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¿Qué hay de malo en que baje el petróleo?

Por: Peter Schiff - Feb 12, 2015, 7:53 pm

La repentina caída en el precio del petróleo ofrece una oportunidad única para examinar la creencia generalizada de que la deflación es un veneno económico. Mientras muchos gobiernos y bancos centrales se han comprometido a luchar contra la deflación a toda costa en el 2015, la cuestión difícilmente podría ser más significativa.

Mientras la caída de los precios puede parecer una causa de celebración al hombre común, los economistas creen que puede dar inicio a un desagradable, y frecuentemente ineludible ciclo negativo, que muchos creen que conduce inevitablemente a una recesión prolongada o incluso a una depresión.

Salvo para los países productores, precios más bajos de la energía favorecen a la economía (Flickr)
Salvo para los países productores, precios más bajos de la energía favorecen a la economía (Flickr)

Sin embargo, estos mismos economistas reconocen que la caída de los precios de la energía puede ofrecer un estímulo equivalente a un enorme “recorte de impuestos”, particularmente para los consumidores de ingresos bajos y medios para quienes los costos de energía representan una porción importante del ingreso disponible.

Ellos sugieren que el dinero que los consumidores y negocios ya no gastan en gasolina y combustible para calefacción, podría ser empleado en otros bienes y servicios, creando así demanda en otras áreas de la economía. Incluso la presidente de la Reserva Federal, Janet Yellen, una firme defensora de los beneficios económicos del aumento de los precios de consumo, ha ensalzado los beneficios de la caída de los precios del petróleo.

 

Después de considerar estas tensiones competitivas, la mayoría de los economistas concuerdan en que la caída en los precios de la energía es un neto positivo para una economía (excepto por los países exportadores de petróleo, como Rusia y Venezuela).

Pero el hecho de que incluso haya un debate es impactante. Debería ser claro para todos que los consumidores individualmente, y una economía colectivamente, se beneficia de la caída de los precios de la energía. Como mencioné en una columna a finales del mes pasado, nadie compra energía por el bien de la energía. Simplemente la usamos para hacer o conseguir las cosas que queremos. Entre más bajo es el precio de la energía, más baratas y abundantes se vuelven las cosas que queremos.

Pero si todos podemos concordar en que los precios más bajos de la energía ofrecen un beneficio, ¿por qué no podemos llegar a la misma conclusión acerca de los precios de los alimentos? ¿No obtendrían los consumidores, una enorme “reducción de impuestos” si la factura de sus comestibles cayera tan drásticamente? ¿Qué tal el servicio de salud? ¿No estaríamos mejor si nuestras cuentas de hospital y de seguros médicos cayeran dramáticamente de sus dementes niveles actuales? Pensemos en esto, ¿Por qué no estaríamos mejor si los precios en general cayeran? ¿Cuándo es que “demasiado” de algo bueno se vuelve “demasiado”?

 

Los economistas modernos nos dicen que mientras está bien que uno o dos sectores vean caídas en los precios, el peligro es cuando los precios caen en todos los ámbitos. Su teoría es que si los consumidores creen que los precios caerán con el tiempo, reducirán sus compras para conseguir mejores ofertas en el camino. Aún si la caída total es relativamente pequeña, sólo un 1% anual, por ejemplo, creen que cualquier cantidad de deflación eliminará la demanda y dará inicio a un ciclo donde la baja demanda lleva a ventas débiles, lo que conduce a la contracción de negocios, despidos, y una depresión en la demanda renovando así el ciclo descendente.

Pero la verdad es que la deflación no es la amenaza a consumidores y negocios que a los gobiernos les gustaría hacernos creer. El sentido común y economía básica nos dicen que los precios caen por dos razones: o bien, un exceso de oferta o una falta de demanda. En ambos casos la caída de los precios es útil, no perjudicial.

Durante gran parte de nuestra historia, el aumento en la productividad incrementó la oferta de bienes y forzó la baja de precios. La caída de los precios hizo que antiguos lujos fuesen asequibles a las masas, y de este modo fue posible la clase media estadounidense. Basados en datos de las Historical Statistics of the United States, los numerosos periodos de deflación sostenida no detuvieron el crecimiento económico estadounidense en los primeros 150 años de la República. (La inflación sostenida no se convirtió en el estado normal de las cosas sino hasta 1913, cuando fue creada la Reserva Federal).

Los precios también pueden caer cuando la demanda cae debido a la contracción económica. Cualquier dueño de un negocio te dirá que si los clientes dejan de comprar y los inventarios se vuelven muy altos, la mejor manera de crear nueva demanda es rebajar los precios. Esto es oferta y demanda básicas. La demanda aumenta cuando los precios bajan. En este sentido, la caída de los precios no es la causa de la contracción económica, sino la solución del mercado a la depresión de la demanda.

Pero los economistas de hoy están reescribiendo esta ley fundamental. A sus ojos, la demanda aumenta cuando los precios aumentan. Esto equivale a que un físico sugiera que la ley de la gravedad fuerza a los objetos a repelerse uno a otro, y que una piedra que cae de un techo caerá hacia arriba. Ponen, además, la lógica de cabeza al concluir que la caída de los precios es la razón de la disminución de la demanda. (Es como culpar a la lluvia por las aceras mojadas, y concluir que las duchas se detendrán si las aceras pueden ser secadas).

Los economistas también argumentan que la caída de los precios dañará a los negocios y conllevará al desempleo. Olvidan que los precios bajos también significan un incremento en las ventas, lo que lleva a ganancias más altas, más inversión de capital, mayor producción y mayores salarios reales. Henry Ford tuvo éxito y sus trabajadores prosperaron no porque haya subido los precios, sino porque los bajó. El más barato Ford Modelo T no impuso una carga en el público ni obligó a Ford a bajar los salarios. Más recientemente, la industria de la tecnología ha prosperado y ha pagado bien a sus trabajadores bajando consistentemente los precios.

Como resultado de estas ideas, los economistas abogan por políticas que fuerzan el alza de los precios. Pero lo único que hace esto es eliminar más demanda y prolongar la crisis que están tratando de curar.

Desde que Janet Yellen reconoció los efectos benéficos de la caída de los precios del gas para los consumidores, yo me pregunto si ella podría nombrar al menos una sola categoría de bienes que supondría una carga en los consumidores si el precio disminuyera.

Mi conjetura es que no puede. Si la baja en el precio de cualquier producto individual es buena, entonces la baja en el precio de todos los productos simultáneamente es aún mejor ¿Soy el único que se da cuenta de la inconsistencia en esta lógica?

Tal vez esta desconexión puede arrojar algo de luz en un tema que los banqueros centrales están tratando desesperadamente de mantener en las sombras. La caída en los precios al consumidor es buena para el consumidor y la economía, pero es mala para los bancos centrales que buscan mantener las burbujas de los activos, y para los gobiernos que buscan una forma airosa de renegar de sus deudas.

Si continuamos insistiendo en que la caída de los precios es la causa del malestar económico, continuaremos produciendo economías donde el malestar es el único resultado posible.

Peter Schiff Peter Schiff

Peter Schiff es un economista reconocido a nivel internacional, experto en los mercados de renta variable, divisas y metales preciosos. Es autor de libros best sellers y aparece regularmente en medios internacionales. Síguelo: @SchiffOro.