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Carta al venezolano que murió de hambre en un calabozo de Caracas

Por: Pedro García Otero - Oct 4, 2016, 12:35 pm
El calabozo en el que Pedro Pablo Gómez fue hallado muerto de hambre se encuentra en agudo hacinamiento, como muestra esta foto de abril. (Globovisión)
El calabozo en el que Pedro Pablo Gómez fue hallado muerto de hambre se encuentra en agudo hacinamiento, como muestra esta foto de abril. (Globovisión)

Sé que te llamabas Pedro Pablo Gómez Mendible; sé que tenías 30 años. Sé también, lo sé ahora, que te encontraron muerto de hambre, de desnutrición, en Chacao, a pocos metros del centro comercial más imponente de Caracas, Venezuela, en un calabozo.  Lo supe por un escueto tuit: Eras poca noticia para las primeras páginas de los periódicos, la mayoría de ellos autocensurados, más ocupados en proclamar las glorias inexistentes de un Gobierno que no tiene ni glorias ni ya casi existencia que en ocuparse de los problemas reales de los venezolanos. Quizás otros editores, los de los escasos diarios que permanecen independientes, habrán pensado que te lo merecías, que si estabas preso sería porque no eras un angelito.

Pero yo creo que nadie merece morir de inanición. Debe ser una muerte terrible: según la revista Muy Interesante, el cuerpo “básicamente se come a sí mismo”. “Aguantamos mucho más de lo que parece”, concluye el artículo, que señala que el proceso, dependiendo de la fortaleza de la persona, va de los 30 a los 70 días.

Siendo un hombre en la flor de la juventud, uno imagina que de los tres meses que habías pasado en los calabozos de la policía municipal (hoy intervenida por otro capricho de ese Gobierno sin glorias, inmoral e ineficiente, como diría Jean Francois Revel), la mayor parte te habrás consumido, poco a poco, hasta caer en el marasmo, la arritmia cardíaca y finalmente el deceso. Para más, Angélica Lugo, la periodista de Sucesos que nos comenta tu fallecimiento, Pedro Pablo, nos hace notar que eres el segundo preso que muere en el mismo calabozo, en apenas dos semanas (el anterior falleció de tuberculosis, con todo lo que eso representa en una cárcel hacinada).

En Venezuela, cuando un ladrón es de poca monta, solemos decir “es un robagallinas” o “es un muerto de hambre”. Cómo se sabe, somos un país rico en hampa especializada, en delincuentes legendarios, casi siempre cercanos al Gobierno o en connivencia con este. A lo mejor ese no era tu caso: Según la ONG Una Ventana a la Libertad, que atiende el tema penitenciario, en este país hay más de 33.000 presos en calabozos policiales, contra unos 50.000 en el sistema de cárceles y centros de detención.

 

Es decir, el que tiene la desgracia de caer en un calabozo, por una pelea, por hurtar un reproductor de un automóvil o un celular, tiene buenas posibilidades de encontrarse, adentro, con homicidas curtidos, violadores y secuestradores. Es, desde que pone un pie en el reclusorio, carne de cañón. A lo mejor a Pedro Pablo hasta le llevaba la comida un familiar, y alguien se la comía por él, otro preso, más malandro, más fuerte y sin nada de corazón. Pedro Pablo, por una espantosa mueca del destino, fue un ladrón “muerto de hambre”, literalmente hablando.

Huelga decir que tanto en calabozos como en las cárceles el hacinamiento es espantoso, casi de tres a uno (donde debería haber una persona hay tres) y que la funcionaria a cargo de las cárceles desde hace casi un lustro, Iris Varela, es el perfecto ejemplo de incompetencia palmaria con boconería que caracteriza a todo el gabinete de Nicolás Maduro. Si el chavismo se caracterizaba por ser lo peor de cada casa (militares últimos de sus promociones, sempiternos estudiantes de izquierda, resentidos de toda laya) el Consejo de Ministros de Nicolás Maduro es, a su vez, lo peor del chavismo.

Iris Varela, desde que tiene su cargo, aparece muy pocas veces en público, lo que es una rareza. Pero cuando lo hace, tiene dos o tres obsesiones habituales: una es llamar homosexual a Henrique Capriles en particular y a la dirigencia de oposición en general; la otra es mover presos de una cárcel a otra cuando estalla una crisis, sin orden ni concierto (y, supone uno, con pérdida de presos cada vez que se realizan estos traslados); la tercera, es aparecer en fotos con “pranes” de las cárceles, como “el Conejo”, líder de la cárcel de Margarita, asesinado pocos días después de salir de prisión. Nunca se sabrá quién lo mató, porque 97 % de los homicidios quedan impunes en Venezuela, y eso hace más dolorosa aún la muerte de Pedro Pablo Gómez Mendible: ¿Era culpable de algo? ¿De qué? ¿Cómo saberlo en un país que lo condenó de antemano a pasar tres meses en un calabozo, hacinado y pasando hambre, y sin el debido proceso? ¿Merecía morir, siquiera merecía estar preso, si 97 de cada cien asesinos andan libres por la calle?

Además, Pedro Pablo, como otro preso, que reseña hoy la prensa y que murió de tuberculosis, también, en la Penitenciaría General de Venezuela, a 100 kilómetros al sur de la capital, falleció bajo la custodia del Estado venezolano. Es decir, murió cuando el Estado debía cuidarlo para que, entre otras cosas, eso no sucediera.

El “pran” de la cárcel en la que murió el preso por tuberculosis le mandó un video a Varela y entre las muchas cosas perturbadoras que se pueden decir de este testimonio gráfico, una es particularmente dolorosa: El recluso se expresa bastante mejor que la ministra. Aunque Ud. no lo crea, esa es una ministra de los Gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

En el caso de Pedro Pablo, es correcto decir el Estado venezolano, porque aunque técnicamente la comisaría donde falleció pertenece a un municipio, el Gobierno de Maduro intervino esa policía hace cinco meses, y la mantiene intervenida, porque supuestamente algunos de sus funcionarios asesinaron a un general retirado del Ejército. Y aunque la Fiscalía no encontró delito en esos funcionarios y pidió su excarcelación, los funcionarios permanecen detenidos y la policía intervenida. Una prueba más de que en Venezuela no existe Estado de Derecho.

Yo solo espero que Pedro Pablo Gómez Mendible, que tenía 12 años cuando Chávez prometía recuperar a la infancia abandonada, antes de llegar a la presidencia, encuentre en el más allá la paz que no encontró en esta vida. Porque Pedro Pablo estaba en una cárcel de esa otra cárcel que es hoy Venezuela, sin libertad, donde cualquiera puede ir preso meses y meses, o años, en juicios amañados o interminables.

En eso nos ha igualado la revolución: Leopoldo López puede ser igual a Pedro Pablo Gómez Mendible. Pero como en Rebelión en la Granja, hay “animales más iguales que otros”: A los que robaron, y roban, millones, no los llaman ladrones, sino ministros, presidentes, “empresarios” o “camaradas”.

Quizás lo correcto, en esta cárcel de 916.000 kilómetros cuadrados, lo correcto sería llamarlos “pranes”. Ellos mandan en la cárcel, deciden si comemos o no, mientras todos los demás estamos muriéndonos de hambre.

Pedro García Otero Pedro García Otero

Pedro García fue editor del PanAm Post en español. Periodista venezolano con 25 años de experiencia en cobertura de temas económicos, políticos y locales para prensa, radio, TV y web. Síguelo @PedroGarciaO.