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Irwin Schiff: La muerte en prisión de un patriota estadounidense

Por: Peter Schiff - Oct 21, 2015, 10:26 am

Mi padre, Irwin A. Schiff, nació el 23 de febrero de 1928; el octavo y único hijo varón de una pareja de inmigrantes judíos que habían cruzado el Atlántico veinte años atrás en busca de libertad.

Como resultado de la esperanza y coraje de sus padres, mi padre fue afortunado de haber nacido en la nación más libre en la historia del mundo. Sin embargo, cuando falleció, el 16 de octubre del 2015, a la edad de 87 años, era un preso político de esa misma nación; estaba oficialmente ciego y esposado a una cama de hospital, en una habitación resguardada incluso en el área de cuidados intensivos; la nación libre en la que había nacido, había muerto años atrás.

Mi padre tuvo una eterna historia de amor con los principios fundamentales de nuestra nación y orgullosamente sirvió a su país durante la guerra de Corea por algún tiempo, aun teniendo la menos que honorable distinción de ser un soldado estadounidense del rango más bajo en Europa. En la universidad fue expuesto a los principios de la economía austriaca, a través de los escritos de Henry Hazlitt y Frederick Hayek.

Irwin Schiff fue un autor exitoso y un cruzado contra el cobro compulsivo de impuestos. (Indigest.biz)
Irwin Schiff fue un autor exitoso y un cruzado contra el cobro compulsivo de impuestos. (Indigest.biz)

Empezó su actividad en la política durante la fallida campaña electoral de Barry Goldwater en 1964. Su activismo se intensificó durante la era de Vietnam, cuando dirigió los esfuerzos de un movimiento local para resistir los planes de la universidad de Yale de conducir envíos de ayuda al norte de Vietnam, en un momento en el que dicha nación estaba peleando activamente contra las fuerzas estadounidenses en el sur.

Más tarde en la vida puso en escena una campaña inscrita sin éxito para ser gobernador de Connecticut, y finalmente perdió la Nominación Presidencial del Partido Libertario con Harry Brown en 1996. En 1976, sus creencias en la economía de libre mercado, un Gobierno limitado, y una interpretación estricta de la Constitución, lo llevaron a escribir su primer libro El Mayor Fraude: Cómo el Gobierno lo Está Desfalcando (The Biggest Con: How the Government is Fleecing You), una fuerte acusación contra la expansión del New Deal del Gobierno de los Estados Unidos. El libro alcanzó elogios dentro de la corriente principal del mundo conservador, recibiendo una revisión estelar en el Wall Street Journal, entre otras publicaciones de interés general.

Pero mi padre era más conocido por su firme oposición a los impuestos federales, por lo que el Gobierno Federal lo catalogó como un “manifestante contra los impuestos”, aunque él no tenía ninguna objeción contra los impuestos legales y razonables. Él no era un anarquista, y creía que el Estado tenía un importante, pero limitado, papel que desempeñar en la economía basada en el mercado.

Él se oponía a la ejecución ilegal e inconstitucional del Gobierno Federal y la recaudación del Impuesto Sobre la Renta. Su primer libro sobre este tema (fue autor de seis libros en total), Cómo Cualquiera Puede Dejar de Pagar Impuestos Sobre la Renta (How Anyone Can Stop Paying Income Taxes), publicado en 1982, se convirtió en un best seller del New York Times.

Su último libro La Mafia Federal. Cómo el Gobierno Impone y Colecta Ilegalmente Impuestos Sobre la Renta (The Federal Mafia; How the Government Illegally Imposes and Unlawfully Collects Income Taxes), el primero de tres ediciones publicadas en 1992, se convirtió en el único libro de no-ciencia ficción, y el segundo libro en ser vetado en Estados Unidos. El otro único libro es Fanny Hill; Memorias de Una Mujer de Placer, vetado por obscenidad en 1963.

