Carlos Alberto Montaner: «A Guaidó le aconsejaría que se cuide de la corrupción»

«Es tan perentorio el sostén de Maduro que creo que los venezolanos serán libres a corto o mediano plazo», dijo el escritor cubano en una breve entrevista con el PanAm Post

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Carlos Alberto Montaner en su casa.

Carlos Alberto Montaner es un monumento. A tantas cosas: la libertad, el coraje y la resistencia. A la libertad porque es libre y lo ha demostrado al hablar y escribir; al coraje porque ha decidido, como contienda de vida, enfrentarse a los monstruos más peligrosos que ha visto este lado del mundo; y a la resistencia porque aún hoy, luego de tanto, se mantiene aferrado a esa contienda. Todo está relacionado, sin duda. Se trata de su amor por la libertad. Un aprecio que lo lleva a abrazar causas que parecen demasiado absurdas.

Carlos Alberto Montaner también es un maestro. Empezó a serlo cuando leí su Manual del perfecto idiota latinoamericano, junto a Plinio Apuleyo y Álvaro Vargas Llosa. Luego con Viaje al corazón de CubaLa libertad y sus enemigos; Las raíces torcidas de América Latina y sus artículos en diferentes medios. Me falta todavía mucho. Su obra es demasiado amplia. El último libro que leí de él fue Sin ir más lejos. Son sus memorias y también son una verdadera pieza literaria.

Lo que hoy me honra es decir que Carlos Alberto Montaner no deja de ser un maestro cuando cierro la página de alguna de sus obras. Ha continuado siéndolo porque las veces en las que nos hemos visto, hemos hablado y me ha aconsejado. El último encuentro fue hace un par de días y, luego de hablar sobre su libro y referirnos a esa demoledora frase con la que cierra —«¿Algún lamento antes de partir? Sí, no haber visto una Cuba libre…»—, me recomendó: «No hagas lo que yo hice. Por el anhelo de querer regresar a mi país, por la certeza de que mi regreso era inminente, jamás busqué adaptarme a los países en los que vivía».

Aproveché el encuentro para hacerle una entrevista para el PanAm Post. En ella hablamos brevemente sobre sus memorias, el exilio, Juan Guaidó, la corrupción y la posibilidad de que Venezuela y Cuba logren su liberad pronto.

«La prensa que juzga las acciones de Juan Guaidó sólo hace el papel que le corresponde. La manera de tener una prensa favorable es con transparencia y honestidad», dijo Montaner al PanAm Post.

¿Qué fue lo que más disfrutó de escribir sus memorias?

No sé si “disfrutar” es el verbo adecuado. Pero me gustó repasar y ordenar mis recuerdos. Les envié a mis hermanos, a mi mujer, a mis hijos lo que les concernía antes de publicar el libro. No estuvimos siempre de acuerdo, pero, en general, no me gusta herir a nadie. Como digo en el prólogo, las memorias no son biografías rigurosas. Son cosas que se recuerdan y transforman en el proceso de asimilarlas.

¿Qué fue lo que más le costó?

El trato dado a mi padre. No quería ser injusto. Dejé fuera del libro un rumor que me contó un batistiano prominente. No pude confirmarlo. Era demasiado amargo. El libro también liquidó una novela de la que acaso tenía la mitad escrita: unas 25,000 palabras. Era una ficción sobre la embajada de Venezuela en La Habana en los primeros años de la revolución. Preferí llevar el anecdotario a “Sin ir más lejos”. Ese fue un gran sacrificio.

¿Cómo es su relación hoy con lo que usted fue e hizo en su vida?

Lo digo en la obra. Hubiera hecho algunas cosas diferentes. Lo cuento, de otra manera, en mi libro. El problema de mi generación es que pensábamos que íbamos a regresar muy pronto a Cuba. Si hubiera sabido que pasaría casi 60 años en el exilio hubiese tratado de arraigar en Estados Unidos o en España. Les habría ahorrado a mis hijos la sensación de extrañamiento con que, al menos yo, he vivido. Miami hoy es tolerable porque se transformó, al menos por algunos años, en una Cuba, como decía el escritor Álvaro de Villa, “de poliéster”.

¿Qué tanto le duelen esas últimas palabras de su libro?

Sí. Me duele no haber regresado jamás a Cuba.

Ha hablado sobre lo que nunca se dio, aunque intentó todo. Una Cuba libre. ¿Usted, quizá, no lo intentó todo?

No sé si lo intenté todo. Tal vez sí. Por eso deseo que mi epitafio sea el que pidió Julián Marías para su tumba: “Hice lo que pude”.

Hace poco comía en el Versailles. Veía a mi lado y estaba rodeado por cubanos, ya ancianos, que bebían Coca-Cola y comían churrascos. Esos cubanos seguro tendrán veinte, treinta o cuarenta años conspirando. Tantos años con la idea en su cabeza de que quizá algún día volverían a ver a su país libre. Pero no eran solo ellos. Allí también estaba yo. Venezolano, año y medio fuera de mi casa, veinte años de chavismo. ¿Y si en treinta años me veré otra vez sentado en el exilio, pero ahora rodeado de venezolanos ancianos que aún conspiran y sueñan con su país libre?

Probablemente, pero es tan perentorio el sostén de Maduro que creo que los venezolanos serán libres a corto o mediano plazo. En todo caso, dada mi mala experiencia, yo le recomendaría a todo joven venezolano exiliado que actúe como si su estatus fuera permanente, pero con la esperanza de que un día se despeje el horizonte nacional. En ese momento decidirá si regresa a la patria de origen o si permanece en su nuevo hogar.

