El imposible mundo maniqueísta del progresismo

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maniqueísta del progresismo
El maniqueísta tiene por costumbre exagerar el opuesto de sentencias con las que está en desacuerdo. (Twitter)

La Real Academia Española define al maniqueísmo como la tendencia a reducir la realidad a una oposición radical entre lo bueno y lo malo.

La presente ola progresista que ha inundado discursos alrededor del mundo –y que tantos daños causó y causa en América Latina– está plagada de falacias maniqueístas disfrazadas de refutación; o, lo que es incluso peor, camufladas cual si fueran razón.

Entre los ejemplos que a menudo encontramos del fenómeno que describimos, se destacan los siguientes, representados como diálogos en la tabla que se presenta a continuación:

Afirmación no maniqueísta Intento de refutación maniqueísta
“La presidencia de Salvador Allende causó estragos económicos y sociales en Chile que sirvieron de puntapié inicial para los años que la siguieron”. “¿Entonces estás de acuerdo con la dictadura de Pinochet?”
“El acuerdo Santos-FARC es un pacto de impunidad que se puede traducir en graves problemas a futuro”. “¿Cómo puedes estar en contra de la paz de Colombia?”
“Dilma Rousseff se merecía el juicio político que la apartó de su cargo”. “¿Estás a favor del golpe de Estado?”
“El Gobierno del Frente Amplio se ha visto plagado de casos de corrupción, despilfarro de dinero y abusos de poder”. “Ah, ¿y qué hicieron los blanqui-colorados?”
“El salario mínimo no solo quita derechos a los trabajadores, sino que además tiene un impacto negativo en la economía de un país”. “¿Cómo puedes defender la explotación de la oligarquía sobre el proletariado?”
“El socialismo ha dejado al menos 100 millones de muertos”. “¿Preferirías que Hitler hubiese ganado la Segunda Guerra Mundial?”.
“Hillary Clinton era una pésima candidata, con varias manchas en su haber por las que no ha respondido aún frente a la justicia”. “No sabía que te caían bien Trump y el Ku Klux Klan”.
“La libertad de expresión es el pilar que sostiene a todas las otras libertades y jamás debe ser apagada”. “¿Entonces crees que cualquier persona puede decir cualquier cosa? ¿Qué clase de monstruo eres?”

El maniqueísta tiene por costumbre exagerar el opuesto de sentencias con las que está en desacuerdo. Su objetivo es claro: mostrar la supuesta superioridad moral que ostenta al intentar minimizar y/o ridiculizar a su interlocutor.

 

Ignoro si el maniqueísta realmente cree lo que dice (de ser así, la argumentación tal y como la conocemos puede estar rozando su triste final) o si es parte de una macabra puesta en escena que tiene por cometido, asimismo, escapar de todo debate que lo pueda comprometer o humillar.

¿Por qué es trascendental familiarizarnos con el discurso maniqueísta? Pues por una sencilla razón: hay maniqueísmo en todas las manifestaciones del intelecto humano, en todas las actividades que tengan un mínimo de carga política, social y/o económica.

De una cosa debemos estar seguros: quienes apelan al maniqueísmo como recurso no quieren (o no pueden) razonar. Como se expresó anteriormente, el maniqueísmo es exactamente un intento de huir de un intercambio de ideas serio.

Resulta un tanto irónico (por usar un adjetivo amigable) que sean generalmente estos mismos agentes maniqueístas los que hacen constantes llamados al diálogo. De hecho, hacen uso y abuso del término, como si con no saber dialogar no bastara para vilipendiarlo o erradicarlo por completo.

El maniqueísmo es síntoma de fanatismo, que bien podría definirse como “el rechazo absoluto de la evidencia en pos de apreciaciones personales”. En otras palabras, la ceguera o pereza intelectual.

Todos hemos pecado de fanáticos, es cierto, pero se nos suele pasar a los veinte años. La izquierda, no obstante, ha hecho del fanatismo una forma de vida. Apelando siempre a las emociones, el progresismo ha sabido anular cualquier intento de acercamiento lógico a la realidad.

El abandono de la razón es sin dudas uno de los fenómenos más duros a afrontar y remediar. Los discursos de hoy pagarán su precio mañana, cuando el bien y el mal, lo justo y lo injusto no sean ya distinguibles. Pocas veces tanta responsabilidad cayó en manos de los liberales.

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