Por qué (y cómo) la izquierda sedujo a América Latina

Varios grupos, intelectuales y armados, quisieron emular la revolución rusa (y sus formas). Todos pretendieron ser la voz de los menos privilegiados.

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Varios grupos, intelectuales y armados, quisieron emular la revolución rusa. (Fotomontaje PanAm Post)

En el transcurso del último siglo, y particularmente en América Latina, hemos cometido metódicamente el mismo error: dejarnos encantar por la elocuencia de un puñado de chamanes panfleteros que promueven ideologías que fallan sin excepción. En este contexto, es casi un milagro que no estemos peor, que no todos seamos Venezuela.

Es fácil entender por qué el discurso de la izquierda bolchevique conquistó la Rusia zarista. El triunfo del comunismo en la China de la dinastía Qing es también intelectualmente asequible. ¿Qué sucedió en América Latina?

Para entender por qué este continente es un bastión del comunismo y el socialismo a nivel mundial, hay que remontarse a los instantes inmediatos a la conquista; hay que viajar a la colonización.

América Latina es un continente que creció enojado, y no le faltaron razones para ello. Los abusos, el racismo*, la esclavitud y el sistemático despojo de identidad descuartizaron cualquier retazo de dignidad que alguien pudiera llevar consigo —en fin, tan vil y cruel como cualquier otra conquista—.

Todo esto dejó heridas sin cerrar, y no solo desde lo metafórico. El resultado más tangible de esta bronca ancestral fue la reiterada explotación y la pobreza, ambas perpetuadas por generaciones; males que se arrastran desde el siglo XVI hasta el día de hoy.

Estos sentimientos —aunque, reitero, comprensibles— prepararon y fertilizaron el terreno para todo tipo de populismos. Los conservadores prometían defender los intereses de unos pocos, mientras que los distintos movimientos insurgentes, con mayor o menor éxito, afirmaban que había que tomar lo que “les pertenecía”. Como fuera, ambos discursos apuntaban a explotar las emociones más colectivistas del individuo en una especie de “mi tribu versus tu tribu”. La unión no era —y no es aún— políticamente redituable.

Así le dimos la bienvenida al siglo XX. E incluso en el ya notorio descontento social y económico que se extendió en América Latina desde 1700** hasta principios de siglo, jamás nos imaginamos, al menos no a nivel masivo, el impacto que la victoria bolchevique tendría en el continente a partir de 1917.

Varios grupos, intelectuales y armados, quisieron emular la revolución rusa (y sus formas). Todos pretendieron ser la voz de los menos privilegiados. De repente, todos recordaron la deuda eterna hacia los pueblos indígenas. De la noche a la mañana, el trabajador rural pasó a importarle a alguien. Aun así, estos grupos (radicales y marginales en su mayoría) no tuvieron victorias reales.

Al menos así fue hasta 1959, año en el que la Unión Soviética extendió su victoria hasta el continente. Las figuras, por supuesto, ayudaron a la causa totalitarista. Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara podían ser asesinos, pero eran jóvenes, apuestos, elocuentes y carismáticos. De allí en más, todo cambiaría.

No obstante, la ilusión comunista era vista —con toda sensatez— como una amenaza por la mayoría de la población. El común de la gente temía a las guerrillas que pululaban a lo largo del continente: Cuba resultó ser era la utopía de unos pocos.

Incluso sin millones de adeptos, las guerrillas fueron lo suficientemente poderosas como para, en una primera instancia, alimentar un resentimiento social que ya existía.

La guerrilla traería consigo (como consecuencia, excusa o una combinación de ambas) los años más oscuros de la historia reciente de América Latina: dictaduras en todo el continente.

En la década de 1980, ya cuando los vientos de libertad comenzaban a soplar nuevamente en estas tierras, la izquierda se vio en un dilema que la transformaría y la convertiría en lo que es hoy: le era imperioso abandonar las armas y radicalismos, crear un discurso pluralista y pacífico e incluir en sus trincheras ideológicas a todos aquellos que alguna vez hubieran sido despreciados por el statu quo. Es en esta coyuntura (de supervivencia) que la izquierda abraza al movimiento LGTB (el comunismo nunca fue particularmente amigable hacia los homosexuales, sino que más bien todo lo contrario) y al feminismo radical (el comunismo históricamente trató a la mujer como a un objeto más). Hubo quienes discreparon, pero ese es otro capítulo.

En este contexto, el socialismo y el comunismo resultaron atractivos en el continente. En una tierra ancestralmente explotada, castigar a la riqueza (y no eliminar la pobreza) rinde. Odiar al que tiene y al que puede no es un fenómeno reciente, sino una manifestación de siglos de dolor usada como excusa para atarse al poder.

¿La izquierda ganó en todos lados? Y de no ser así, ¿dónde sí triunfó la izquierda? Allí donde las instituciones eran débiles, allí donde la cultura de la “viveza criolla” fue siempre superior, allí donde la libertad no valía mucho.

Hay que recordar que en Estados Unidos, un país quebrado por el racismo y la esclavitud, el discurso socialista no tiene cabida. ¿Por qué? Pues bien, entre otros factores, porque la movilidad social no es una cosa disparatada, sino una posibilidad real. La izquierda seduce, entre otras razones, porque su alternativa (la derecha o el conservadurismo) hizo cuanto pudo para pavimentar su victoria.

Estos párrafos no pretenden enseñar historia (las ausencias son incontables y las menciones, imperdonablemente escuetas), sino explicar por qué algo sucede con el único fin de evitar que se reproduzca ad infinitum. La respuesta, aunque simple, es uno de los mayores desafíos de la generación actual: libertad y más libertad.

*A diferencia de lo que se cree comúnmente, el racismo no provenía solo de los españoles o europeos en general. Los distintos movimientos independentistas estaban mayormente formados por mestizos y criollos, con contadas excepciones notables. Esta es solo una primera muestra de racismo. La segunda y más trascendente es lo injusta que ha sido la historia oficial al pretender invisibilizar la participación de negros e indígenas en los procesos independentistas.

**Un siglo de rebeliones anticoloniales, Scarlett O’Phelan Godoy, Institut français d’études andines, 2012.

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