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Soberanía alimentaria a la venezolana, venta eterna del sofá

Por: Staff de PanAm Post - Ene 12, 2015, 9:47 am

EnglishLa lógica es aplastante, o delirante, según se vea: “Hay colas porque hay comida, si no hubiera comida no habría colas”. La frase, del vicepresidente de Soberanía Alimentaria y ministro de la Secretaría de la Presidencia, Carlos Osorio, es —o busca ser— un intento de tranquilizar a los venezolanos ante el desesperante panorama de abastecimiento de alimentos que vive el país y que se ha agravado en enero.

Los ciudadanos pasan hasta 12 horas en las filas intentando conseguir leche, detergente, pañales para sus hijos o pollo, entre otros productos que escasean; y esta frase de Osorio se suma a otras de dirigentes del “chavismo” que  quedarán para la Historia, en esta hora menguada que le ha tocado vivir al otrora rico, poderoso y democrático país suramericano.

El título del cargo de Osorio, “Mayor General” (es decir, militar) y vicepresidente de Soberanía Alimentaria es, al menos irónico, considerando que Venezuela debe importar hasta 70% de los alimentos que consume. Hasta 1998, cuando el chavismo tomó el poder, era un país autosuficiente en producción de su comida. Antes de decir que “hay colas porque hay comida” el sábado, el funcionario había dicho el viernes que la gente no debe desesperarse por conseguir leche, porque “80% de la leche la trae el Estado importada”.

El chavismo entiende “Soberanía Alimentaria” como que el Estado asume directamente la importación de alimentos; los venezolanos no tienen muy claro, hoy, de dónde viene nada de lo que comen, ni si tiene controles sanitarios. Escándalos como que se entierren toneladas de alimentos, que se pudren en los muelles de los puertos venezolanos, han proliferado en los últimos años.

Parte de la frase de Osorio sobre las colas es cierta. Los venezolanos han asumido tanto la escasez que saben que si frente a un supermercado no hay colas, es porque, casi con seguridad, ese supermercado no tiene nada que ofrecer, o los productos que ofrece están a precios impagables para los habitantes de una nación en la que cancelar una canasta básica —que incluye la canasta alimentaria, entre otros bienes de primera necesidad— cuesta más de seis salarios mínimos.

Los venezolanos pasan las noches en las colas, pero el Gobierno, como el alemán del chiste, prefiere vender el sofá. En otra frase que ha causado al unísono hilaridad e indignación, el gobernador del central Estado de Yaracuy, Julio León, prohibió que la gente pernocte en filas para comprar alimentos. Señala que eso “genera zozobra en la población”.

Durante el fin de semana, el Gobierno, desesperado por aparentar una normalidad que solo aparece en los medios de comunicación, censurados o autocensurados, desplegó pequeños mercados a cielo abierto por toda Caracas. La escasa cantidad de alimentos que se vendían, y las largas filas, fueron la fuente de varios disturbios e incluso de conatos de saqueos, en la capital, en Guatire, una ciudad dormitorio cercana a Caracas, y en Maturín, a unos 600 kilómetros al oriente.

El antecesor de Nicolás Maduro, Hugo Chávez, emprendió —asesorado por Juan Carlos Monedero, hoy por cierto, ideólogo de Podemos en España— una campaña de nacionalizaciones y expropiaciones de tierras e industrias para controlar la producción de alimentos en Venezuela.

Esa campaña, apoyada por unos precios del petróleo altos, fracasó, y ahora Maduro se enfrenta simultáneamente al fracaso de ese modelo (que no puede cambiar, sin ser acusado de traidor) y a la caída, a la mitad, de los precios del petróleo.

Chistes aparte, este fracaso más reciente —y ojalá el último— del modelo socialista en el mundo, tiene a los venezolanos en una encrucijada.

El Gobierno apuesta todo, como lo indica la gira de Maduro por los países productores de petróleo OPEP, a que vuelvan los precios altos del crudo, algo que no parece probable. Y a reprimir: Los mercados están militarizados, y el que proteste o intente cualquier cosa va preso.

Ya lo advirtió, en otra frase que quedará como crónica de estos tiempos, el vicepresidente del país, Jorge Arreaza: “El que quiera acompañar a Leopoldo López […] debe saber que en Ramo Verde [prisión militar donde López está detenido] quedan bastantes celdas disponibles”.

Una amenaza que los venezolanos saben, va absolutamente en serio.