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Estados Unidos y la tragedia griega de la deuda

Por: Peter Schiff - Abr 3, 2015, 9:36 pm
Sin corbata, el lider de Syriza, Alexis Tsipras, (Flickr)
Sin corbata, el lider de Syriza, Alexis Tsipras, da cuenta que conoce como funciona el mundo regido por la lógica keynesiana  (Flickr)

Lo que está ocurriendo en Atenas —que en gran parte pasa desapercibido a los ojos de EE.UU.— proporcionó todo tipo de signos visuales y metafóricos necesarios para definir el estado actual de la economía global.

Dicho hasta el cansancio por los extranjeros santurrones que pagan por préstamos pasados con la austeridad actual, los griegos justo han elegido el Gobierno de izquierda más radical en la historia reciente, cuyo objetivo declarado era decir a sus acreedores que no los soportarían más. El liderazgo del victorioso partido Syriza, una colección de jóvenes académicos en su mayoría marxistas y trotskistas, había prometido al pueblo griego una clara ruptura con el pasado y el final de los años de malestar económico.

Aunque su plan parecía fundamentalmente contradictorio (diciendo a los acreedores extranjeros que dejaran de involucrarse, aún mientras solicitaban más ayuda), Syriza, no obstante apeló a un electorado frustrado a través de su dinamismo y optimismo.Para demostrar que ellos no eran otra simple coalición advenediza que cooptaría por el status quo una vez elegido, los líderes de Syriza adoptaron la postura, vocabulario y vestimenta de revolucionarios. A lo largo de su campaña, Alexis Tsipras, el nuevo primer ministro, se rehusó a usar corbata, evitando con ello el símbolo más potente del poder tradicional. Cuando hizo su juramento como primer ministro, también con un cuello abierto, prescindió de la ceremonia de la “mano en la Biblia” y en lugar de eso invocó al espíritu de los marxistas griegos caídos.

La negociación de la deuda girega

La actitud fiera de Syriza ha puesto a Grecia en curso de colisión con los líderes del norte de Europa que enfrentan la necesidad política de requerir a Grecia que pague el dinero previamente entregado. En este contexto, la primera reunión entre Yanis Varoufakis, el ministro de finanzas recién instalado y Jeroen Dijsselbloem, el representante holandés de la llamada troika de prestamistas —el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea—, se vio obligada a producir algo de drama. La reunión superó las expectativas en ese frente. Pero la manera en que se vio fue tal vez más importante que lo que ahí se dijo.

En una habitación repleta de cámaras y reporteros, Varoufakis apareció no sólo con el cuello abierto y sin corbata, sino también con la camisa escandalosamente fuera del pantalón. Se encaminó a su silla y se sentó encorvado hacia atrás con las piernas cruzadas como jugador de póker apenas pudiendo contener la alegría de una mano ganadora. Sus expresiones fueron efusivas, satíricas y desafiantes. A su derecha se sentó el holandés, con el cuello rígido y la camisa abotonada.

Aparentemente, no llegaron a ningún acuerdo. Dijsselbloem insistió en que el nuevo Gobierno griego debía ponerse a la altura de los compromisos de austeridad y pago, y Varoufakis dijo que los griegos ya no negociarían más con los acreedores, quienes a su parecer eran los responsables de la miseria de su país. Cuando realmente no había nada más que decir, la reunión llegó a un abrupto final y ambos ejecutaron un penosamente perturbador apretón de manos. Dijsselbloem, aparentemente molesto, evadió el contacto visual con su homólogo y abandonó la habitación sin mirar atrás. Varoufakis, por otro lado, disfrutando visiblemente el momento, encogió los hombros y sonrió a las cámaras, como diciendo “¿Qué pasa con la camisa abotonada?”.

¿Actitudes desconcertantes?

