Magazolanos, uníos

Con respecto a Venezuela, no hay grises. Por eso me parece tan hija de puta la postura de los venezolanos que, a poco de las elecciones, le apuestan al triunfo de Biden para poder congraciarse con sus amiguitos progres de universidades extranjeras

El presidente Donald Trump en un rally electoral. (Flickr)

Andan alborotados porque se acercan las elecciones y cruzan los dedos por la derrota del catire. Muy cobardes, que cuando su candidato, el senil Biden, no andaba en el horizonte, estaban calladitos.

Imagino que se arrodillan ante las santas encuestadoras e imploran por el milagrito de que ahora sí, no como hace cuatro años, la peguen. Porque es cierto, a Donald Trump le va terrible en las encuestas, justo como la última vez que ganó las elecciones.

En el fondo es despreciable la posturita, porque prefieren congraciarse con lo que debe —insisto, «debe»– pensar el resto del mundo, los correctitos de aquí y allá, que con lo que debería de creer y apoyar un venezolano que aspire a que su patria sea libre de nuevo.

Vamos, Trump es insoportable, todos lo sabemos. De ademanes toscos, odioso, pedante. Dice lo que debe y lo que no. Cínico y ácido, pero el tipo no es Sandra Bullock, esto no es un concurso de Miss congeniality. Me resbala genuinamente si el tipo es infame, Obama le cayó bien a todo el mundo mientras se bajaba los pantalones ante la teocracia iraní. Prefiero un patán que haga bien el trabajo, a un simpatiquísimo seductor que hunda el barco.

Ahora, con respecto a Venezuela, no hay grises. Por eso me parece tan hija de puta la arrastrada postura de los venezolanos que, a poco de las elecciones de noviembre, le apuestan al triunfo del Partido Demócrata para poder congraciarse con sus amiguitos progres de universidades extranjeras y poder postear en Instagram el frívolo respaldo a la última causa social. Hoy, el cuadrito negro, mañana alguna otra estupidez.

Hija de puta porque Trump ha sido el presidente americano que más ha apoyado la libertad de Venezuela. Punto. Punto, punto, punto. No hay grises en la discusión. El presidente americano y el presidente del mundo, porque hoy hemos logrado lo que logramos gracias a que en la Casa Blanca gobierna el odioso de piel naranja.

Para los que no tienen memoria, empecemos de a poquito (gracias a un hilo que encontré en Twitter, que a todos nos ayuda en esta empresa): ¿recuerdan el 2017, ese año tan sobrevenido para los venezolanos? Bueno, arrancó con una de las sanciones más duras jamás impuestas a un funcionario del régimen chavista: en febrero la novel administración republicana se estrenó con la acusación por narcotráfico contra Tareck El Aissami, entonces vicepresidente, y la sanción a todas sus propiedades y bienes.

Ese mismo mes Lilian Tintori, aún campeadora de nuestra causa, fue recibida en la Casa Blanca. Eso nunca lo hizo el negrito. Y hubo foto y todo, posteada desde la cuenta de Twitter del mismísimo Trump: «Venezuela debería de liberar de inmediato a Leopoldo López, preso político», escribió el presidente en su cuenta el 15 de febrero de 2017.

Las protestas empezaron en Venezuela en abril y en mayo el Gobierno de Estados Unidos sancionó al Tribunal Supremo de Justicia chavista por «usurpar» las funciones del Parlamento venezolano. Maduro sacó de la chistera la Constituyente, Trump golpeó con más dureza: en agosto, Estados Unidos sancionó directamente al dictador y prohibió negocios con el régimen.

«Con Trump en la Casa Blanca desde enero, Estados Unidos ha sido más frontal en su postura ante Venezuela que con Barack Obama en el Despacho Oval», se leía en la BBC por esos días de agosto.

