España: Vox sorprenderá porque la izquierda todavía no entiende nada

Vox se ha convertido en un fenómeno político en España y la izquierda sabe que poco a poco se está debilitando.

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Vox
Mitin de Vox en Valencia. Todas sus convocatorias han sido llenos totales en enormes superficies de eventos (Twitter)

I

No ha habido mejor propaganda electoral para Vox, la opción de extrema derecha española, que la hecha involuntariamente por CTXT, la revista Contexto, cuando un «periodista» de (también extrema) izquierda, con su acento snob madrileño, entrevista a quien, de aquí en adelante, denominaremos «el currante» (trabajador, así lo han definido las redes sociales) para preguntarle qué piensa del debate entre candidatos a la presidencia de España.

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«Yo lo que quiero es que salga (gane) Vox», dice «el currante», mientras el snob periodista de izquierda le dice «pero tío, cómo vas a votar por tus enemigos de clase«.

Lo que sigue, sin siquiera quitarse la lámina de dry wall del hombro, es el minuto y medio más valioso de la campaña electoral española: «Nunca me fue tan bien, nunca tuve tanto chollo (trabajo) como cuando gobernó la derecha», declara ante la cámara  con expresión relajada y convencida.

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Y le da, de paso, en la madre a Pablo Iglesias, convertido en símbolo de esa izquierda mundial snob y farsante, al recordarle su chalet de 600 mil euros. Concluye diciendo algo así como «yo lo que quiero es que dejen de meterme la mano en el bolsillo».

Como CTXT está convencida de tener la verdad, no solo el «periodista» de CTXT le dice al «currante» que Iglesias tiene su chalet por haber sido profesor universitario (en un país en el que, como casi todos, somos los profesores universitarios los que subvencionamos la educación por la vía de honorarios de miseria), sino que cuelga los videos del «currante» en sus redes y pone un tuit así como «miren al idiota este, que no es neomarxista, no tiene conciencia de clase«. El tuit desata 2 mil respuestas mandando al medio, más elegante o más ásperamente, al carajo.

Merecido se lo tienen, por creer, como todos los prevalidos, que saben lo que le conviene al «currante» mejor que el propio «currante».

II

La izquierda, que desde la caída del Muro de Berlín no entiende que esta muerta, y como zombi, sigue caminando, ha encontrado en las falsas reivindicaciones una manera de mantenerse con vida.

Ha encontrado también un público para estas «reivindicaciones»: no es, por cierto, la sufrida clase trabajadora, a la que en la mayoría de los países industrializados, y como dice «el currante» nunca le ha ido mejor en la Historia que de 1991 a esta parte; sino una «neoizquierda» que ha surgido mayormente en las universidades y centros de Gobierno, y en algunos medios de comunicación.  Un reducto que surge, en parte, por una comprensible aversión a ese «fin de la Historia» del que hablaba Fukuyama, en el que no hay un mejor contrato social, inventado o por inventar, que la democracia liberal.

Es casi un cliché el del izquierdista de iPhone y Starbucks que defiende a Maduro en Twitter, pero ni siquiera sabe dónde queda Venezuela: a falta de cosas concretas que proponerle al «currante», esa «neoizquierda», empieza a proponer «logros simbólicos» o «desigualdades» por llenar que pertenecen al terreno de la lingüistica o de los agravios no satisfechos, pero eso sí, siempre intangibles y, sobre todo, que quedan bonitos con una foto y 280 caracteres.

El tinglado de lo que comúnmente ahora se denomina «postverdad» o «verdades alternativas» (una forma hipócrita de denominar, igualmente, a la desinformación propagandística de toda la vida) se alimenta de un aparato brutal de medios que, nuevamente, divulga esa propaganda de falsos problemas, o problemas sobredimensionados hasta tapar los verdaderos: Aquí la igualdad de derechos de la mujer, allá el cadáver de Francisco Franco, por otro lado el del lenguaje de género.

Así, Alexandra Ocasio-Cortez (tonta, con propuestas fracasadas durante un siglo, pero étnicamente correcta y con sex-appeal, que queda bien para el público de las redes sociales), puede no saber nada de economía, pero le propone a Estados Unidos emitir moneda inorgánica, «un poquito, que eso no hace daño» (lo mismo por cierto empezó diciendo Hugo Chávez), y logra que El País, parte de la maquinaria mediática de esta izquierda, llame «nueva teoría monetaria» a lo que no es más que otra forma de robarle al «currante» el valor de su salario por la vía de la inflación, como saben, mejor que nadie, los propios trabajadores.

Vox responde a estos planteamientos con una propuesta muy concreta: «Nosotros no te vamos a meter la mano en el bolsillo». Y desarma completamente el discurso hipócrita de la izquierda, victimista y quejica, porque es una aspiración muy lógica del «currante», el que carga el dry wall, la de no deslomarse para que Pablo Iglesias tenga una casa de 600 mil euros y los eurodiputados viajen dos veces a la semana a Bruselas en primera clase, sino para atender sus propias y humanas necesidades.

Adam Smith no lo habría dicho mejor que el señor de la lámina: no me vengan a mí con monsergas sobre el lenguaje de género, cuando mi rollo es que la espalda me está matando y lo que me gano son 900 euros al mes.

