Posverdad, el adiós a los hechos: la rentable desaparición de Santiago Maldonado

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Maldonado
El caos es una escalera, ¡qué verdad inmensa! (Twitter)

“El caos es una escalera” afirmaba Petyr Baelish, más conocido como Littlefinger, personaje de la exitosa saga televisiva y literaria “Game of Thrones”. Aquí, en el mundo real, no tenemos feroces dragones ni temibles caminantes semimuertos que amenacen nuestra existencia, pero no faltan conspiradores inmorales que se valgan de idéntica máxima.

En la era de la posverdad (neologismo que describe el acto de moldear la verdad o minimizarla en comparación a las opiniones o sentimientos) los hechos no importan.

Un triste y reciente ejemplo de este fenómeno es la muerte de Santiago Maldonado, cuya autopsia demuestra que el argentino en efecto murió por ahogamiento el mismo día de su desaparición, sin presentar lesiones de ningún tipo. Las reacciones que siguieron a esta revelación dejaron al descubierto una verdad lamentable y mezquina: a nadie le importa –incluso ahora, peritos en mano– Santiago Maldonado. Su caso trascendió porque fue explotable, y hay quienes sostienen que todavía lo es.

Es decente no querer pensarlo siquiera, pues se trata de una realidad cruel que nadie quiere asumir; pero es hora de empezar a manejar la posibilidad de que, para un grupo de personas, la desaparición y muerte de Maldonado fue y es rentable.

No hablamos simplemente del deceso del joven argentino, sino de cultivar, de forma absolutamente deliberada, el odio y el conflicto en determinado grupo social. Nos referimos a tomar los hechos en las manos, desguazarlos y maquillarlos solamente para tan vil fin. El caos es una escalera.

Atrás quedaron los tiempos en que la evidencia bastaba. Será tal vez que nuestra incapacidad para absorber la complejidad del mundo y de sus eventos hace zancadillas a nuestro raciocinio, y nos empuja hacia la fantasía, hacia la proyección de deseos, hacia lo conveniente y seguro.

 

Hay hechos que no importan porque nadie gana con ellos. ¿A quién culpamos si Maldonado simplemente se ahogó? ¿Cómo explicamos que un chico de 28 años, que debería estar vivo y sano, no lo esté? Sí, es cierto que la hipotermia puede resultar fatal, pero es mejor culpar a Gendarmería. Es mejor si “fue alguien”. Es mejor si hay una víctima y, sobre todas las cosas, un victimario. Intentemos también que no sea solo un victimario, sino que este sea un lacayo, un instrumento que responde a oscuros intereses, llámense Benetton, Bullrich o Macri. ¿Qué importa la verdad? ¡La verdad no resucitará a Santiago! Es cierto que una renuncia ministerial o presidencial tampoco, pero al menos habrá sabor a justicia.

Sí, el caos es una escalera. Ya nos lo decía la abuela, ¿recuerdan? “A río revuelto, ganancia de pescador” o, en su versión más maquiavélica, “divide y reinarás”.

Algo similar ocurre al echarle un vistazo objetivo al mundo. Vivimos más y mejor que cualquiera de nuestros antepasados. Somos más cultos y hemos viajado más que nuestros abuelos e incluso padres. Pasamos por el período más pacífico de la Humanidad –sí, con ISIS incluido–. El hambre ha llegado a mínimos históricos. Sin embargo, los medios y cierto tipo de intelectuales no hacen más que machacar sobre la desigualdad reinante, compartiendo visiones fatalistas del presente (y del futuro) que no solo no corresponden con las evidencias, sino que, además, parecieran expresadas con el propósito de crear resentimiento en una sociedad ya quebrada.

Por supuesto que no estoy diciendo que todo ande de maravillas y que debamos darnos palmadas en la espalda al mejor estilo “ya está”. La humanidad comparte problemáticas incuestionables –y algunas de ellas son urgentes–.  La pregunta que oso plantear es simplemente ¿qué se gana –y quién lo gana– al negar que hemos avanzado muchísimo y que sí está bien felicitarnos un poco por ello, contemplar la magnitud de nuestra capacidad y de nuestra voluntad?

Las buenas noticias nunca han vendido; y un ciudadano con miedo es más manipulable, controlable y regulable.

El caos es una escalera, ¡qué verdad inmensa! La verdad, en una cantidad extraordinaria de ocasiones, no es ni buena ni mala, simplemente es. Es buena práctica desconfiar de quien pretenda manipularla u ocultarla.

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