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El dinero que emiten los Estados depende de la fe; el oro no

Por: Peter Schiff - Sep 17, 2015, 2:00 pm
Desde tiempos inmemoriales el oro ha tenido valor intrínseco y para el intercambio. (Pontepilas.org)
Desde tiempos inmemoriales el oro ha tenido valor intrínseco y para el intercambio. (Pontepilas.org)

En su blog del 17 de julio, Let’s Get Real About Gold, el autor y columnista del Wall Street Journal Jason Zweig comparó el interés de los inversores en el oro con la locura de la “Roca Mascota” de la década de 1970, cuando los consumidores se convencieron de que una roca en una caja les proporcionaría compañía continua, elevaría su posición social, y les daría algo de qué hablar en las fiestas. Zweig afirma que la fe de los que invierten en oro —que él sostiene es sólo otro mineral inerte con buen marketing—, es igualmente irracional, y ha impedido que la gente ponga el dinero en el mercado de valores, que es mucho más lucrativo.

Para comenzar, la comparación de Zweig del oro con las acciones como vehículo de inversión establece una falsa dicotomía. El oro no es una inversión, sino que tiene propiedades físicas muy deseables han hecho que sea utilizado como dinero a lo largo de toda la historia humana registrada.

Por eso, no debe ser comparado con las acciones o los bienes raíces, sino a otras formas de dinero, como por ejemplo cualquiera de las monedas fiduciarias actualmente en circulación. Irónicamente, en un mundo inundado de monedas fiduciarias que se crean a un ritmo cada vez mayor, y cuyo valor se deriva sólo de la fe en el Estado que las emite, el oro es la única forma de dinero cuyo valor no requiere un acto de fe.

No tengo ningún vínculo emocional con el oro. No lo uso para cubrir mis paredes, no juego con él entre mis dedos y me río, no le pido a mi esposa que se pinte con él. Lo que sí sé es que antes de que el mundo se trasladara a un sistema monetario fiduciario, en la segunda mitad del siglo XX, el oro se había convertido en el dinero de elección de casi todas las culturas importantes en todas las eras. Esa supremacía estaba basada en la escasez de este metal, su versatilidad, sus propiedades únicas y útiles, su belleza, y su amplia aceptación cultural como un sello de amor, de permanencia, de riqueza y de éxito.

No cabe duda de que la gente siempre va a estar dispuesta a desear y acumular oro… por una variedad de razones. La única pregunta es cuánto estarán dispuestos a pagar. En ese punto, las mentes razonables pueden diferir. Pero decir que el oro no tiene valor es ignorar imprudentemente la realidad.

Hasta 1971, el dólar estaba respaldado por la fe de que el Gobierno canjearía sus billetes en oro. Pero, desde entonces, esa fe ha sido reemplazada por una fe más simple; que otros siempre aceptarán dólares a cambio de bienes y servicios de valor real. Dicha transformación puso al dólar estadounidense en la misma canasta con todas las otras monedas fiduciarias en el mundo, cuyo valor se deriva de la fe en el Gobierno emisor. En su artículo, Zweig parece asumir que aceptar las monedas de los Gobiernos no es un acto de fe. Pero claramente esto también implica una cuestión de grado.

La mayoría de los inversionistas sin duda prefieren el oro a pesos argentinos, Cedis de Ghana o bolívares venezolanos. En realidad, lo que Zweig está diciendo es que las buenas monedas fiduciarias (el dólar estadounidense es el estándar de oro de las monedas fiduciarias) no requieren fe para comprarse y mantenerse. Pero ¿por qué es eso?

Se supone que la fortaleza del dólar deriva de la fe en que el Gobierno de Estados Unidos seguirá siendo fiscalmente fuerte. Hay poca evidencia de que ese será el caso. Todos los factores tradicionales que determinan el valor de una moneda (la balanza comercial, los tipos de interés, los niveles de deuda pública, crecimiento económico, etc.) están presionando a la baja al dólar. El Gobierno de Estados Unidos no ha hecho nada para resolver la crisis de la deuda a largo plazo de la nación. En 2025, los déficit de billones de dólares se enquistarán (y esas proyecciones se basan en hipótesis de crecimiento económico que en la actualidad han demostrado ser demasiado optimistas).

A pesar de todo esto, el dólar ha surgido y se encuentra en lo más alto de casi 10 años, usando como base el Bloomberg Dollar Spot Index. Wall Street ha explicado tal dominio señalando problemas en Europa y Asia, diciendo que el dólar tiene sus problemas, pero es la “camisa sucia más limpia en el cesto”. Los analistas señalaron que las mayores tasas de interés que se esperan de la Fed fortalecerían la demanda del dólar a medida que los otros bancos centrales del mundo están bajando las tasas. Pero ese resultado aún no se ha materializado.

A finales de 2014 la mayoría de los inversores habían asumido que la Fed podría comenzar a subir las tasas en el primer trimestre de 2015. Pero el crecimiento económico decepcionante ha llevado a la Fed a retrasar continuamente las alzas. Sin embargo, los inversores siguen pensando que las alzas están a la vuelta de la esquina. Para llegar a esa conclusión, aceptan ciegamente que nuestra economía puede sobrevivir a tasas más altas, cuando toda la evidencia objetiva lleva a la conclusión de que no puede.

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En realidad, la fe en el dólar se basa únicamente en la creencia de que el dominio estadounidense sobre la economía mundial continuará indefinidamente, sin importar cuán profundamente nos endeudemos, lo bajas que se mantengan nuestras tasas de interés, y qué tan desequilibrado se vuelva nuestro comercio.

Hemos visto esta película antes. Cuando la confianza en la infalibilidad de los bancos centrales es alta, las voces dominantes tienden a dejar de lado al oro y ponen su fe en el juicio del hombre.

Desde mi punto de vista, los mercados están ahora poniendo más de esa fe equivocada en la sabiduría de Janet Yellen que la que tenían en Alan Greenspan. Como resultado, el oro está siendo rechazado, como lo era en 1999. La costumbre de Greenspan de relajar la política monetaria para apuntalar los mercados financieros llevó a la creación de dos burbujas peligrosas, la primera en acciones en el 2000, y luego en el sector inmobiliario, que finalmente estalló en 2007, dando lugar a la Gran Recesión.

Dado que la flexibilización de la política monetaria hecha por los sucesores de Greenspan ha sido mucho mayor, uno solo puede imaginar la enormidad el desastre económico que se cierne en el horizonte.

Así que sí, de cierta manera mis decisiones de inversión se basan en la fe, pero no el mismo tipo de fe que el Wall Street Journal asume. Mi fe es que los Gobiernos y los bancos centrales continuarán endeudándose y rebajarán las monedas hasta que una crisis lleve todo el experimento a una conclusión desastrosa. Simplemente no hay precedente histórico para llegar a otra conclusión.

Peter Schiff Peter Schiff

Peter Schiff es un economista reconocido a nivel internacional, experto en los mercados de renta variable, divisas y metales preciosos. Es autor de libros best sellers y aparece regularmente en medios internacionales. Síguelo: @SchiffOro.