Que luego Vox cumpla -o no-, está por verse (ojalá haya un político que de verdad quiera gastar menos del dinero ajeno), pero en todo caso, que la izquierda se sorprenda de que el «currante» y su esposa, la cajera de supermercado, vayan a votar por Vox indica lo desligada que está de la gente que, comprensiblemente también, se hartó de pagar hasta la mitad de sus ingresos en impuestos, y de que, además, toda la maquinaria mediática le diga que eso es bueno, y hasta es delito intentar eludir esa carga tan pesada.

Esto, sin que nadie se conduela de todo lo que cuesta trabajar para que un socio usurario, en este caso el Estado español, se quede con la mitad de tu sudor en aras de una supuesta «redistribución de la riqueza» que lleva años operando, pero entre el «currante» y Pablo Iglesias, es decir, el que medra de la política.

No entre los más ricos y los más pobres, que por cierto, reman en la misma dirección, como dice el «currante»: a los pobres también les va mejor cuando les va mejor a los ricos, y esto es un axioma probado en 300 años de investigación económica.

III

Soy español, porque mis padres lo fueron, porque tengo un pasaporte español y pago impuestos en España cuando me toca hacerlo (maldiciendo casi siempre, tengo que admitirlo); es un país al que amo y al que en cada oportunidad que puedo visito, en el que ahora vive mi hijo, y que, si finalmente tengo que abandonar Venezuela, es mi primera y casi única opción para sobrevivir.

Jamás he votado en unas elecciones españolas, sin embargo, porque aunque he visto toda mi vida la política de España, desde la Transición, en mi adolescencia, hasta hoy, considero que no es lo mismo seguirla como espectador que estar involucrado en ella.

Alguna vez me he sentido tentado a hacerlo, entendiendo que 90% de la gente vota sin información suficiente, pero me ha parecido deshonesto intelectualmente y he terminado absteniéndome.

Pero como también soy venezolano, y he vivido esta película de 20 años completa, al punto de que casi voy por el final (no sé si de la película o de mi resistencia), sí he visto todo el proceso en el que el chavismo-madurismo, es decir, el comunismo al estilo cubano, ha ido despojando a mi pueblo de todas sus conquistas tangibles (salud, educación, aspiración a progresar, algo tan humano como querer un carro nuevo o una lavadora nueva, e incluso poder elegir quién lo gobierna), y se las ha ido sustituyendo por sueldos que no compran, casas que no existen, una supuesta «soberanía» que no es tal y elecciones en las que siempre ganan los mismos, contra toda lógica y veracidad. Por un montón de paja, vamos.

En el camino, además, los miembros de esa clase dominante han ido, ellos sí, apoderándose de todo lo real: Ellos son los únicos que pueden tener casoplones, carros nuevos, aviones, y champaña y viajes al exterior. Y eso son los chavistas hoy, los terratenientes de un erial anteriormente llamado Venezuela.

Con matices, lo que le propone esta izquierda a España y al mundo entero es lo mismo que le da Nicolás Maduro a mi patria natal. Y el engaño se produce mientras nos entretienen con falsos debates, dilemas, postverdades, mientras la verdad del «currante» es llegar a final de mes con lo que gana sin que se lo roben «legalmente»; sin que sea permisible, tan siquiera, un debate sobre si lo que se gasta en impuestos está bien gastado o puede ser utilizado con mayor eficiencia.

Proponer ese debate en España (el del gasto público y la carga fiscal salvaje) es, me ha constado como espectador y como visitante, prácticamente anatema. Ante todas estas cosas se rebela el «currante» y vota por Vox: como se ha dicho atinadamente, cada vez más, los reductos obreros son los que votan por la derecha. 

IV

Cierro estas líneas, ya largas, con la sorpresa de otro de mis colegas de izquierda, del Diario de Sevilla, que no entendía que el Palacio de los Deportes de su ciudad se llenara con Pablo Abascal de Vox, y se horrorizaba cuando uno de sus teloneros, el general de Brigada Agustín Rosety, gritaba: «los pescadores de Barbate no están preocupados por el heteropatriarcado capitalista».

Y no sé por qué se horrorizaba por ello, porque nadie tiene más razón que Rosety. Los pescadores de Barbate saben perfectamente lo que les conviene y lo que desean para sus vidas, y eso, ciertamente, no está en el discurso vacío de la izquierda.

Nada de esto significa, por cierto, que me guste particularmente Vox. Como ya dije, no opino sobre animales que no conozco (en este caso la política española), y me desagrada, de este partido, su españolidad de tricornio de Guardia Civil, de toro y pandereta, cuando creo que el futuro está en la Unión Europea.

No me gustan sus candidatos militares porque soy antimilitarista. Y tampoco me gustan particularmente los patriotismos, ese último refugio de los canallas, como decía Bernard Shaw.

Pero sí me gusta que Vox muestre que un debate sobre el gasto público y sobre el exacerbado Estado de Bienestar español es posible, y que defienda la integralidad del territorio ante quienes pretenden secesiones, precisamente, para seguir medrando del gasto público sacado de las costillas del pescador de Barbate.  Tengo clarísimo, además, que por todo esto, Vox representará la gran sorpresa de las elecciones de este domingo.

Y me parece que está bien que se empiecen a discutir estas cosas, que si queremos más o menos Estado sea un debate y no una verdad (que queremos más) escrita en piedra. Porque cuando no se discuten, los países terminan como Venezuela, llenos de palabras y barrigas vacías, y gobernados por una cáfila de hampones que, ahora sí, por las malas, nos someten.

Si nos descuidamos, Ocasio Cortez y Pablo Iglesias también serán Maduro. Y eso es lo que tiene claro el currante.

Casi todos los currantes, en realidad.

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