¿Queda alguna esperanza de ver libres a nuestros países?

Yo estoy muy viejo para ver un desenlace en Venezuela o en Cuba. Quizás sea inminente el fin del sandinismo en Nicaragua. No lo sé.

¿Vendrá la libertad de Venezuela acompañada de la libertad de Cuba o viceversa?

Uno de los dos países arrastrará al otro. Mi impresión es que Venezuela es más débil. Pero en los dos existe la situación clave: ninguna de las dos cúpulas dirigentes cree una palabra del discurso oficial. Como en el poema de Borges, “los une el espanto”. En ambos casos, el espanto de perder los privilegios.

¿Cómo podría generarse la libertad de uno o del otro?

El único consejo que me permito darles a venezolanos o a cubanos es algo que aprendí en la transición española: es preferible en esta etapa decretar una especie de amnesia. Hay que convencer a quienes tienen la sartén por el mango de que hay vida más allá del castrismo o del chavismo. Todos estamos dentro de un pozo. No es posible amenazar que, cuando salgamos, los mataremos. Aunque nos repugne, hay que tenderles un puente de plata a los militares que en Venezuela están cansados de haber sido los vasallos de una dictadura como la cubana, mucho más pobre, atrasada y pequeña que la colonia a la que dominan. Una vez que se enfrenten a “los cubanos” verán que será muy fácil sacarlos del juego, como hicieron en Ecuador y Bolivia.

Carlos Alberto Montaner en su casa.
En el caso particular de Venezuela, ¿qué cree que pase en los próximos meses? Considerando la gira de Juan Guaidó, el espaldarazo de Trump y el intento de que Nicolás Maduro adelante las elecciones parlamentarias y realice, nuevamente, un fraude. ¿Qué cree que ocurra?

El régimen, que no se atreve a castigar a Guaidó, la ha emprendido contra el entorno de Guaidó. Ya estaba preso su secretario. Ahora le tocó el turno a su tío. No importa que sea absurdo el pretexto. Mientras más increíble sea la acusación, más diáfano será el quid pro quo. Mientras Guaidó tenga el apoyo de Estados Unidos y otros 58 países no importa lo que haga o deje de hacer Maduro. Eso sí, la oposición debe convencer a Colombia y a Brasil de albergar tropas de jóvenes exiliados. ¿No acampa el ELN y las FARC disidentes colombianos en Venezuela? A Colombia le interesa contar con militares y guerrilleros venezolanos. En algún momento es posible que ese hipotético ejército sea vital para apoyar un golpe interno que restaure la democracia en el país.

¿Qué consejo particularmente le daría a Juan Guaidó?

Le daría cuatro consejos. Que se cuide de la corrupción en su entorno. Él es el embrión del Estado que está pariendo Venezuela. Tiene mil ojos sobre el comportamiento de su equipo de Gobierno. Que siga siendo un joven idealista tremendamente eficaz. Ese es el hombre que debe ser y la imagen que debe proyectar. Que no pierda un minuto en responderle a quienes lo adversan en la oposición. Hay gente buena que, eventualmente, puede serle útil. Y que piense que la prensa que juzga sus acciones sólo hace el papel que le corresponde. La manera de tener una prensa favorable es con transparencia y honestidad.

¿Lo ve a él como la mejor opción dentro de la política venezolana?

Por supuesto. No se “ganó” esa posición, pero le “tocó” y, hasta ahora, hechas las sumas y las restas, ha sido estupendo.

¿Qué piensa de María Corina Machado?

Tengo la mejor opinión de María Corina. Es valiente, elocuente y muy eficaz. Tal vez los venezolanos son demasiado machistas para admitirlo, pero es una persona con las ideas muy claras.

¿Por qué cree que no se ha concretado una alianza entre ambos?

Porque el triunfo no se vislumbra todavía, pero todo se andará. Llegará el momento en que convergerán.

¿Deben los venezolanos dejar las diferencias a un lado incluso cuando estas diferencias contemplan la corrupción o el coqueteo constante con el chavismo?

Le corresponde a la prensa denunciar con pruebas lo que le parezca reprobable. Callarse no es una opción decente.

¿Han ganado los malos?

Provisionalmente, Maduro, Cabello, los hermanos Rodríguez y el general Vladimir Padrino, que son los malos, han ganado. Pero esa “victoria” se puede derrumbar en pocos minutos.

Usted cierra sus memorias casi con la certeza de que se irá sin ver a su país libre. Pero el libro ya está impreso y usted sigue, entero, presenciando todo y tanto. ¿Realmente cree que nunca la verá libre?

Eso, realmente, nunca se sabe. Es saludable asumir que uno morirá en el destierro y que lo sorprenda la caída de la dictadura. Mi abuela paterna, Herminia Hernández, nació en el exilio en el siglo XIX, pero murió en Cuba.

Un consejo a un cubano y uno a un venezolano.

Les daría el mismo consejo a ambos: que no olviden que aquellos polvos trajeron estos lodos. Fueron los infinitos errores cometidos en la República los que instalaron a Fidel Castro y a Hugo Chávez en el poder. La República requiere ciudadanos virtuosos que estén convencidos de que todas las personas están protegidas por los mismos derechos, pero a cambio deben someterse a la autoridad de las leyes.

Para usted, ¿cuál es el mayor valor que existe?

Sin la menor duda, la libertad. La libertad de tomar todas las decisiones que me atañen con la menor interferencia del exterior. El ser humano ha nacido para ser libre.

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