¿Qué podría explicar estas actitudes contrastantes? ¿No debería el acreedor, el que está prestando el dinero, y el partido a quien se le pedirá más, estar en su posición de poder? ¿No debería el deudor estar en un papel de súplica? Si ustedes creyeron eso, no entienden el modo actual en el que funciona el mundo. Basado en la ascendencia de la economía keynesiana del “lado de la demanda”, es quien pide prestado dinero considerado el principal motor de crecimiento. La teoría sostiene que si el prestatario deja de pedir préstamos también dejará de gastar. Creen que cuando eso sucede la economía entera colapsa, arrastrando consigo a ambos, acreedores y prestatarios, en el proceso.

Desde esa perspectiva, entre más grande sea el prestatario, mayor es su importancia, y tiene mayor influencia con la entidad crediticia. Es como dice el viejo adagio: “Si le debes al banco US$10 es tu problema. Pero si le debes $10 millones, entonces es problema del banco”.

Syriza sabe que los líderes del norte de Europa están aterrados ante la perspectiva de la desintegración de la Unión Europea y la estabilidad que provee. El objetivo de mantener abiertos y esencialmente cautivos los mercados para los fabricantes alemanes fue la principal razón de que se abriera la cartera de Berlín en primer lugar. Pero Syriza también entiende el poder que los deudores tienen en el mundo actual. Por defecto conduce a liquidaciones, que a su vez conducen a la deflación, el mayor espanto en la galería nocturna keynesiana de los terrores económicos.

Después de años de rescates bancarios, corporaciones y Gobiernos, los deudores saben que nadie está listo para otro colapso al estilo Lehman Brothers, en cualquier nivel. La barra de “demasiado grande para fallar” se ha puesto progresivamente más baja. Si Grecia puede repudiar sus deudas, la tentación de actuar de la misma manera para naciones mayormente endeudadas, como es el caso de Italia y España, será aún mayor.

Estados Unidos: no tan distinto

Esta actitud la tiene los Estados Unidos también, el deudor más grande del mundo actualmente. El presupuesto del 2015 recién estrenado por el presidente Barack Obama incluye casi $500 mil millones en nuevos gastos; efectivamente abastecidos con la austeridad señalada que Washington ha impuesto a sí mismo con el “secuestro” del 2011.

En mi opinión, Estados Unidos no tiene prácticamente ninguna esperanza de pagar por todos nuestros gastos a través de impuestos, el presupuesto que abate las propuestas debería ser visto como un mensaje para nuestros acreedores extranjeros de que planeamos pedir aún más préstamos, y de que esperamos que ellos se mantendrán prestándonos por el tiempo que nosotros queramos. Al igual que los países del norte de Europa, las naciones exportadoras más importantes del mundo, están aterradas de que sus economías sean excluidas de los mercados de Estados Unidos si sus divisas se fortalecen frente al dólar. Creo que esto ha permitido a Estados Unidos abordar sus finanzas con impunidad.

Pero esta seguridad puede estar llevando a un problema. Si el nuevo Gobierno griego sigue el curso actual, la puerta de la eurozona puede ser mostrada en última instancia. Aunque una Grexit —una salida a la griega— puede allanar el camino para una verdadera recuperación griega, los griegos mismos no deben tener ilusiones acerca de lo doloroso que puede ser este viaje.

Sin el poder adquisitivo del euro y la generosidad de los acreedores que los apoyan, los griegos pueden encontrarse a sí mismos con una moneda que ofrece niveles de vida mucho más bajos. Si los empleados del Gobierno griego pensaron que la austeridad era mala cuando les fue impuesta por Bruselas, esperen a que vean qué tan mala será cuando sea Atenas quien la imponga. De hecho, ninguna recuperación griega será posible hasta que los marxistas recién electos se vuelvan capitalistas sin complejos.

Editado por Adam Dubove.

Peter Schiff Peter Schiff

Peter Schiff es un economista reconocido a nivel internacional, experto en los mercados de renta variable, divisas y metales preciosos. Es autor de libros best sellers y aparece regularmente en medios internacionales. Síguelo: @SchiffOro.