Aborto, esa incómoda espina moral

El aborto legal es el futuro, y esto sin dudas beneficiará a miles de mujeres en distintos contextos críticos. El costo moral, empero, de este beneficio, será visible en una veintena de años

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Aborto, esa incómoda espina moral (A)

En el marco de la despenalización del aborto en Argentina (aprobada  con 129 votos a favor y 125 en contra, aunque el Senado aún se debe pronunciar al respecto) es menester repasar los argumentos, las falacias e incluso las pasiones que esta polémica despierta, no sólo por lo que acaba de suceder en Argentina e Irlanda (país de mayoría católica en la que el aborto fue despenalizado por medio de un referéndum a fines de mayo) sino por el cambio social (y moral) inevitable de cara al futuro.

Muchos son los errores que cometemos al debatir una posible despenalización del aborto. Estos errores (a veces basados en falta de información, otras tantas en intencionales tergiversaciones y / o generalizaciones) cuestan caro a la sociedad.

Elegimos encerrarnos en nuestros propios prejuicios (que muy fácilmente confundimos con valores) y demonizamos a nuestros contertulios sin escucharlos realmente. Parecemos olvidar que el aborto, justamente por tratarse de un tópico sensible, merece más objetividad, flexibilidad y disposición a un verdadero intercambio de posiciones.

Tristemente, tanto quienes estan a favor como en contra de la legalización del aborto han abordado el tema, como en muchas ocasiones anteriores, con pasión futbolística. Ni los unos ni los otros se dan cuenta de que el enemigo es el fanatismo que juran no tener y que ambas posturas tanto critican.

Para comenzar a abordar esta temática, es necesario comprender que abortos hubo, hay y habrá siempre, más allá de las consultas populares y de las negociaciones de votos en los parlamentos. Son las mujeres en condiciones sociales más comprometidas las que deben recurrir a clínicas clandestinas y exponerse a intervenciones que en demasiadas ocasiones terminan con su vida.

En la mayoría de los casos estas mujeres ya son madres de múltiples hijos que se han dado cuenta de que les será imposible mantener un quinto, sexto o séptimo retoño. Aquí, en nuestro continente, hay mujeres que pueden ir a la cárcel en caso de ser descubiertas; crueles ejemplos de ello son Nicaragua o República Dominicana.

El Estado empuja hacia la maternidad (incluso en casos de violaciones a menores, como sucedió en Paraguay) haciendo uso de sus fuerzas y en contra de todo sentido común o piedad. Por esta razón, celebro los resultados en Irlanda y Argentina.

No obstante (y en tanto mujer, me daré el permiso de hablar en primera persona) estoy ética y filosóficamente en contra del aborto. Entiendo que existe un grupo vulnerable que debe tener la posibilidad de abortar en determinados casos: apoyo a estas mujeres, comparto su dolor e impotencia. Aun así, ciertos eslóganes que se repiten en varios puntos del globo están basados en mentiras tan extendidas que algún activista quizás se los ha creído.

Decidir sobre nuestro cuerpo es un derecho real que tenemos todos los seres humanos. Esto vale para tatuajes, cortes de pelo y hasta incluso el consumo de ciertos alimentos o sustancias. Este razonamiento, no obstante, no es válido para embarazos, por incipientes que sean, puesto que no se trata del cuerpo de la (potencial) madre solamente. Ésta es una visión muy retorcida de la maternidad: el hijo en tanto extensión del cuerpo materno.

No, señoras: es otro cuerpo y es (guste escucharlo o no) otra vida – porque sí, la vida comienza en la concepción. El aborto legal es una autorización a quitarle la vida a un ser humano intencionalmente.

En esta línea de acción, resulta aberrante usar fondos públicos para financiar lo que, a final de cuentas, es un asesinato. Es igualmente inaceptable usar el aparato estatal para obligar a un médico a hacer algo a lo que se opone moralmente.

Otro problema (no menor) que presenta este debate en particular es la relegación del hombre, al que se lo excluye de cualquier tipo de diálogo, como si no hubiese tenido participación alguna en la concepción de esta otra vida. Hay movimientos que han monopolizado y tiranizado la causa, como si se tratase del “toallita vs tampón”.

La despenalización del aborto es una decisión a tomar en tanto sociedad, y cada uno de sus miembros debería tener voz y voto. Si acallamos al otro porque tiene próstata y no útero, ya perdimos.

El aborto legal es el futuro, y esto sin dudas beneficiará a miles de mujeres en distintos contextos críticos. El costo moral, empero, de este beneficio, será visible en una veintena de años. Ese resultado final sigue dependiendo de nosotros, y esta es una tarea que no aceptará ni a los cobardes ni a los fanáticos.

 

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