Una crónica desde Caracas, a tres días del apagón del fin del mundo

Si alguien necesitaba una prueba de la indiferencia criminal que rodea al régimen de Nicolás Maduro, una mirada a lo sucedido en estos días debería despejarle toda duda...

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apagón
El apagón que se ha extendido por todo el país durante tres días es una muestra del colapso comunista de Venezuela (Sputnik)

Son las 5:38 minutos del domingo 10 de marzo, día del Médico en Venezuela (se celebra el aniversario del natalicio deJosé María Vargas, uno de los mayores símbolos de la civilidad en el país, junto con don Andrés Bello), y hacen exactamente 73 horas, es decir, tres días y una hora, desde que estalló la crisis terminal del sistema eléctrico venezolano con un apagón que en este momento me permite un respiro.

Esta es una crónica escrita en primera persona, lo que obliga a ser preciso para el momento histórico. No he padecido una gran tragedia; tuve luz el sábado entre 5 de la mañana y 11 am, cuando el segundo gran apagón nacional comenzó. Luego he tenido otro par de horas, entre 11 am y 2 pm de este domingo, y a las 5:38 pm, justamente tres días después, ha comenzado a haber luz nuevamente.

A menos de dos cuadras de mi casa, en la policlínica La Arboleda, la planta de emergencia continúa prendida.

A dos cuadras en otra dirección, en el J.M. De Los Ríos, los pequeños, según dice el periodista Dereck Blanco, gritan que tienen hambre desde las ventanas. Los colectivos que están en la puerta del principal hospital de niños de Venezuela amenazan a los niños que están hospitalizados. Así de bajos son los colectivos.

En este momento mi preocupación principal es el agua potable, que se está terminando en mi edificio, sin trazas de volver, y mientras los botellones de agua mineral que bebemos se están consumiendo irremisiblemente.

Pero insisto en que mis preocupaciones, al lado de las de la mayoría de mis compatriotas en este momento, son triviales. Nada comparadas con los 296 muertos que, según NTN, hay en el hospital Universitario de Maracaibo; o la de las personas que necesitan dializarse. O las de Ada Carrillo, de 76 años, que me contaba en la radio cómo está viendo consumirse el oxígeno que necesita para vivir porque padece EPOC, como si fuera una astronauta en el espacio exterior.

Los sufrimientos de Venezuela en esta hora aciaga, terminal, del comunismo, son indescriptibles.

Indiferencia criminal

Ante estos sufrimientos, la respuesta de la cúpula del régimen es tan indiferente que el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, ha afirmado esta misma tarde que «afortunadamente no hay nada que reportar de importancia al país”.

A ese mismo país de Ada Carrillo y de los niños que padecen hambre en el J.M. De Los Ríos, Padrino López le dice que «la paciencia nos dará la victoria porque es la paciencia lo que precisamente ellos quieren fracturar para convertir el país en un caos y llamar a la intervención».

Es decir, la cúpula que en esta mala hora ha arruinado Venezuela y sencillamente no quiere irse, le está diciendo a Ada, a los niños, a los dializados, y a mí, que temo por la falta de agua, «inmólense por nosotros, mueran por nosotros, tengan paciencia. Algún día seremos un país próspero. Vamos a llegar a ese país como Colón, que pensaba darle la vuelta al mundo para llegar a Cipango, a Japón».

No hay nada más criminal en un régimen que ve que se le va la luz por completo tres días que la política de este régimen del que hablamos: no ha provisto un camión de comida en un barrio, ni un operativo de agua potable (ahora mismo Padrino lo señala como una de las prioridades), sino que les ha ofrecido lo único que puede ofrecer, lo único que puede ofrecer siempre: Propaganda. Acudir a la hipótesis de que han sido saboteados, que enfrentan enemigos poderosos.

La patria sitiada, pues. Patriotismo, el último refugio de los canallas, que decía George Bernard Shaw. Estos llevan demasiado tiempo arropándose con la bandera.

Lo dicen los mismos que han permitido que se robaran dos veces el valor completo del sistema eléctrico venezolano sin hacer una sola solicitud de captura internacional.

No les van a alcanzar cien años de vida para pagar el daño que han hecho.

Nuestro «comunismo-goulash»

En medio de esta crisis, me han llamado numerosos amigos del exterior, a los que he atendido en la medida en que he tenido luz e internet, es decir, casi nunca, y exclusivamente por Whatsapp, la única telefonía disponible a veces.

A todos les he dicho que esta es la consecuencia final del comunismo, y que aquí, así como Maduro decidió que rompería con nuestras cabezas el muro final al que se enfrentan todos los comunistas (el de la maldad e ineficiencia inherentes al sistema), hace rato que pasamos el período de colapso.

Supongamos, como ejemplo, que la Unión Soviética no hubiese colapsado en 1991, sino en 1993. ¿Cuánto daño adicional hubiera sufrido el pueblo ruso?

Me ha sorprendido la respuesta de todos ellos, en general gente sensata y para nada de izquierda: «Esto es un régimen de hampones, de narcotraficantes, pero no es comunismo».

A todos les he dado la misma explicación: sí es comunismo.

El comunismo es el marco ideológico totalitario en el que se mueve esta dictadura. Chávez, primero, y Maduro, después, han dado a Cuba todo lo que Cuba necesite, con una sola contraprestación: La de la instalación de una dictadura militar de corte marxista.

Además, hay solamente que observar a Nicolás Maduro. Las únicas veces que le he percibido algún fonde de conocimiento en sus declaraciones es cuando habla sobre marxismo. En el resto de los temas humanos, su ignorancia es crasa y supina, casi delirante.

La injerencia cubana, por supuesto, explica por qué no se quiebran las Fuerzas Armadas. Porque están penetradas hasta la médula, no solo ideológicamente, sino con espionaje. Algo parecido han logrado en los barrios pobres, pero estos ya se le están volteando a la opresión porque son, por su propia naturaleza, ingobernables.

También les he agregado que el comunismo no fue homógeneo: Jamás fue un one-size-fits-all. Donde se ha instalado, ha respetado ciertas costumbres locales.

La muestra más acabada de este tipo de comunismo fue el de Hungría, el llamado «comunismo goulash» que, por ejemplo, permitió que el gran desarrollo agrícola de esa meseta en el centro de Europa siguiera sirviendo para alimentar a todo el continente, mediante el respeto relativo de la propiedad privada en ese particular.

A Hungría, por cierto, le fue bastante mejor que al resto de Europa durante los años de la cortina de hierro.

Bueno, y eso es el comunismo venezolano. Respeta ciertas características locales, y sobre todo, las de su clase dirigente, hoy, practicamente en su totalidad, características del hampa común o del hampa organizada. Se ha mezclado con narcotráfico, con relaciones non sanctas con el medio oriente, con regímenes criminales del Asia Central, y con la inveterada corrupción de la República de Venezuela, esta vez con esteroides.

Eso también explica por qué no se quiebran las fuerzas armadas. Es esa combinación la que ha producido la peor crisis humanitaria de la historia de América, que amenaza con desbordarse y que puede, en pocas semanas, cambiar extraordinariamente la situación de toda la región.

¿Cuánto tiempo más podrá seguirse negando Nicolás Maduro a recibir la ayuda humanitaria sin que los propios EEUU, Brasil y Colombia se lo exijan?

Hay una reunión Trump-Bolsonaro el 19 de marzo, pero faltan 10 días, y los acontecimientos pueden precipitarse.

Esta es la crónica desde el centro de Caracas de Venezuela, tres días después del megaapagón que la ha devuelto al siglo XIX.

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