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Venezuela, el ocaso debe llegar primero

Por: Pablo Sánchez - Jul 29, 2014, 11:54 am

En Venezuela, los mal llamados partidos políticos, los “intelectuales”, los gremios, los clérigos, las Fuerzas Armadas, los grandes empresarios y las demás instituciones y personalidades, cuyo deber —en el fondo— es el de engrandecer y resguardar nuestra nación, han fracasado. Su tiempo ha pasado. Este decadente sistema político debe morir; uno nuevo debe surgir, mas no uno de relevo, sino uno completamente distinto.

Aunque Chávez se presentó como el presidente que transformaría la política venezolana, solo agudizó los males estructurales del populismo tradicional (SIBCI)
Aunque Chávez se presentó en 1998 como el presidente que transformaría la política venezolana, solo agudizó los males estructurales del populismo tradicional. (SIBCI)

Todo sistema político está compuesto por ciertos valores, normas y estructura, y por determinados actores que lo inspiran, moldean, ordenan y dirigen; cuando son revisadas estas características en el actual sistema político venezolano, vemos su nociva perversidad, y la necesidad de un cambio urgente y abrupto.

Las ideas que dieron inicio a la pseudotransición de 1999 no tenían nada de novedosas; por lo que jamás se gestó una verdadera transición, sino únicamente la agudización de las mismas políticas populistas, demagógicas, asistencialistas, rentistas y clientelistas de los períodos anteriores. Cambió la forma, eso es innegable… les cambiaron el velo, les inventaron nombres rimbombantes: ¡Más circo para el vulgo! Pero, en esencia, el de hoy sigue siendo el mismo sistema de hace 55 años.

Esa propuesta de reestructuración del Estado que hoy se plantea como algo innovador es, sin duda, una bandera que los amos del pasado hubiesen querido izar… pero no les alcanzaron los whiskies para ello. ¡Las comunas! Ese “nuevo” mecanismo de participación, no ha sido celebrado con mayor intensidad en otro lugar más que en la Casa del Pueblo. El “nuevo” régimen no es más que el hijo devoto del antiguo, cumpliendo las metas que su padre no pudo alcanzar. No hay nada esencialmente nuevo, nunca hubo tal cambio; el chiripero se alborotó y salieron “nuevas” chiripas, sólo eso.

¿Y los actores del sistema? ¡En ellos reside la mayor responsabilidad del desastre! Los “partidos políticos” oficialistas hacen lo que les venga en gana, porque su contraparte les es absolutamente permisiva y hasta alentadora. Los gremios demuestran que su presencia efectiva es casi inexistente: ninguno defiende lo que le compete; el gobierno impone, ellos solo ejecutan.

Acerca de los “intelectuales”… ¿qué puedo decir de quienes hacen Manifiestos de Bienvenida para recibir a los que luego se convierten en los verdugos de Venezuela? Lo del clero es sencillamente deleznable: no se puede estar bien con Dios y con el Diablo al mismo tiempo; ser permisivos con el comunismo es cavar su propia tumba. Por otro lado, las Fuerzas Armadas: ¿Qué hay de su promesa de defender la nación? ¿Tan rápido la olvidaron? Y ni hablar de los grandes empresarios, sin cuyo concurso hubiese sido prácticamente imposible sostener el modelo (anti)económico de este régimen comunista.

¡Y que no sea yo tomado por pesimista en función de lo antes dicho! Conocer nuestra realidad nos llevará a hacer un buen diagnóstico, y a tomar las decisiones correctas desde ya.

Todo lo que conforma al actual sistema político, representa, en esencia, aquel componente de resentimiento que se ha generado durante el devenir histórico de nuestra Nación. Alcanzar un mejor futuro pasa, indudablemente, por un cambio profundo de nuestro sistema político. Este cambio empieza desde, pasa por y termina en la cultura, pues la política es un reflejo de aquella. La ausencia de un sistema político digno es muestra de una cultura indigna. Los valores comunes de una sociedad sana —vida, libertad y propiedad— no se ven siquiera reflejados en la actualidad. Eso debe cambiar.

Un auténtico cambio generacional —en contraposición al “relevo”, planteado por la gerontocracia de los cárteles del mercadeo político—, es elemental. No debemos ser la renovación del pasado; el futuro debe ser completamente distinto. El Estado —una vez sea reinstituido— tendrá que ser fuerte, mas no grande, ni interventor. Los gremios tendrán que ser los principales promotores y defensores de sus áreas de desempeño. Los sacerdotes, pues a sus respectivas iglesias. Los militares, una vez que cumplan con su irrenunciable juramento, deberán regresar a sus cuarteles; no es vendiendo pollos como defenderán nuestra nación. Los intelectuales serios tendrán que desarrollar ideas y ser faros del pensamiento de la sociedad; no ser mercenarios del statu quo, ni sostenes de la politiquería. Los grandes empresarios tendrán que producir, competir, reinventarse y superarse constantemente, defendiendo los intereses de Venezuela e invirtiendo en la generación de verdaderas riquezas.

Por último, la gran política tendrá que ser rescatada, ¡basta ya de los mercaderes de esperanzas! La política tiene que ser eso, política; hombres de Estado —estadistas, no estatistas— tendrán que ser los que guíen el devenir de esta promisoria nación.

Y parafraseando a un inmortal filólogo alemán: “Para crear hay que destruir”. Entonces, para que surja la Venezuela Futura, el ocaso debe llegar.