonio de Reinaldo Arenas, en 1990, cualquiera hubiera pensado que a Cuba nadie se llegaría para lavarle la cara a los inquisidores de cientos de miles.

Antes que anochezca tuvo un impacto particular en mí. Ya había escuchado y leído muchísimo sobre los horrores de la cuba castrista. Pese al hermetismo inherente a los sistemas totalitarios, nadie dudaba de que Fidel había logrado construir el que quizá era el campo de concentración más grande de la historia de la humanidad. Pero Arenas, con su pluma, sumamente sensible y descarnada, logró retratar el infierno castrista.

Muerte, persecución y miseria. Torturas y humillaciones. Ese es el día a día de los disidentes en La Habana. Nada ha variado desde entonces.

Lo extraordinario es que el testimonio de Arenas se publicaba apenas unos meses después de que toda una casta intelectual firmara en Venezuela un tristísimo manifiesto en el que más de novecientos leídos y sesudos —esos que con soberbia se llamaban «intelectuales»—, decían que Fidel había devuelto «la dignidad a su pueblo y, en consecuencia, a toda América Latina».

Menciono esto no para seguir cizañando con ese cuentico inagotable de los abajofirmantes (los irresponsables que, por cierto, nunca pidieron perdón), sino para resaltar que cuando por un lado en el mundo se denunciaban los horrores del castrismo, por el otro salivaban cada vez que alguien hablaba de Fidel. Rastreros.

Hoy ocurre lo mismo y uno no hace sino preguntarse, ¿hasta cuándo Cuba? Y hoy, por Dios, cuando el régimen, ahora de Raúl Castro, se ha confesado como el más grande enemigo de la libertad y la democracia en las Américas y ademas impulsa sanguinarios movimientos por el continente. Cuando ha quedado más que revelado, declarado, desvelado, explicado, denunciado, informado, delatado y avisado que desde La Habana salen los tentáculos que apoyan a los asesinos de Caracas, a los golpistas de Santiago, La Paz y Quito; a los insurrectos (también asesinos) de Colombia.

Pero es que cómo cuando en la Organización de Estados Americanos su secretario general dice que en Venezuela hay casi que un ejército de ocupación cubano, en Bogotá llaman al Gobierno de Duque a romper relaciones con Cuba y en Estados Unidos amenazan con endurecer las sanciones a la isla, vienen algunos innobles europeos, como locos, a ver cómo blanquean a la dictadura.

Hace unos días habría escrito que Federica Mogherini era la representante de estos idiotas socialistas europeos de café, que tanto disfrutan con ver a través de un vidrio cómo en el caribe se ensaya con seres humanos —que al parecer ellos ven como roedores— esa ideología de la muerte. Sin embargo, el Gobierno español no se queda atrás y a Sánchez no le bastó con ser el primer presidente español que visita la isla en no sé cuántos años. Ahora, en su afán por destruirlo todo y ser amigo de los malos, mandó a los reyes a pasearse por las decoradas calles de La Habana —puestas en escena como si de una obra de teatro se tratara—.

Dicen que los reyes no podían hacer nada y lástima que las súplicas, como esta de la gran Zoé Valdés, fueron desoídas. Pero ya el retrato, bastante infame y difícil de digerir, anda rodando. Los reyes, don Felipe y doña Letizia, posando en la Plaza de la Revolución, con ese fondo bien pensado en el que descuellan los rostros del Ché Guevara y Camilo Cienfuegos.

A mí no me importa que don Felipe haya tenido cara de nauseas toda la visita. A mí me da nauseas la foto. Porque mientras los reyes estrechaban manos —empapadas de sangre, por cierto—, en la isla, la disidencia seguía siendo reprimida y acosada; y en América los proyectos eugenésicos de los Castro seguían en pie, demoliendo individuos y sus almas.

Nada ha cambiado. En febrero del 89 una hilera de irresponsables y mediocres firmaba una cartica aduladora y cursi de bienvenida a Fidel, mientras en Nueva York un novelista cubano relataba las torturas y la persecución que padeció por ser homosexual y opositor al régimen castrista. Y uno se sigue preguntando: ¡¿hasta cuándo?! Sueño con el día en el que nadie se atreva a asomar la insolencia de blanquear a los criminales que como dioses viven en La Habana.

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