Su cruzada para forzar al Gobierno a obedecer la ley le hizo merecedor de tres sentencias de prisión, la última de ellas de catorce años, que empezó a servir hace diez, a la edad de 77. Esa sentencia se convirtió en cadena perpetua, dado que mi padre no logró sobrevivir hasta la fecha programada para su liberación, en 2017. Pero, en realidad la cadena perpetua vino a ser una sentencia de muerte.

Mi padre falleció de cáncer de piel que no fue diagnosticado ni tratado mientras se encontraba bajo custodia federal. El cáncer de piel luego llevó a un brote virulento de cáncer pulmonar que le quitó la vida apenas poco de dos meses después del diagnóstico inicial.

El giro innecesariamente cruel en sus últimos años ocurrió en 2008, cuando alcanzó su cumpleaños 80. En ese momento el Gobierno lo trasladó de una prisión federal de seguridad extremadamente baja en el Estado de Nueva York, en donde estaba a poca distancia de sus familiares y amigos, a un instituto correccional federal, primero en Indiana y luego en Texas.

Esto fue hecho especialmente para darle acceso a una mejor atención médica. El dilema consistía en que mi padre estaba siendo forzado a vivir aislado de los que lo amaban. Dado que visitarlo requería largos vuelos, rentas de autos y estadías en hoteles, las visitas que recibía eran pocas y distanciadas entre sí. Sin embargo, aun estando en estas instalaciones médicas supuestamente superiores, mi padre prácticamente no recibió ninguna atención médica en absoluto, ni siquiera por las cataratas que lo dejaron oficialmente ciego, y hasta que el cáncer de piel se había extendido a casi todos los órganos de su cuerpo.

En el momento del diagnóstico, a principios de agosto de este año, le dieron de cuatro a seis meses de vida. Tratamos de sacarlo de prisión por libertad compasiva para que pudiera vivir fuera los últimos meses de su vida con su familia, pasando algunos preciosos momentos con los nietos que apenas había conocido. Pero no vivió lo suficiente para que el proceso burocrático se completara.

Dos meses después de que el proceso empezara, a pesar de la ayuda combinada de una congresista Demócrata y un senador Republicano, su petición estaba aún sobre algún escritorio, esperando todavía por una firma más, aun cuando todos en la prisión de hecho querían que fuera liberado. Incluso mientras mi padre yacía, muriendo, en cuidados intensivos, recibimos una llamada de un abogado y del Buró de Prisiones en Washington pidiendo a los representantes médicos de la prisión más pruebas sobre la gravedad de la condición de mi padre.

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A medida que el cáncer lo consumía, su voz cambiaba y el sistema telefónico de la prisión ya no la reconocía, por lo que no pudo ni siquiera hablar por teléfono con sus familiares durante su último mes de vida. Cuando su condición se deterioró hasta el punto en que tuvo que ser hospitalizado, los empleados del Gobierno siguieron ciegamente órdenes de mantenerlo esposado a su cama. Esto, a pesar del hecho de que era imposible escapar para un enfermo terminal de 87 años de edad, oficialmente ciego, que difícilmente podía respirar y mucho menos caminar.

Sea que estén de acuerdo o no con las opiniones de mi padre sobre los impuestos, o la manera en que son cobrados, es difícil condonar la manera en la que fue tratado por nuestro gobierno. Él mantuvo sus convicciones tan sincera y apasionadamente que continuó abrazándolas hasta su último aliento. Como William Wallace en la escena final de Corazón Valiente, un Gobierno opresivo puede haber tenido éxito en matarlo, pero no quebraron su espíritu. Y ese espíritu vivirá en sus libros, sus videos, y en sus hijos y nietos.

Esperemos que su legado algún día ayude a restaurar las libertades que murió tratando de proteger, permitiéndole, finalmente, descansar en paz.

Peter Schiff Peter Schiff

Peter Schiff es un economista reconocido a nivel internacional, experto en los mercados de renta variable, divisas y metales preciosos. Es autor de libros best sellers y aparece regularmente en medios internacionales. Síguelo: @SchiffOro.