Uy, la frasecita, que aún hoy nos acompaña a nosotros, los groupies de la pizza: «Tenemos muchas opciones respecto a Venezuela, incluida una posible opción militar si es necesaria. Tenemos tropas desplegadas por todo el mundo en lugares que están muy lejos. Venezuela no está muy lejos y la gente está sufriendo y muriendo», dijo Trump luego de salir de una importantísima reunión sobre Corea del Norte en agosto de 2017.

Llámelo como quiera: bluff, estafa, bravuconada, fanfarronería… Yo prefiero hablar de disuasión y amenaza-creíble. O sea, otro de los recursos para sacar al carnicero de Miraflores.

Hubo más sanciones en el 2017: a los criminales del Consejo Nacional Electoral y a otros ministros. Más cuentas bloqueadas, más prohibición de entrada al paraíso capitalista a funcionarios, familiares, amigos de familiares y a todo aquel que estuviera vinculado al desfalco del milenio.

El 2018 también arrancó con sanciones, para no perder la costumbre. Y en marzo hubo una orden ejecutiva contra el invento autóctono del Petro. En abril el vicepresidente, Pence, recibió a dirigentes venezolanos y, además, anunció millonarios recursos para asistir a los caminantes que dejan el pellejo por los Andes.

Recuerdo que Rex Tillerson, antes de ser sacado a patadas descortésmente de la secretaría de Estado, giró por Latinoamérica en un esfuerzo por conjugar voluntades contra Maduro. Exactamente lo mismo hizo Mike Pence en el 2018. Pisó Brasil, Colombia, Ecuador. Donde llegaba, el propósito era articular el estrangulamiento paulatino del chavismo.

Siguieron las sanciones hasta que, en enero de 2019, un diputado ignoto se convirtió en presidente de Venezuela gracias a la bendición de Donald Trump. Y ese parapeto de interinato logró parecer una estructura medio decente gracias al liderazgo internacional de Estados Unidos. Países y países se sumaron a algo incierto porque el halcón lo dijo. Eso, amigos de Voluntad Popular que hoy se arrastran impúdicamente por Washington para tender un puentecito con el Partido Demócrata, se lo deben al insoportable Trump.

Elliott Abrams fue designado, Estados Unidos apoyó los infantiles despropósitos del interinato (entiéndase, la ayuda humanitaria y el alzamiento de abril), hubo orden ejecutiva nuevamente contra funcionarios chavistas, el secretario de Estado, Pompeo, giró por la región a favor de los venezolanos; a Guaidó lo recibieron con honores en el Congreso y en el Despacho Oval —como si el hombre realmente fuera lo que cree que es—; atendieron a Simonovis, escucharon a Borges y a Vecchio algún pasante lo coló en las reuniones.

Estados Unidos dio y dio plata, quizá de manera irresponsable, a unos teenagers que solo piensan en vicios y frivolidades.

Y sigue la interminable cuenta de tanto que ocurrió. Imagino, claro, que en este esfuerzo dejamos por fuera tantas otras iniciativas de la Casa Blanca a favor de la libertad de Venezuela. Ah, pero a algunos deficientes, tremendos limitados y oportunistas de poco valor, se les ocurrió la idea de que Donald Trump, el odioso Donald Trump, nunca fue un verdadero aliado de nuestra causa sino que todo fue puro teatro electoral. Ah, nos llaman, a nosotros, los que solemos agradecer los gestos, los que vamos más allá de la irracionalidad emocional del colectivo y reconocemos el valor estratégico de nuestros aliados, magazolanos. Claro, es con todo el empeño despectivo. Pues, déjeme decirle, compañero magazolano, que esos tipos son unos idiotas.

Aquí no se trata de respaldos emotivos o fanatismo disparatado. Hablamos, de hecho, de la capacidad de poder reconocer qué es lo que más conviene para la causa egoísta, ombliguista —o como a usted, bidenzolano, le dé la gana de llamarla—, de la libertad de Venezuela y, en consecuencia, la libertad de la región. Así que, magazolanos, uníos: a cruzar los dedos por que las encuestas sigan haciendo lo que mejor han hecho: predecir, con su desacierto, el triunfo de Donald Trump.

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